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Hace dos años estabas haciendo un reality en Mega con Pablito Ruiz. Ahora, entrevistando a Raúl Zurita en ARTV. ¿Cambiaron tus prioridades?
–Lo primero es que yo nunca ocuparía a Pablito Ruiz como la antípoda de Raúl Zurita. De todos esos, lo más cercano a Zurita era Pablito Ruiz. Un personaje absolutamente notable en cuanto a profundidad ética, ingenio, alma, todo. Un tipo muy especial.

Cambiemos el ejemplo por Larissa Riquelme.
–Sí, que fue una gran trampa, porque se suponía que era rica y llegó con 40 kilos más… Pero hecha esa salvedad, sí, ese programa me sirvió para darme cuenta que no, que no era eso. Lo que pasa es que yo me engañé con algo: tomarme ese programa como desafío personal.

¿Hacerlo sin prejuicios?
–No, subir el Aconcagua. Cuando me dijeron que el reality se iba a tratar de quién era capaz de llegar al Aconcagua, yo dije “ok, lo conduzco, pero yo también llego”. Lo que era de una pretensión absurda… Además no llegamos ni al cerro Chena, fue un fiasco. Y definitivamente no era la televisión que quería hacer.

¿Y qué hiciste, entonces?
–Me fui a escribir. Me fui de la tele y me fui a vivir a la playa, de hecho sigo viviendo allá. Pero este año me ofrecieron conducir “Ojo con el libro” y acepté feliz. Es bonito tratar de juntar dos formatos casi irreconciliables: la tele y la poesía.

Con la costumbre de hacer tele abierta, rápida, ¿te relajas haciendo esas entrevistas o sientes que estás guateando?
–Es que funciona tan distinto que ese tipo de presión ni siquiera existe. Pero sí me interesa tener piedad con el tipo que está viendo el programa, a diferencia de la típica conversación de programa de libros en que hablan del libro, del libro y del libro. “Oye, en la mitad de tu libro aparece un personaje, María, muy interesante, cómo crece…”. Eso es bien miserable, porque el que está al otro lado no ha leído el libro, no sabe quién es María, no le interesa. Lo que intentamos hacer acá es entender a los escritores como gente que opina parapetada desde algún lugar, pero inmersa en el mundo: por qué la literatura, por qué están parados ahí, qué ven. Invitar a la gente a conocer las obras a través de esa visión particular de la vida que hay detrás de sus autores.

¿Te llevas sorpresas entrevistando a escritores?
–Me llama la atención que algunos están absolutamente escindidos entre personaje y obra. Hay tipos con una obra notable, pero muy fomes para entrevistar. Y otros que te sorprenden más como personajes que como autores. Pero en general me llevo más sorpresas cuando preparo la entrevista y me meto a fondo en sus obras. Yo tenía una cosa, no sé si esnob, o estúpida, de darme poco tiempo con el autor chileno, porque encontraba que la vida es corta para leer a los clásicos. Y si está lleno de manzanas caladas afuera… Tú entiendes que los autores funcionan en sus patrias, pero si te llega un autor noruego a las manos, dices “por algo llegó, ¡si es noruego el conchasumadre!”…
Funciona una lógica medio perversa, una validación al que llega de lejos.

¿Sería un error programar un espacio así en la tele abierta?
–No. Habría que hacerle ciertas modificaciones, pero yo creo absolutamente en la televisión abierta y que cuando las cosas no funcionan es porque son malas, punto. La gente puede tener otros intereses, pero no creo que sea tonta. Y cuando tú haces las cosas con cariño, con ingenio, con talento, puedes sacarle rating a esas audiencias. Si no funciona es culpa de uno. La poca tele cultural es porque la gente no se atreve o no sabe cómo hacerlo, pero se pueden hacer mil cosas.

NUNCA TE VAS A ENTERAR

y digo
no es fácil
no saber amar
el engaño es un arte
de un compromiso feroz

Es fácil entrevistar a un escritor que trata temas sociales o políticos. Pero si te toca uno que acaba de publicar un largo poema de amor, ¿por dónde partirías?
–Por su vida. Por qué se le ocurre escribir, por qué lo necesita, cómo partió, cuándo entendió que la palabra era un arma de doble filo…

¿Y cuál sería tu respuesta? ¿Cuándo empezaste?
–Muy pendejo. Y mi primer poema era un panegírico a los mapuches.

¿Qué edad tenías?
–10, 11 años.

¿Y por qué un poema a los mapuches?
–Porque había algo que me molestaba… De repente tú necesitas nombrar las cosas de nuevo, porque hay algo en tu mirada que no va con las palabras que están siendo usadas. Y el relato que me hacían de los mapuches, como estos hueones borrachos, no me calzaba con la idea que yo me hacía de ellos. Necesitaba reescribir esa historia, armar mi propio relato de lo que era un mapuche para sacarme el otro de encima.

En este libro, “Cuesta arriba, cuesta abajo”, para reescribir un amor que se destruyó te pones en la posición del mártir que lo sufre por los dos. ¿Ocupar ese lugar es más fácil?
–Sí, es un lugar cómodo, el del mártir. Pero al final, quien habla ahí lo hace desde un lugar bastante perverso: crear a través del daño, de la destrucción del otro. Esa cosa totalizante del poeta frente al mundo, de que te puedes llevar al mundo por delante, a la gente por delante y tu vida por delante y no hay contemplación. Sabemos que no hay nada más insoportablemente egoísta que un poeta, aun cuando diga “aquí el único que la está pasando mal soy yo”. Es un adolescente, en el fondo. Y en el caso de ese poema, es un hueón que además está obsesionado con crear a través de la destrucción del otro. Lo que pasa es que al final se pega contra una pared y viene el lamento.

Pero también, en ese juego de ser el único que lo pasa mal, uno se inventa el cuento de estar salvando al otro, ¿no? “Me condeno a sostener la caída”, dices.
–Claro, porque conviertes al otro en elemento, y ya cuando empiezas a manipular, sientes que estás haciendo algo epifánico con esa persona. Pero en el fondo la estás matando. Esta es una carta de despedida, pero la de un tipo que va maquinando, que va todo el rato como organizando esta huida. Huida que él siente que tiene estos niveles de espectacularidad que no tiene. Y se refocila en eso, y siente que todas las piezas calzan… Es un libro bien egótico, finalmente.

¿El drama de ese ego, o de cualquiera, es saber que no se puede llegar a un “nosotros” irreductible?
–Yo tengo en mi poesía la imagen recurrente de ese “nos” irreductible. De alguna manera, creo y no creo en esa irreductibilidad. O sea, creo que existe y que es un milagro: encontrar tu mitad de piedra partida, en algún lugar del espacio y del tiempo. Pero siempre, siempre, indefectiblemente, cuando eso se logra, lo que viene es la rodada cuesta abajo. Después de ese encuentro sólo viene la destrucción. Entonces, en ese libro, él sabe que crear a partir del otro es al mismo tiempo destruirse.

Por eso “amar no requería el más mínimo esfuerzo, el amor sí”.
–Exactamente. Y esa frase tiene que ver, también, con que yo te voy a entregar amor, pero tú nunca te vas a enterar, hasta el minuto final, de lo que está pasando adentro de mi cabeza: que me estoy yendo, que estoy destruyéndote en mi cabeza. Es como esas madres que se les muere un niño, se les muere otro, los viene envenenando y los niños nunca se enteran. Hay un asesinato en que uno puede ir matando de a poco a alguien sin que se entere, porque el que está metido en el forro es uno.
Entonces, lograr que un otro reciba algo parecido al amor, juntar palabras y hacer sentir a alguien amado, es fácil. Amar, no.

“El engaño es un arte de un compromiso feroz”.
–¡Sí, poh, hueón! Hay un tema con los mensajes, con la relación entre emisor y receptor, no sé cómo decirlo, pero en el fondo es una apología de la mentira. Da lo mismo cómo nacen las cosas desde el otro: lo que tú recibes, aunque sea mentira, es lo que recibiste y punto.

Pero en la segunda parte, “Cuesta abajo”, el mentiroso sale trasquilado.
–Porque al creerse el cuento de que la traición lo podía salvar, en el fondo también fue engañado. Por eso ahí aparecen todas esas imágenes del relato bíblico que, sin ser cristiano, siempre se me cruzan. La cruz se me cruza, se me cruza Judas, que siempre he pensado que es un personaje notable…

Cuando alguien mete en su poema la ausencia de Dios, es porque en algún momento de su vida fue importante, ¿o no?
–No necesariamente. Pero el relato bíblico occidental sí fue importante en la construcción de mi mundo, son las imágenes que me tocó vivir. Por ejemplo, soy un hueón que se casó por la Iglesia sin creer. No comulgué, no comulgó mi mujer y tampoco sentíamos ningún deber de casarnos así, pero yo me quería casar por la fiesta que conocía, participar del rito de mi pueblo. No tengo por qué ir a casarme al Tíbet, no es lo mío. Lo que yo vi fueron unas fiestas con mujeres de blanco, iglesias de piedra… ¿Tiene alguna relación con algo, esto que se me ocurrió decir?

No sé…
–¿De qué estábamos hablando?

Del libro, el engaño…
–Y me fui a la chucha…

No, decías que en la segunda parte se te cruzan las imágenes bíblicas.
–Ah, sí. Porque en ese relato fundador, que está en el ADN de la manera en que nos enseñaron a mirar el mundo, hay algo muy perverso que me cerró para entender por qué este hueón se pega en la cabeza: la imagen de la cruz, que es la imagen de la traición que abre las puertas del cielo. Porque antes de Cristo, el cielo estaba cerrado, pero cerrado a machete. Entonces viene Cristo, lo crucifican, lo hacen pico y gracias a eso, ¡guaaá!, se abren las puertas del cielo. Cómo no va a ser perverso: en la fundación de nuestro mundo, la traición es una llave. ¡Es una huevá muy rara! Y en este libro también pretendió ser una llave. El problema es que finalmente no me abría nada, entonces ahí es donde pego el grito: por qué me engañaron, aquí estoy solo en esta pieza y no tengo cómo salir, a mí me dijeron que tú traicionabas y el cielo se abría de piernas. Y no. Eso no sucede.

¿Y ahora…
–[Interrumpe] Qué loca la huevá…

¿Qué?
–Que este poema… es un poema de amor.

Bueno… sí.
–Sí. Qué feo suena… ¡ja, ja, ja! ¡Suena horrible! Pero a veces me pregunto si efectivamente hay alguien del otro lado o no soy yo mismo, o yo contra el mundo. Es un poema bien raro. Yo no creo en las musas o en esos procesos de iluminación, pero ese poema, en su primera versión, lo escribí encerrado en un baño en tres horas.

¿Es verdad que esa casa se quemó?
–Se quemó al día siguiente.

Le quemaste la casa a un amigo…
–¡No, no, se quemó al día siguiente! Pero yo viví mi propio infierno encerrado en ese baño.
¿Crees que para necesitar la poesía hay que haber perdido algo?
–Creo que para ser persona hay que haber perdido algo. Y es un concepto bastante odioso, con respecto incluso a la mujer: la búsqueda de que “ojalá vengan dañadas por otro”. Ser el que enseña el daño, la primera persona que daña a alguien, es muy potente y muy miserable. Pero las personas crecen a través del daño. Los vasos tienen que estar medio quebrados para que la cosa funcione. Cuando el vaso está perfecto, las imágenes son muy traslúcidas, y eso no es verdad.

Tú tienes una hija de 8 años…
–Estoy en la peor etapa, hueón… Es terrible.

Es la edad en que pierde esa inocencia, ¿no?
–Hoy día estoy absolutamente obsesionado con eso. Yo no creo en la adolescencia, ese es un estado permanente de odiosidad. Pero sí creo que a los 8 años, que es justo la edad que tiene mi hija, pasa algo y pasa algo terrible. La huevá más terrible que nos pasa en la vida pasa a los 8 años: es el fin del mundo mágico. Ahí parte la vida, cuando el mundo se vuelve concreto. Y como padre viene la pega de verdad, porque tú no puedes salvar el mundo a través de un relato mágico. ¡Porque la magia desaparece! No se trata de si existe o no el Viejo Pascuero: es uno el que deja de ser Viejo Pascuero. El mundo se vuelve real, y el mundo es un lugar feo.

¿La idea es preparar esa toma de conciencia o no adelantarla?
–No, no, ojalá atrasarla lo más posible. Además viene sola, es un proceso del que uno no participa. Es un proceso, hay una evolución, porque todavía hay una mirada limpia, hay cariño. Te enfrentas primero a un mundo dañado, no al daño como experiencia personal. Pero mientras dure, ese es un mundo al que hay que proteger. Todo lo que construyas durante esos 8 años es sagrado, porque al menos lo vas a poder tener en la memoria como un reducto al que volver. Por eso hay que protegerlo. Pero es terrible lo que pasa a los 8 años.

“VIENE EL MACKENNA”

Uno tiende a pensar en un poeta como un tipo que, en general, carece al menos de dos cosas: plata y minas. ¿Cómo te sientes frente a esa figura?
–Yo creo que todas las figuras del poeta son odiosas, todas. El poeta maldito, como aquel que busca el dolor, es una hueá con patas. Si tienes cierta sensibilidad como para ver el dolor, no tienes para qué andar cavando hoyos, está a la vuelta de la esquina. Pero efectivamente hay pegas mucho más para poeta que las que he elegido yo. Contador, funcionario público… En general las mejores son las que te permiten ser un instrumento silencioso de los otros, porque eso es caldo de cultivo para crear un mundo y un discurso propios. En el fondo estás como escindido del resto, como Bartleby. Eso es: la vida de Bartleby es la vida del poeta. Hacer tele, definitivamente no. Y es algo contra lo que yo peleé mucho tiempo, trataba de entenderlo… Pero ya está.

¿Tienes una convivencia fluida con tus pares o te sientes mirado como el poeta cuico o farandulero?
–Creo que tuve que hacer más pega. Es raro, porque cuando la gente ya te conoce, se supone que es una ventaja. Pero a la vez, venir de la tele te crea otras barreras, entonces es un juego de ida y vuelta muy extraño. A mí me pasaba, por ejemplo, cuando iba a leer, que me daba cuenta de que llegaba más gente. Y muchos amigos me invitaban a lecturas porque también sabían que llegaba más gente. Y yo pensaba “qué lata, la gente llega como de curiosa: ‘ah, viene el Mackenna, a ver qué es eso’”. Hasta que entendí que daba lo mismo, que lo importante no es por qué llegaban sino con qué se iban, si es que se iban con algo. Y tampoco me puedo pasar toda la vida pensando “estoy parado arriba leyendo, qué parte mía es poeta, qué parte es personaje”. Me tocó trabajar en la tele, nomás.

Eso respecto del público. Y frente a los poetas, ¿te sentías presionado por validarte?
–Frente los poetas me costó validarme, pero no me hice mala sangre porque de cierta manera los entendía. Hacía el ejercicio de qué me pasaría a mí si llega un hueón de la tele, que hace programas que para mí son cualquier cosa… Y yo también habría sido prejuicioso. Ahora, yo siento que después de 20 años escribiendo, ya me creyeron. En general, no siento que para nadie esté haciendo algo ridículo. Escribo poesía. Bien, mal, pero escribo poesía. Siento que eso ya se entendió. Y es verdad que me costó, pero es una etapa superada. Y voy a los encuentros, me invitan, también voy para afuera… Para mí es súper bonito ir para afuera.

¿Por qué?
–Porque voy desprovisto de cualquier argumento parapoético. Voy a México, tengo 15 minutos para leer y no soy nadie: se desató la magia o no se desató. Eso es bonito. Además, creo mucho en la lectura oral. Salgo mucho a leer en provincia, voy a poblaciones, a universidades, a centros de ancianos, al Alto Biobío… Una vez al mes estoy en algún lado leyéndole, en general, a dos personas.

TEILLIER, PARRA Y ARJONA

¿Qué poetas, de tu generación o por ahí, te interesan?
–Tengo amigos poetas más jóvenes, que me parecen bastante notables. Héctor Hernández, por ejemplo. Uno suele admirar aquello de lo que carece, y a mí me cuesta mucho ser metódico, tener el oficio. Nunca me resultó más fácil escribir que cuando estuve en la cárcel. Era perfecto, estar preso de noche me ordenó la vida completa. Pero en general me cuesta un poco todo. Y un tipo con esa capacidad de creación, que a los 27 años decidió no escribir más y había escrito seis mil páginas… A mí me producía mucha desconfianza, hablaba pestes de Héctor Hernández, sin haberlo leído nunca. “¡Seis mil páginas, qué se cree, saco de huevas!”, ja, ja, ja. Pero lo abres en cualquier parte y la verdad es que funciona. “Los colores y papá”, lo encuentro desgarrador, me dejó la cagá ese poema. Y con la poesía, como yo la entiendo, te tienen que pasar cosas. Algo te tiene que cortar en algún minuto la respiración.

¿Te produce más rechazo la poesía cursi o la cabezona?
–La cabezona. Lo cursi, en general, es un poema mal resuelto. Pero creo que cuando la poesía queda desprovista de una especie de conciencia mágica detrás de las palabras, se desarma, la crema se corta. No creo que los poemas sean artefactos científicos para entender algo así como “los mecanismos internos de las cosas”. Yo leo a Teillier y algo hay en su voz que me saca de donde estoy, tiene imágenes que las puedo tocar. Con esa imagen de los remos en el agua, que es la más linda que se haya escrito con respecto a la calma, Teillier ya podía descansar tranquilo. En cambio a la antipoesía, al artefactismo, en general no le creo mucho, porque no me emociona. Yo a Parra le daría el Nobel de miles de cosas: de inteligencia, de ingenio… muchos, pero muchos Nobel. Pero no el de literatura. Al primer Parra sí, ese hueón me caga. Después, encuentro muy bueno lo que hace, desafiante, inteligente. Pero emoción no encuentro. Y me parece que la sombra de esa parra ha enfriado la literatura en Chile. Hay que dejar pasar el sol de nuevo.

Y en tu poesía, ¿a qué errores les tienes miedo?
–A lo meloso le tengo miedo. Sobre todo cuando escribes cerca del amor, o del desamor, que es lo mismo.

¿El miedo a arjonear?
–Puta, sería lo peor que me podrían llegar a decir. “Mira, esta frase es de Arjona”. Ahí me mataste.

Siempre hay un riesgo…
–¡Por supuesto, si estás jugando en el límite! Y mi problema con Arjona no es como una religión espontánea de “ya, que nos caiga mal Arjona”. Es una reflexión sesuda de que ese hueón le ha hecho daño a la humanidad. Creó y masificó un lenguaje poético en el que todo está mal resuelto, ¡todo! El mundo es peor desde que existe Arjona, creo profundamente en eso.

MORAL ENCEGUECIDA

¿Cuesta pararse con un poema que explora el lado perverso sin temor a ser juzgado desde una lectura muy literal?
–En principio, cualquiera debería entender que los libros también son ejercicios de “qué pasa si me pongo en tal lugar”. Lo que pasa es que hoy estamos en un mundo de un nivel de exigencias éticas y morales que no son para nada propias de la poesía. Hay un error gigante con respecto a eso. Yo puedo hacer el poema de un asesino en serie, o de un abusador, o de un torturador, y le puedo poner voz y le puedo encontrar belleza, porque hay belleza en el horror. Pero estamos en un estado de cosas muy extraño.

¿En qué sentido?
–En que vivimos en un mundo moralizante y el miedo ya se metió en las artes. Ya vamos a ver que en Estados Unidos se van a empezar a prohibir ciertas publicaciones. Hay cosas que no se pueden decir, y la literatura era ese espacio en que todo se podía decir. Hoy no puedo “tratar mal” a una mujer o reírme de sus reivindicaciones, ni siquiera como pensamiento retrógrado de alguien. No se puede mostrar a alguien fumando en televisión ni aunque muestres que por fumar se está muriendo de cáncer. Y cuando ya creemos que la manera de superar el lado oscuro de la fuerza es no mostrándola, estamos hasta el pico. Es no entender que a la realidad hay que mirarla a los ojos, que hay que darle voz al horror para ver cuán hueco suena. Tú ves que hasta la crítica literaria ya es crítica moral. La Patricia Espinosa, por ejemplo, puede ser una muy buena crítica cuando está hablando de personas a las que ella respeta moralmente. Pero frente a un mundo que no le gusta, parte enceguecida.

Fue lo que molestó a muchos de su crítica a Fuguet.
–¡Porque no le gusta el mundo de Fuguet! A mí también me hizo una crítica bien divertida: nunca habló del libro. La crítica se trataba de por qué yo creía que podía escribir poesía. Que yo me había equivocado, que no estaba invitado a este mundo. Bueno, es divertido también.
A propósito de exigencias éticas, ¿qué te pareció el sapeo del WhatsApp al diputado Ceroni?
–Hay harto para picar ahí… Por supuesto es impresentable, no puedes andar apuntando a un celular con un teleobjetivo, con un arma. Es lo mismo que un francotirador. Adentro del Congreso de Chile había un francotirador. Ahí ya me voy al otro extremo: la persona que hace eso se tiene que ir presa. Junto con las minas que te revisan el teléfono: se deberían ir todas presas. El mundo está sufriendo mucho ese grave delito y yo lo he sufrido mucho también. Ahora, la mujer de Ceroni dando testimonio a la semana siguiente, en la revista del Sábado, es de las cosas más lindas y más raras que he leído. Eso es literatura pura: la mujer chilena, esa seudo dignidad, “nosotros nos queremos”… ¡¿qué es eso?! Porque no era la voz de la liberalidad diciendo “nosotros tenemos un trato, cada uno por su lado”. Era conservadurismo puro. Y ese conservadurismo de la mujer que no quiere ver, o que se hace la loca, no tiene voz, nunca la tuvo. Puede estar en la literatura, pero no en testimonial. El testimonial de ella, al poner en palabras ese trato tácito, es muy impactante.

BURGOS Y PEÑAILILLO

¿Crees que la élite chilena se siente humillada por todo lo que pasó este año, o sólo está saliendo del paso?
–Yo creo que sí, que están con un poco de vergüenza. Se sienten medio pillados, conscientes que estaban haciendo algo mal. Ahora, es algo que ellos no veían, porque creo que realmente vivían un poco más allá del bien y del mal. Pero sí, parece que se pegaron el alcachofazo. Y está súper claro que hay un poder paralelo de las élites en Chile que nunca ha dejado de funcionar. Y si la élite quiere que le dure un poquito más la fiesta, va a tener que hacer la pega. Hasta acá, la está haciendo súper mal. Se están haciendo una zancadilla gigante. En todo caso, hay algo bueno en este caos: mientras más peleados estén los políticos y los empresarios entre ellos, más se van a controlar unos a otros. Está bien que se saquen los ojos, porque finalmente nos van a dejar ver a nosotros. Lo peor, lo peor, es que sean todos amigos.

¿Crees que este gobierno ha sido malo?
–Sin rumbo, sobre todo. Porque en el papel, todas las reformas que se están planteando son súper importantes, son como ideas madre maravillosas, pero han sido muy amateurs para conducir eso y explicarlo. Ahí te das cuenta de la pobreza intelectual y de preparación técnica de las personas que gobiernan. Porque si estás al alero de ideas tan poderosas y no sabes ni siquiera transmitirlas, realmente te faltan tablas pal puente. ¿Cómo no vas a poder explicar algo bonito, darle forma?

¿Qué político chileno te inspira respeto o admiración?
–Funciono de manera bastante extraña frente a mis afectos políticos: porque me caen bien. Burgos, por ejemplo, me está cayendo bien. Es muy heavy su pega, pero el hueón se pasea como pescado en el agua, todo le resbala. Tiene una especie de sonrisa… Yo creo mucho en las expresiones corporales, y cuando estás dando la cara todo el tiempo, un cierto don de la humildad es un súper buen consejero. Decir “bueno, probablemente nos equivocamos…”. Será buen animal político, hará todo bajo cuerdas, pero encuentro que el tipo funciona. Le da cierta estabilidad al cuadro.

Más que Peñailillo…
–¡No, es que Peñailillo es cualquier cosa! Además, Peñailillo es a la política lo que Baradit y todos esos a la literatura: el triunfo de los nerds no puede ser absoluto, en algún minuto se tiene que volver a ordenar el naipe, ¡ja, ja, ja!

La están llevando en todo…
–¡Pero el mundo tiene que volver a ordenarse, si no nos vamos a ir al carajo! A mí ellos me caen la raja y me encanta que les vaya bien, pero ya pues, vuelvan a ser pernos, devuélvannos las minas… Si esto era un rato nomás, era como decir: ya, el mundo los trató pésimo, ahora disfruten, vendan, culeen. ¡Pero después devuelvan las minas y vuelvan a sus escritorios! ¡El mundo no puede ser gobernado por ellos!

¿Es un fenómeno chileno o mundial?
–No, Chile está muy raro… Por algo fue el segundo país en que estrenaron La Guerra de las Galaxias. Algo pasa en Chile que yo no he sabido leer y que me da mucho miedo.

Más allá de Peñailillo, ¿la vieja guardia no dejó crecer a los más jóvenes, o ellos no han estado a la altura?
–Yo creo que si no ha habido recambio es porque la política ha tenido muy mala publicidad. Se recuperó la democracia y lo primero que oímos fue “justicia en la medida de lo posible”. Ese es un cueck tremendo. “Ah, ya, ¿de eso se trataba?”. También la gente ya entiende que el mundo no se arma sólo ahí, que por nuestros destinos pasan muchas más veredas. Pero la política está muy desprestigiada y eso funciona como tapón: “ni vengan para acá, está huevá es asquerosa”.