nat

Natalia Valdebenito ha sido la más valiente sobre el escenario de la Quinta desde hace muchos pero muchos años. Para qué decir de esta versión del Festival.

Ya con tres noches, es seguro que nadie superará la vara que dejó, porque su humor fue distinto. Y no distinto porque se burló de los políticos –como muchos vienen haciendo hace un par de años–, no. Distinto, porque su rutina abiertamente feminista probablemente despabiló a millones de personas.

Arriba de un escenario por antonomasia machista, reservado para hombres que hacen humor para hombres, Natalia tuvo el descaro fino y necesario de burlarse de los machitos que no entienden el feminismo. Si reírse de Dávalos, Hasbún o Jadue aseguraba las carcajadas por más fome que fuera el chiste, pararse ante el público de la Quinta y decir, muy seriamente, “soy feminista”, era un riesgo que no estamos acostumbrados a presenciar en Viña del Mar.

Con esa declaración de principios, sacó aplausos –no generalizados por supuesto– y algunas pifias también, pero no frenó la moto. Fue una apuesta ruda que pudo haber significado el despertar de ese monstruo machista que tantas veces se ha reído a carcajadas en Viña.

La de Valdebenito, por lejos, fue la actuación más política de todas. Paradójicamente, hablando mucho menos de los dueños del país que sus colegas de noches anteriores.

Porque es muy político hablar desde la mujer. Si nos fijamos bien, ¿en qué otro espacio se ha dado algo por estilo? ¿En espacios con cierta masividad? Ninguno. Porque no es fácil ser mujer y hablar de ello en Chile, menos en el humor.

El hombre que llevamos dentro quiere seguir riéndose de las tetas y los potos y las suegras y las minas complicadas. Y no es raro. Simplemente queremos seguir riéndonos como nos han hecho reír hasta ahora en un festival que hace años no tenía a una mina arriba del escenario.

Y no es verdad “que no hay minas”, “que no son tan buenas”, porque no es así.

Se trata simplemente de falta de visión, de un acostumbramiento patológico a una forma de hacer reír. Y no está mal, ha habido grandes humoristas sobre la Quinta. Caroe y González nos hicieron reír, sí, pero ninguno de ellos recibió una ovación como Valdebenito. Y es porque, a pesar de lo refrescante que puede ser el humor político para Viña –y para Chile, claro–, seguimos expuestos al relato humorístico desde el discurso de los hombres. Y no es que sean todos iguales, por cierto, pero chucha que son parecidos.

Esa pauta ya la conocemos casi de memoria y cada vez resulta menos chistosa. ¿Hace cuánto no recuerda una ovación como la de anoche? Saque la cuenta, probablemente fue el Coco Legrand o Kramer, qué se yo, dos agujas en un pajar lleno de humoristas.

Lo de ayer fue distinto. Durante buena parte de su rutina nos reímos de los hombres. Una cuestión que para algunas pueda ser una práctica común, pero para los hombres no lo es. ¿Un hombre riéndose de su propio género? Para ser sinceros, eso no suele pasar. Porque siempre somos los reyes de la selva, los bacanes, los chistosos; hacemos festín riéndonos de otros, pero no de nosotros mismos, menos si el motivo de la carcajada es nuestro tan sagrado género.

Y da gusto. Da gusto ver como ese monstruo otrora machista y xenófobo, que pifió a Jorge González cuando pidió mar para Bolivia, aplaudió la rutina más radical del Festival. Porque la única manera de ir avanzando hacia una ciudadanía más comprensiva, como la que se vio ayer en la Quinta Vergara, es con el diálogo. Estuvimos años con una mitad de la mirada y no nos dimos cuenta. Valdebenito comprobó que necesitamos ambas, y que incluso, la más refrescante es la de las mujeres. ¡Eso nos hace falta! Por eso su arrollador triunfo no es casualidad.

No se echó al bolsillo al público porque encarara a Lagos y a Piñera –los aplausos de esa parte no fueron generalizados– o porque se riera de Lucía Hiriart. Tampoco porque trapeara con Ena Von Baer. Se echó a Viña al bolsillo porque su rutina fue refrescante y atrevida, porque fue radical y sincera. Porque habló desde las mujeres y sus problemáticas, sacándonos de la cabeza a las “princesas” o las mujeres objeto. Punzante y directa, partió diciendo que buena parte de su vida fue una “putaza”. Corta. Chao con los estereotipos, con la corrección política. Habló una mina, una mina de carne y hueso.

Y no temió mojarse el potito de verdad. No es mentira eso que dijo al final. “Yo no vine para que me quisieran”. Si hubiera sido así, no hubiera dicho que era feminista ni se hubiera burlado de los giles que no entienden del concepto. Eso no es popular. El feminismo no despierta consensos, como sí el repudio a la clase política. Sólo su talento logró que fuera tremendamente chistoso y revelador.

Valdebenito, después de sacudir a Chile con su desparpajo y sinceridad, se mereció más premios. Mereció que le inventaran una Gaviota. Porque revitalizó el género en la Quinta. Y duela a quien le duela, sus Gaviotas no pesan lo mismo que las de Caroe y González, porque su humor fue diez veces más punzante y removedor.