JUAN-JOSÉ-SANTOS
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Sí, meas en la ducha, y sí, estás en el Tinder. No te hagas el leso. Estás en la App esa que tiene por ícono una llamita roja. Y sabes que no es un chat para pirómanos, sino una red social para buscar pareja. Para que cualquiera, hasta un crítico de arte, ligue. Yo me metí por ver si estaban Nelly Richard o Diamela Eltit.

El Tinder ha salido recientemente a la bolsa. Se privatiza el amor. En eso pienso mientras paso fotos de chicas que se hacen públicas en sus espacios privados, con sus selfies en cuartos de baño y hasta algún pedazo de confort sucio al fondo. No importa la escena, sino la figura. Por aburrimiento –y falta de éxito– me pongo a analizar la estética de las fotos. Por ejemplo, hay mucho plano picado, con la cámara buscando nuestra mejor cara desde las alturas. Aparecemos como monitos de feria, esperando a que la garra metálica nos escoja. El retrato siempre se ha usado para mostrar propiedades. Ahora sólo mostramos una: nosotros mismos. Nos convertimos en nuestras tierras, nos hemos privatizado. Y publicamos nuestra privatización.

Siguiendo con el ejercicio curatorial de visionado de portafolios, me encontré con una intrigante repetición de posturas e imágenes. Este sería el ranking. La belfie –retrato del trasero– accidental en la playa. Por algún error involuntario al sacarse la foto tumbada, asoman al fondo dos convexidades resplandecientes. Un escorzo que me recuerda al Cristo de Andrea de la Mantegna, pero boca abajo. Me viene un rebrote de culpa judeocristiana. Dislike. Foto en Machu Picchu. Es una mujer viajada, espiritual, y aguanta bien el mal de altura. Detrás de la moza se vislumbra el cerro Huayna Picchu. Símbolo fálico. Asiento al leer su frase de perfil: “Me gustan los grandes retos”. Super Like. Foto con la Torre Eiffel. Curiosa la gran cantidad de imágenes en hitos turísticos mundiales. Parece que todas están de vacaciones en Nueva York, Roma o París. ¿Pero el chileno medio no gana 400 lucas y tiene 15 días de descanso? Empiezo a pensar que Tinder miente como equipo de prensa de feria de arte. Lo confirmo. La siguiente foto tiene más filtros que una tabaquería. Su firma: “Busco algo auténtico”. Dislike.

Siguiente hit: la foto con un delfín. Símbolo fálico. Es húmedo y veloz. “Aventuras extremas”, escribe. ¿Besar en el hocico a un delfín en un acuario es una aventura extrema? Finalizo este top five con mi favorita. La selfie en la exposición de Yayoi Kusama de este año. El arte como decoración. ¡Así que el Fondart, que financia a CorpArtes para exponer cosas como lo de Kusama, en realidad está financiando el paisaje de fondo para que las chilenas consigan citas! En esto ha quedado el arte, y su apoyo público y privado.

Para que no me acusen de machista, pregunté a varias amigas (y amigos que están en Grindr, la versión gay) sobre cómo son las fotos de los chiquillos. En el gimnasio (como diciendo “sí, soy muy inteligente, pero mira cómo se endurece mi bíceps”), con su perrito (deseo de ser dominado en la cama, o de hacerlo en cuatro patas), foto en el after con los amigos feos (“soy cool y el guapo del grupo”), foto en la nieve (problemas con la cocaína) y algún que otro #hotdudesreading (“sí, puedo leer y poner cara de pez al mismo tiempo”).

Todo esto parecerá muy tonto. Pero nos habla de cómo está cambiando la sociedad, sus valores e intereses. Si uno establece una línea evolutiva desde los inicios de la fotografía de la intimidad (para mostrar a la familia los éxitos, con pretensión de eternidad) hasta las del Tinder (para vendernos como en un catálogo de muebles), puede entrar en pánico. Quizás por eso no vi fotos de Nelly ni de Diamela dándose un besito con un delfín.

*Curador y crítico de arte.