bowie

Era el año 1990. Bowie acababa de dar un recital casi vacío en el Estadio Nacional que le había gustado hasta a Italo Passalacqua. Yo tenía veinte años (Bowie 43). Había pasado la infancia y la adolescencia escuchando música clásica y cantautores franceses. Quería iniciarme en el rock, pero necesitaba recubrirme de una cierta barrera profiláctica, algo de prestigio, de referencia cultural, de vanguardia. Mi hermano Ignacio había escuchado en la escuela de arte un casete de grandes éxitos de Bowie y me dijo que las canciones se parecían un poco a las de Lennon.
Prevenido, informado, protegido, puse en mi walkman The Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spiders from Mars. Un hombre vestido de cocodrilo delante de una caseta de teléfono londinense. El cielo amenazante, la luz extraña de un cartel, la insolencia de su gesto de guerrilla con la guitarra como metralleta. El casete empezó a rodar. A lo lejos una batería se iba acercando, sola primero, acompañada luego de una especie de guitarra que se esparcía como gotas de una lluvia atómica. Las Arañas de Marte, el nombre de la banda, no podía ser más adecuado. Luego aparecía la voz, una voz de gemido, de chillido, de llamado, una voz de niño, y de vieja, una voz de apuro y de orden perentoria, una voz que no tenía nada de humana y nada de inhumana tampoco, una voz como la que tenía atravesada en el pecho cuando nadie me veía, cuando no sabía si era hombre mujer, niño o anciano, cuando solo sabía que quería ser estrella de algo para que nadie más me tocara.
No sé por qué estaba en Viña del Mar ese día. Creo que había acompañado a mi papá a alguna reunión política. Me había escapado con el walkman a caminar por la plaza, el hotel O’Higgins, las vías del tren. Estaba nublado las tiendas vendían botones, posteres de Emanuel, superochos. Entre palmeras sucias y buses interpovinciales, las mansiones y las pensiones se mezclaban en el cielo sin gloria de ese día cualquiera. Ziggy Stardust hablaba de todo eso, supe de pronto. Su esplendoroso mal gusto no quería ser auténtico ni profundo. Se me ocurrió que algo de todo eso tenía que ver con la decadencia de esta ciudad festivalera, con su gloria nunca del todo luminosa, con su condición de baleneario que ya es ciudad pero quiere creer que está para siempre condenado a ser el recuerdo de un verano feliz de 1963.

De pronto, todos los resguardos que había interpuesto entre mi conciencia y el rock cayeron. De Bowie no me gustó primero la elegancia de sus años de pelo rubio y traje impecablemente cortado, ni sus coqueteos infinitos con la vanguardia. Ziggy era toda la brillantina y las pelucas de Miguel Bosé, un poco de Elton John y hasta de Luis Miguel de niño, de Albano y Romina Powell, de Jeanette cantando ¿Por qué te vas?, pero con un resplandor de muerte, con una voz que asustaba tanto como parecía tener miedo de ser tragado por sí misma. Era rock pero no tenía ya casi nada de blues, ni rastro alguno de hippismo pastoril. Era música del que aprendió a tocar escuchando la radio y no a los abuelos. Era música de gente que no tenía ya relación alguna con la tierra o el mar. Música de gente que no usaría nunca más sus manos, que no sentía del todo su cuerpo. Era música de fantasmas que no comen o comen demasiado, pero viajan entre los objetos sin tocarlos. Era música de un buen hijo que se rebela por donde menos lo esperan los padres, usando el lapiz labial de la mamá pero parándose en el escenario con la insolencia que nunca tuvo el padre.
David Bowie era eso, todo lo que no me atrevía a ser, todo lo que mi educación de exiliado de izquierda me había preparado para no ser: famoso y pretencioso, marciano y maquillado, capitalista y nada cristiano, decadente y recién llegado. Todo eso envuelto en canciones filosas como un cuchillos, puras como el vidrio, sobreactuadas y sutiles a la vez, que desafiaban a tus oídos con sonidos nunca antes escuchados, a pesar de tener el coro, la introducción y el solo de guitarra donde debían tenerlo. Como un crimen perfecto.

Ziggy Stardust nunca existió, pero juro que esa tarde, escuchándolo en el walkman yo era él. Soldado de una guerilla solitaria, enemigo de las casonas de madera, buscando la Quinta Vergara para incendiarla con la antorcha humana en que me había convertido. La magia de Bowie no consistía en su capacidad para armar personajes para después matarlos en el escenario. La gracia estaba en cómo su música se infiltraba en tu médula espinal, en la forma en que su cara simétrica—hasta que un ojo desmiente al otro—, se pegaba a tu cara como solo lo hacían las películas antes de él. Lo terrible de Bowie era que escucharlo era solo una parte menor de la experiencia, que el juego era ser Bowie, moverse como un lord entre los desechos industriales, ser el mimo que habla demasiado, el payaso blanco que su mamá reta en un playa de después del apocalipsis. Pasar de eso a bailar Let’s Dance en traje de nylon color crema y pelo rizado oxigenado para la ocasión.
Lo terrible era eso, y una cierta elegancia que se podía adivinar hasta en Ziggy Stardust, el menos elegante de los discos de Bowie, una cierta distancia que hace tan raro pensar que podía morirse como mueren los seres humanos, de cáncer al higado. ¿Dónde estaba el hígado de Ziggy Stardust? ¿Dónde estaba la vejez del Duque Blanco?

Y sin embargo de eso hablaban las canciones en mi walkman, que luego sería discman, y Ipod y Iphone, de eso siempre hablaron todas las canciones de Bowie, del miedo a morirse, del miedo a quedarse solo, del vértigo de seguir vivo a pesar de todo. No de mujeres fáciles o dificiles, no de protestas contra ninguna autoridad, no de drogas, alcohol, no de liberaciones de ningún tiempo, sino justamente del tiempo, de la fragilidad de nuestros sexos y nuestras mentes, del terror a volverse loco, de las ganas de perderse en la multitud, de las ganas de no ver a nadie. Hablaban de la fama, es cierto, pero sobre todo de la ansiedad que te obliga a ser famoso, del terror a no ser nadie si no te recuerdan cada cinco minutos quien eres, si no te inventas de la nada un personaje, un maquillaje que llevar.