nazi

Voy a contarles algo que me sucedió siendo un adolescente de 12 años en Traiguén, pequeño pueblo lluvioso y aburrido del sur de Chile. Estaba a poco tiempo de realizar mi Bar Mitzvah, que para la religión judía es el paso de niño a hombre. Es una ceremonia en la que uno se llena de regalos, pero el único regalo que yo quería era una mujer. Desde luego, aquí voy a inventar algunos aspectos de mi vida, para seguir el dispositivo dramatúrgico que enseño a mis alumnos, que es contar las biografías pero, como dicen los franceses, “tordues”, torcidas, y llenas de fantasía.

Yo era muy amigo de un muchacho llamado Christian Fonsmann, de mi misma edad pero bastante más alto, lo que me daba mucha envidia. Estaba seguro de que las mujeres buscan a los hombres altos, y por lo mismo él ya había perdido su virginidad, otra envidia más. Mi amigo tenía una hermana de 15 años que era hermosa como el mar y que solo se fijaba en chicos de 18 para arriba. Naturalmente yo estaba muy enamorado de ella, y la deseaba sexualmente, mirarla me producía dolor físico. Los Fonsmann eran los hijos de una misteriosa familia alemana que manejaba una inmensa tienda de ferretería. Muchos rumores se hacían escuchar, y el que me parecía más cuerdo era que esta familia, pronazi, había escapado cuando los rusos y americanos entraron al destruido Berlín, al final de la guerra.

Sin embargo yo, judío, era muy amigo del chico, que por supuesto no tenía nada que ver con las atrocidades de los nazis. Al contrario, Christian era un muchacho tierno y optimista. Seguramente sus padres no les habían contado nada de esa mierda llamada nazismo.

Íbamos juntos al cine rotativo de Traiguén, que daba tres o cuatro películas seguidas. Un ciclista traía al cine las bobinas que llegaban de Temuco, pero a veces las bobinas no llegaban a tiempo y veíamos pedazos de “La Dolce Vita” mezclados con Cantinflas, James Bond y Buñuel. Un enredo tragicómico que después me ayudó a construir mis historias de manera entrecruzada y sin ningún sentido de la técnica. En esa época, con siete años, comencé a publicar en el diario El Colono de Traiguén cuentos, críticas de cine y artículos, todos copiados de la inmensa biblioteca de mi padre y de revistas americanas o mexicanas como el Reader’s Digest, Mecánica Popular y la que más me atraía, Visión. El copiado me sigue hasta el día de hoy, pero hay una manera poética que me permite, a pesar de copiar, que mis escritos parezcan autorales y originales. Cuando supe que el pluscuamperfecto Shakespeare copiaba a Plutarco y a muchos más, y también que el increíble Borges seguía a Chesterton y adoraba y plagiaba a Céline –quizá el más inspirado novelista de la historia de la humanidad, pero colaboracionista pronazi–, me tranquilicé. También lo hacía el inmenso Cervantes y todos los grandes escritores, cineastas, etc. ¿Qué hace el portentoso Bob Dylan? Toma la tradición folk americana (como Violeta Parra), la inunda de Woodie Guthrie y, con una maniobra secreta, transforma todas estas copias en canciones originales.

Un día yo iba con mi cámara de cine a cuerda siguiendo a la hija de la familia Fonsmann, Susana, que como les dije era una preciosidad y que en su nombre me masturbé muchas veces. Ella tenía 15 años, pero era una mujer hecha y derecha con inmensos senos y unas piernas descomunales y un rostro que recordaba a Brigitte Bardot. La muy pícara jugó conmigo mientras la filmaba, y luego me dio un sutil beso en la mejilla. Parecía una especie de despedida. Inmediatamente después se fue corriendo. Yo filmaba todo esto porque después, cuando lo proyectaba, me masturbaba. Era realmente un gran alivio la masturbación, ejercicio onanista que nunca he dejado de lado. Pero ese día yo iba a la casa de mi buen amigo Christian Fonsmann. Después de recibirme, él me ofreció una Coca-Cola y se perdió por el pasillo que llevaba a la cocina. Su casa, espaciosa y monumental, no era sin embargo bella. Había un rancio olor que espantaba.

Yo escuché ruidos, y me acerqué a la biblioteca de la familia Fonsmann. Como mi adorado Sean Connery interpretando a James Bond, hurgué en los libros, y de pronto, al mover un ejemplar de “Mi lucha”, el que escribió el asqueroso Hitler, se abrió una compuerta. Hacia abajo, pude ver unas escaleras, desde donde provenían los ruidos que seguía escuchando y que eran suspiros y exclamaciones de placer. Bajé la escalera filmando con mi cámara de ocho milímetros hasta llegar a una especie de mini búnker, donde un alemán vestido de Gestapo y semidesnudo estaba haciéndole el amor a la hermosísima Susana, hermana de mi buen amigo Christian. Como yo la amaba terriblemente, desnuda se veía aún más bella, moviendo sobre el nazi sus contorneadas caderas. Tuve deseos de golpear con mi cámara al nazi, pero me descubrieron. Además, la escena era como para ganar la Palma de Oro de Cannes. El nazi semidesnudo junto a Susana, con sus largas botas negras, en un búnker lleno de cruces gamadas y fotos de Hitler, incluso una en que él mismo estrechaba la mano del Führer.

Entonces el alemán se acercó a mí y me pidió que le pasara la cámara. A cambio me ofreció tener relaciones sexuales con la hermosísima Susana. Yo era un niño de doce años lleno de latencia sexual, mi pulsación sexual era inmensa. La preciosa Susana me tomó en sus brazos, cruzó las piernas alrededor mío y fue desnudándome, mientras el nazi filmaba. Me sumergí en uno de los placeres más inmensos que tuve de niño. Susana se instaló para hacer la bella posición del misionero, yo gemía hasta la exasperación, y ella era tierna, dulce como una diosa del sexo, me besaba con lengua y yo seguía aceptando todas sus regalías sexuales, estaba absolutamente atontado con tanto placer. Ella me enseñó la técnica del Rey Salomón, para retener el semen. Estuve una hora con la mujer que más deseaba en Traiguén. Nunca entendí cómo llegó a juntarse con el nazi, ni tampoco me interesaba saberlo. “Judío, has tenido placer”, me dijo. ¿Cómo sabía que era judío? Bueno, los nazis siempre sabían. Al final me corrí fuertemente, quedé con un dolor muy fuerte en mi cuerpo. El nazi me devolvió la cámara y me dijo: “Confío en ti, judío, no le mostrarás a nadie esto”.

Subí las escaleras y cerré todas las compuertas. No quería que mi buen amigo Christian se enterara de nada, era un chico inocente.

Me fui de esa casa sintiéndome extraviado. Me dirigí directamente al escritorio donde mi padre guardaba el arma alemana Luger y tuve un presentimiento muy poderoso. Regresé a la casa de mi amigo y bajé las escaleras del búnker.

Ya no estaba la bella Susana. El nazi me miró como rendido, comprendiendo que era su final. Levanté el arma y comencé a disparar hacia arriba, hacia abajo, al lado, al otro lado, quería hacer sufrir a este nazi como hizo sufrir a los judíos. Él se quedó frío. No sé por qué lo perdoné. Seguramente porque me ayudó a perder la virginidad. Luego escuché que se había ido de Traiguén, rumbo al profundo y cómico Chiloé. Qué horrible vida le esperaba a este nazi, pensé. Fue mucho mejor dejarlo con vida.

Pero todo estaba en mi cámara de 8 mm, incluido mi encuentro con la linda Susana.

Fue todo un lío revelar ese negativo, que había que enviarlo a Estados Unidos. Cuando llegó un mes después, corrí al correo. Había hecho mi primera película de autor y era mi vida. Pero nunca la pude mostrar a nadie, solo la usaba para masturbarme día y noche. Y desde que comencé a escribir mis obras teatrales, siempre estoy en esa tensión sexual.

Había aprendido mucho, porque esta es la primera vez que cuento todo esto y siento un alivio místico/erótico.