Carne A1
Prometo un texto lleno de contradicciones. Comencemos con el pobre corderito o las pobres hueonas, es la misma escena. En un paseo de parejas suele reproducirse, más allá de los discursos y posturas estéticas de los comensales, la división cavernaria del trabajo: él hace el fuego y ella prepara la ensalada mientras con la otra mano mece a la guagua inquieta.

Así fue como en uno de estos encuentros, a ellos, a los encargados de la carne cruda, se les ocurrió ir por un cordero para sacrificar. No por falta de alimento, sino para terminar la experiencia campestre con una erección mental. Vivir la experiencia del asesinato de manera ¿sublimada? en el mundo de la hegemonía del pantalón pitillo y la verdura orgánica. Hegemonía liderada por ellas, quienes con orgullo triunfante discutían (o quizás también ¿sublimaban? sus propios instintos de guerra para definir quién ahí era la chica alfa), sobre los beneficios de la nueva alimentación conectada con el mundo. Que las hormonas en la leche, que los antibióticos en la carne, que el huerto propio, en fin, la promesa de un tipo de alimentación moderna (elitista), saludable y en conexión con la pachamama (metáfora de una revolución contra lo masivo). Aplausos para esta buena nueva comida llamada “viva”, una versión posmo de la dieta vegetariana, con alimentos crudos pero no de origen animal. Incluso es posible lograr que el marido baje de peso, pero lo que subyace es el proyecto de pasivizar la brutalidad del macho, domesticar sin látigo. Lograr la supremacía, no en los podios clásicos del poder, sino a través de un gesto cultural.

El discurso es nuestro, la superioridad moral nuestro sostén, las redes sociales nos apoyan con furia: ¡No al poderoso! ¡No al zorrón! ¡No a las armas! ¡No a la heteronormatividad! ¡No al tomate de supermercado! En ese instante mágico, una con la bandera de la verdura, otra con la del Sernam, yo con la de los discursos de intelectuales posmodernos (esa es mi trinchera, me gusta demasiado el asado como para tomar la bancada verde), nosotras saboreábamos el triunfo de los tiempos, nuestros tiempos. Tan conectadas con el narcisismo de nuestras palabras que olvidamos al bebé que lloraba y al corderito a punto de ser sacrificado para facilitar el orgasmo homoerótico, esos que de vez en cuando necesitan los chicos patriarcales.

Después de varias peleas, desprecios y ofensas hacia los criminales, no triunfó la oferta de la “comida viva”, ahí yacía el cordero en un palo. ¿Quitaba los pecados del mundo? Pues no. Supongo que la existencia de un pacto silencioso fue lo que trajo otra vez la calma. Pacto neurótico, que finalmente se traduce en un acuerdo político. Algo así como el trato entre el padre poderoso y el hijo rebelde, cuyo acuerdo tácito es que este puede hacer toda la revolución que quiera, incluso puede criticar al padre abiertamente. Es más, necesita a ese padre malo para sostener su alma bella y combativa, pero sabe que al estar en problemas le pagará al mejor abogado, y que en ese gesto se devela quién porta realmente el poder. Aunque suene contraintuitivo, es posible sospechar que tras cada lucha llevada a cabo por un sujeto no hegemónico debe haber un padre malo -ojalá hasta el paroxismo de la caricatura- con quien enfrentarse.

Piñera -que cumple con aquello de la caricatura- jugó ese rol durante cuatro años. En su afán por una excelencia demasiado sonsa para las distintas voces del progresismo, fue quien empujó un rescate cinematográfico a los mineros. Posiblemente menos por altruismo que por desafío fálico, pero salvó 33 vidas. Me pregunto: si hubiese sido Bachelet quien gobernaba en ese momento -voy a hacer una especulación quizás excesiva- sospecho que el tema hubiera tomado un cariz político. Algún personero de gobierno afuera de la mina gritando por las injusticias laborales, los ministros acusando la criminalidad de los empresarios. Y aunque todas esas acusaciones sean ciertas, las reivindicaciones no hubieran salvado a esas almas, aunque posiblemente esas muertes hubiesen provocado algún sismo relevante en nuestras leyes.

En las cabezas progresistas no hay lugar para una cápsula llamada Fénix, suena demasiado ridículo para el lenguaje verde y postestructuralista. Pero por otra parte, sin Bachelet no habrían reformas sociales –bien o mal hechas– de esas que persiguen redistribuir el poder, y que sin duda llegará el momento de agradecer.

Así como “la cocina” del juego político nos parece tantas veces sucia, sobre todo en estos tiempos de ciudadanos indignados, hay que suponer que esta refleja el propio teatro humano, lleno de pactos ajenos a nuestro consciencia moral. Alguien tiene que traer la carne cruda, alguien cocinar, otro limpiar, para luego comer todos juntos. No sin contradicción.