Villa las estrellas

El pueblo Villa las Estrellas está ubicado en la península Fildes de la isla Rey Jorge, en el archipiélago de las Shetland. Se encuentra a 950 km al sudeste de Puerto Williams, lugar del cual depende administrativamente, y forma parte de la Antártica chilena.

Aquí se concentra la población civil de la Base Presidente Eduardo Frei Montalva, de la Fuerza Aérea de Chile.

El lugar cuenta con un aeródromo, un banco, un hospital, un supermercado, una oficina de correo, unas diez casas de civiles y la escuela F-50 llamada “Villa Las Estrellas”, fundada el 13 de noviembre de 1984.

Desde esta fecha se realiza una convocatoria para que dos profesores del continente vayan a enseñar a este recóndito lugar por un período de dos años.

Actualmente, dentro de los requisitos se exige que sea una pareja donde ambos sean profesores, y que si tienen hijos, éstos se encuentren cursando entre primero a octavo básico.

La última pareja en vivir esta experiencia fue José Luis Carillán y María Cristina Hernández, quienes volvieron al continente en diciembre pasado, tras vivir tres años en esta zona extrema, un tiempo inaudito, ya que tanto el personal de la Fach como los profesores están por sólo dos años en aquél lugar.

“Tengo entendido que el año pasado no hubo postulación, algo pasó y la Fuerza Aérea nos solicitó a través del ministerio que nos quedáramos un año más”, explica el docente de 40 años.

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El 2013, este matrimonio proveniente de Chillán se trasladó junto a sus dos hijos, que actualmente tienen 12 y 9 años, a este congelado territorio de unos 70 habitantes.

Una de las principales motivaciones para tomar esta decisión fue el tema monetario. Según Carillán, el sueldo de un profesor en la Antártica es de un 520% más que el de uno en el continente.

Pero el estar con la familia prácticamente las 24 horas del día es también un determinante. “Si uno va para allá sólo por un tema económico te doy firmado que nadie aguanta tres meses”, asegura el profesor.

“Uno acá en el continente a los hijos los ve en las tardes, o algunos papás ni siquiera los alcanzan a ver. Nosotros allá nos levantábamos a la misma hora, podíamos almorzar y tomar once juntos, y nosotros como profesores podíamos estar con los niños en el colegio también”, señala.

VIVIR EN VILLA LAS ESTRELLAS

La cotidianidad en la Antártica difiere bastante de lo que la mayoría del resto de los chilenos experimenta.

Siempre que el clima lo permita, las actividades posibles son salir a caminar, tirarse en trineo, esquiar, hacer snowboard o monos de nieve.

Asimismo, cuando la bahía se congela, se pueden observar pingüinos, ballenas, focas leopardo y elefantes marinos.

Un domo intenta dar otras alternativas de recreación con un gimnasio, una mesa de pool, juegos de Play Station, rompecabezas e implementos para hacer manualidades.

Relacionarse con los demás habitantes de la villa es también una buena forma de no caer en la blanca rutina.

“Se hacen hartas actividades entre las familias, si hay alguien de cumpleaños se invita a toda la villa. También cada 15 días nos juntábamos con otros matrimonios, para hacer cosas diferentes”, recuerda el profesor.

Villa las estrellas2 Escuela Villa las Estrellas.

Respecto a vivir con frío a cada momento del día, Carillán asegura que uno se acostumbra.”Yo iba a trabajar con pantalones de tela y nunca me puse algo más grueso abajo. En invierno son -15 grados, aunque una vez hubo -43 y con un viento de 200 kilómetros por hora. Ahí uno se queda encerradito en la casa, una o dos semanas”.

Cuenta que en esta fecha “uno tiene que subir para entrar a la casa, pero en invierno uno tiene que bajar, o prácticamente hacer un túnel a la puerta para entrar. Y el colegio se tapa completo”.

Otro tema es la luz del día, “porque en invierno hay casi una hora de luz, entonces los niños andan con sueño. Después en noviembre es lo contrario, muchas horas de luz; los niños duermen poco y hay que tapar las ventanas. Pero uno se acostumbra”, insiste.

CUIDAR LA TIERRA BLANCA

En Villa las Estrellas existe conciencia con el cuidado del entorno. Aquí la basura se separa y todo se recicla. Además de preocuparse por cuidar el agua y no ensuciar.

“Hay un tratado Antártico donde los países que están allá tienen que respetar ciertas normas de ruido, no ensuciar la Antártica, no explotarla, entonces uno tiene que asumirlo”, sostiene el chillanejo.

Dice que una de las cosas que aprendió con esta experiencia es que “uno está un par de años aquí en la Tierra y hay que cuidarla no más, porque el daño que uno puede causar es potente. En un par de meses puedes destruir una zona, entonces si no aporto con mi granito mis hijos en 50 años más no van a tener lo que nosotros hemos visto ahora”.

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ESCUELA F-50

A 50 metros de la casa de los Carillán-Hernández se encuentra la escuela Villa las Estrellas, que cuenta con dos salas donde se enseña y otra más grande que funciona como patio, ya que a los niños no se les permite salir al exterior en ningún momento.

Aquí se imparten los cursos de primero a octavo básico. María Cristina se preocupaba de los niños de primero, segundo y tercero básico, reunidos en una misma sala; y en otra, José Luis enseñaba a los de quinto y séptimo, que eran los más grandes.

“Tratábamos de que los niños aprendieran a trabajar ‘solos’, para no interrumpir al compañero de al lado que era de otro nivel. Cada uno avanzaba con el profesor al ritmo que podía. Así logramos que no se mezclaran los niveles aunque estuvieran en la misma sala”, detalla él.

Incluso, afirma que “los niños que estuvieron con nosotros los dos primeros años mantuvieron el ritmo de estudio y no bajaron su promedio; te estoy hablando de un 6,5 de promedio final, y estando en el continente en colegios considerados buenos, de elite”.

De hecho, el año pasado esta escuela alcanzó el décimo lugar en el Simce realizado a nivel nacional y el primer puesto en la región, con un puntaje de 333.

Frente a esto, Carillán alega que “nadie nos llamó, nadie se enteró de eso. Uno está agradecido del ministerio por el tema laboral, pero al momento de dar a conocer el trabajo de 60 chilenos que estuvimos haciendo patria durante dos a tres años…”

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RELEVO EN EL FIN DEL MUNDO

Cuando a esta pareja de profesores partió a la Antártica, no había tenido contacto alguno con los que cumplieron el período anterior. “No sabíamos a lo que íbamos, no sabíamos qué podía hacer falta ni nada”, recuerda Carillán.

No quisieron que lo mismo les ocurriera a Rogers Rivera y María Andrea Carrasco, los escogidos por el ministerio para vivir los próximos dos años en esta zona extrema.

El docente cuenta que “les dijimos todo a los nuevos profesores. Cómo caminar en algunas partes, las problemáticas que se generan con el hielo y mentalizarse que van a estar 24/7 con la familia, porque uno de repente tiene una rencilla en la casa y va a estar en el colegio juntos de nuevo”.

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Rogers y María Andrea emprenderán viaje a Punta Arenas el 12 de febrero para llegar a la Antártica el 16 del mismo mes.

La pareja, también de Chillán, tuvo la oportunidad de viajar a fines de noviembre pasado a Villa las Estrellas para conocer su nuevo hogar.

El profesor de 45 años cuenta que lo primero que pensó es “dónde me vine a meter”. Pero afirma que “el lugar era maravilloso, espectacular, y la gente simpática; todo súper bien”.

La familia que ahora vivirá esta experiencia la completan dos hijos, Isidora de 7 años y Vicente de 14.

“Cuando nosotros empezamos el proceso de postulaciones, en Abril del año pasado, Vicente no quería nada. El sabe que la escuela es hasta octavo y él pasó a primero medio ahora. Entonces nos decía que qué iba a hacer él, que se iba a aburrir, que iba a ser el más grande. Cuando empezamos a pasar etapas nos decía, ustedes son los únicos locos que están postulando”, relata Rivera.

Pero después Vicente comenzó a buscar información en Internet y a preguntarle a sus padres cómo era la vida allá. “Ahora lo único que quiere es subirse al avión y partir”, dice el padre.

Por otro lado, Isidora está impaciente y nerviosa. “Le preocupa qué va a pasar cuando haya ventiscas; nosotros le decimos que no sabemos pero que vamos a estar los cuatro juntos para enfrentarlas”, dice Rivera, quien está igual o más nervioso que su hija.

Lo interesante es que esta pareja lleva haciendo clases desde hace nueve años en San Pedro de Atacama, en el norte de Chile, por lo que el cambio del extremo norte al extremo sur es una de las cosas que tendrán que enfrentar como familia.

“Nosotros, que somos de Chillán, irnos de aquí al norte fue un cambio grande y fuerte. Ahora imagínate, ir de un desierto café a un desierto blanco; es un cambio extremo”, admite el profesor.

Rogers

Respecto a la vida familiar que ahora tendrán que llevar, piensa que “ahora sí que vamos a estar juntos, porque no hay mucho que hacer allá, entonces vamos a tener que ingeniárnosla para ver cómo entretenemos a los niños y a nosotros, sin los famosos mall y todas esas cosas”.

Pero no sólo tendrán que convivir ellos cuatro, sino que también lo harán con las pocas familias que allá encontrarán. Pero Rogers está tranquilo: “se supone que todos pasamos por los mismo filtros, entonces yo creo que algo tenemos que nos eligieron para estar allá, me imagino que está hecho para que todo resulte bien”.

“Son cinco familias y nos vamos a estar viendo siempre; es la gente con la que uno va a tener contacto, si no hay más, los pingüinos y las focas no hablan, entonces hay que tratar de llevarse bien con la gente que está allá. Además, si tienes un problema con una cañería, una luz, si no sabes arreglarlo tú esa gente es la que te lo va a arreglar”, agrega.

Dentro de los varios consejos que les entregó la pareja que les pasa la posta, el docente destaca “hacer un buen trabajo, porque los niños a los que les vamos a hacer clases son niños que venían de Santiago de colegios de elite, entonces se supone que el nivel que ellos tienen de educación tiene que mantenerse allá”.