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No sé cuál es el futuro político de Marco Enríquez-Ominami. Solo sé que una persona de 43 años tiene por obligación futuro. Darlo por muerto, por olvidado, por destrozado, es una ingenuidad. Nadie muere a los 43 años, incluso los que fallecen a esa edad. No hay por lo demás otro político de su edad. Los que circulan tienen diez años más, fueron dirigentes estudiantiles en los años ochenta. Los que despuntan tienen diez años menos y fueron dirigentes estudiantiles en el 2011. Entre medio se abre una enorme tierra de nadie: los que fueron dirigentes estudiantiles en los años noventa, el comienzo de los años 2000. Un grupo enorme de personas absurdamente preparadas, que vivieron aún algo de la dictadura y la pobreza de ese país precario que era el Chile de los ochenta, pero que no pueden tampoco alegar ser totalmente víctimas de ella. Eso que la G90 quiso, desde el resentimiento muy de los años noventa, representar. Gente que creció cuando el país crecía y que de alguna forma lo hicieron, lo hicimos como él, de manera desproporcionada y entusiasta, endeudándonos antes de saber muy bien con quién, pituteando, incómodos y felices de ser parte de un país injusto que nos ofreció, como a ninguna generación, posibilidades de tomar el micrófono y decir cosas sin saber muy bien aun qué teníamos que decir, ni a quién.

Marco, que nació a la política poniendo en cuestión los incuestionables acuerdos de esa transición chilena, nunca escondió que era hijo de ella. Al añadir a su apellido de nacimiento el de Ominami, uno de los hombres clave de esa transición, hacía patente esa contradicción que fue su fuerza, la de ser el único de mis amigos que creía en Lagos, cuando nadie creía en nada, y el primero que dejó de creer cuando todos nos rendíamos a la apariencia de sus logros.
Marco nunca fue un puro, o más bien, lo era en un cuadro donde se consideraba puro cosas que hoy nos parecen turbias. Marco enfrenta hoy el mismo problema de quienes se alegran de sus desventuras legales. Tiene que probarle a los chilenos que es un político serio, un político que sabe de poder y de política, y al mismo tiempo seguir siendo un recién llegado, virgen e impoluto, que puede juzgar a los poderosos sin mancharse con ellos. Tiene que demostrar poder y al mismo tiempo tiene que evitar mancharse con el poder, que más o menos es como dedicarse a la panadería sin tocar la harina.

Ver a Marco en tribunales les hace pensar a no pocos dirigentes de la Concertación que la pesadilla se terminó. Que ese paréntesis amargo en que tuvieron que pedir disculpas por años de crecimiento acelerado del país y sus cuentas bancarias, ya se acabó. No se dan cuentan que Marco Enríquez es el último de los dirigentes políticos que habla su idioma, el único que puede entender sus sufrimientos, el único que puede reconocer sus logros. Debajo de él se extiende un universo infinito de jóvenes puros, de iluminados, de profetas, de pícaros que no han recibido boletas de nadie porque son demasiado ricos o demasiado pobres para necesitar que lo financie nadie. No saben los héroes fatigados, que Marco cruelmente puso en tela juicio cuando eran aún intocables, que el eterno candidato del PRO, es su última oportunidad sobre la tierra.

Inmaculado, Marco Enríquez ya no puede ser. La alegría, la ferocidad sin fin con que los dirigentes de la Nueva Mayoría se lo recuerdan me resulta sintomático de algo más profundo y más irremontable. La Nueva Mayoría, lo quiera o no, es una creación de Marco Enríquez. O más bien, esta sería imposible sin el fin de la Concertación que Marco Enríquez precipitó al destrozar a Frei Ruiz-Tagle el 2009. Todo lo que sucedió después, las marchas, la oposición a Piñera, el descalabro sucesivo de la Iglesia, los empresarios y los políticos, no hizo más que confirmar que el capricho de “Marquito”, como lo llamaban los próceres de la Concertación, nacia de un diagnóstico acertado de lo que estaba pasando en las bases mismas de la centro izquierda. De alguna forma Marco fue el padre de la Bachelet II, que no hizo más que agiornar el programa de Marco del 2009. La DC se plegó al nuevo pacto espantado por el trauma de ese mismo 2009, para no sentirse como se sintió entonces: vieja, sola y patuleca.

De alguna forma, Marco fue el padre de la nueva alianza, un padre que no quiere asumir su paternidad, de ese huacho desprotegido que todos mandan y nadie quiere.

El rechazo que su nombre y figura despierta en la DC y en el PC se parece justamente al rechazo que puede sentir un hijo por un padre que lo abandonó sin darle su nombre. El caso SQM es vivido por los dirigentes de la Nueva Mayoría, como una especie de juicio de filiación. “Marco no es distinto a nosotros”, dicen. Pero concluyen, de manera extraña, que por eso mismo él no puede ser parte de “nosotros”.

Si esto fuese política y solo política, la Nueva Mayoría sabría que no puede darse el lujo de perder a uno de los pocos políticos de centro de izquierda que la gente conoce. Uno de los pocos nombres que la gente quiere y odia lo suficiente para ser contra viento marea competitivo en cualquier elección. Si esto fuese política y solo política, la Nueva Mayoría no dudaría en proteger ese capital, en aprovechar el momento para protegerlo como protege a sus hijos (Peñalillo, Rossi y la misma presidenta), en comprar esa acción cuando está barata y venderla cuando encarece. Pero esto no es política y solo política. La Nueva Mayoría no es fruto de un pacto sino de una derrota. Es un matrimonio unido por el miedo a pagar pensión alimenticia y quedarse sin ver a los niños. Es un matrimonio que se pidió perdón a sí mismo después de ser infiel con el galán de paso, ese niño extremadamente joven que dejó embarazada a la esposa, obligando al padre a reconocer lo que no es suyo. Como dice Borges, no los une el amor sino el espanto, por eso se quieren tanto.

Las desventuras de Marco Enríquez no despiertan en quienes tendrán que pasar tarde o temprano por los mismos tribunales ninguna compasión, porque lo juzgan por un crimen anterior, que es justamente el haberlos unido sin haberse unido al grupo, el haberlos preñado sin querer reconocerse en la criatura que sigue huérfana, esperando que el abuelo (Lagos) cumpla con las tareas del padre.