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El martes 13 de octubre pasado, Playboy sorprendió al mundo con la noticia de que ya no publicará desnudos en sus páginas. La edición de febrero de 2016, con la indiscutible Pamela Anderson en portada, le dirá adiós a una era. De ahí en más los lectores deberán conformarse con usar la imaginación y con los artículos periodísticos, relatos de ficción y trabajos de ilustradores que también hicieron grande a la revista de Hugh Hefner.

De algún modo este repliegue, forzado por la invasión del porno, devuelve a Playboy a los orígenes del género: el de las revistas que, en la edad de la inocencia, supieron congeniar en sus páginas erotismo, humor gráfico, notas frívolas, sátira política y hasta buena literatura. Una precisa recopilación de lo que fue este género en Chile, con bastante material gráfico, es la que acaba de publicar el investigador Moisés Hasson bajo el título de “Pin-Up: Cómics Picarescos en Chile” (NautaColecciones). Un ágil recorrido por las decenas de publicaciones que solazaron al lector nacional durante casi todo el siglo XX, y que tuvieron por grandes protagonistas –junto a las divas de cine y cabaret retratadas en las fotografías– a un notable elenco de dibujantes cuyo legado, en este libro, encuentra plena justicia.
Todo empezó, dice Hasson, el martes 13 de febrero de 1923. Ese día, con el epígrafe “Humor y Picardía” y a un precio de 40 centavos, salió de la imprenta Mi Kits, la primera revista chilena dedicada exclusivamente al género picaresco. La inspiración, muy Belle Époque, llegaba desde Francia, donde las revistas consagradas a caricaturizar la moral y la política ya eran de larga data. En su primera portada, Mi Kits dibuja a dos jóvenes en ropa interior con una oportuna alusión a la contingencia: “Tacna y Arica íntimas”.

Otras referencias inevitables de esta primera época son la revista Paliques (1935-1936), dirigida por Óscar Edwards Bello (hermano de Joaquín), que además de ilustraciones satíricas, notas sobre cine, literatura y moda, presentaba desnudos artísticos a toda página que le costaron sucesivas acusaciones de pornografía. Misma suerte corrió Sex Appeal (1939), que así definía sus contenidos: “Reunidos en un haz luminoso, gráficos de mujeres hermosas y lectura frívola de todos los tiempos”. Pese a destinar siempre una página a la poesía, y a ser pionera en el humor que parafrasea el estilo de los periódicos con su sección “El Grito del Mapocho”, Sex Appeal sucumbió a una campaña moralista. “¿Hasta Cuándo?”, se titulaba la última editorial.

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Así esta historia del cómic erótico funciona también como un correlato de la historia cultural del siglo XX chileno. En los años 50, gracias al esplendor del teatro de variedades, comienzan a llenar las secciones fotográficas –además de las actrices de Hollywood– las divas de la emplumada farándula local. Es lo que Hasson llama la Edad de Oro del género picaresco en Chile, con revistas que alcanzaron circulaciones masivas durante largos años (incluso en el extranjero) y permitieron el desarrollo de un notable elenco de artistas gráficos: Pepo, Themo Lobos, Guido Vallejos, Lugoze, Percy, Hervi, Pepe Huinca, Jimmy Scott o Lukas, entre muchos otros. A esta época pertenecen revistas como Pobre Diablo (demandada por publicar una foto de Marilyn Monroe desnuda que Raúl Matas le enviara a Pepo desde Nueva York), Pepe Antártico y la mítica El Pingüino, creación de Guido Vallejos que se mantuvo en kioscos durante trece años (1956-1969) con más de 600 números publicados. Claro que, haciendo eco de la temperatura social y política, a fines de los 60 comienzan a dominar el mercado los desnudos “no tan artísticos”, disponibles en nuevos títulos como Viejo Verde, Alta Tensión 2000 (“La revista para hombres ejecutivos”, luego NAT), Cacheteo o Zaz Pirulín, todos caídos en desgracia tras el Golpe del 73 y el consiguiente monopolio del humor “para la familia”.
El regreso de la democracia implicó la última resurrección del género. Nacieron unas cuantas revistas y al menos dos de ellas que se erigieron como íconos del irregular destape noventero: Quirquincho y la codiciada Papaya, hoy más evocable por sus portadas libidinosas, pero que en sus primeros números incluyó desde una entrevista a Raúl Zurita hasta monografías sobre la ciudad de Rancagua. Fueron además los últimos refugios para los viejos tercios del humor gráfico, antes de quedar a medio camino entre los nuevos formatos y los nuevos valores. Pues como afirma Jorge Montealegre en el prólogo del mentado libro, “lo que ayer fue transgresor hoy día puede ser troglodita”. 

PIN-UP: Cómics Picarescos en Chile
Moisés Hasson
NautaColecciones, 2015, 50 páginas