manzana podrida

Longueira, Novoa, Ominami, Moreira, Peñailillo, Martelli, esto más Karadima, las platas negras del Ejército, Martín Larraín, Dávalos, Compagnon, el sindico Chadwick, la colusión de los pollos, las farmacias, el papel higiénico, los supermercados… Ante esta retahíla de nombres y siglas, la reacción de la redes sociales vuelve a ser siempre la misma mezcla de asombro, hastío, e indignación moral. “Ladrones, estafadores, no se puede uno ni lavar el traste, etc…” Ante cada paso, volvemos a la política de la manzana podrida, a la idea de que cada uno de esos pecadores, de esos violadores, de esos abusadores son sólo errores del sistema, hombres que perdieron el norte. Pecadores y abusadores que rompieron las reglas del juego. No importa que quienes violen las reglas sean todos o casi todos los jugadores, a nadie se le ocurre que quizás las reglas sean otras que las que salen en el manual.

Es quizás lo que explica que a pesar de la recurrencia repetitiva de los escándalos, no nos cansemos de ellos. No nos ponemos nunca a pensar qué liga un caso con otro, ni qué separa un caso de otro, sino que simplemente los vemos como capítulos de una telenovela que agrega y quita actores cuando va perdiendo interés. Así la corrupción transversal de nuestra elite nos hace sentir a cada uno, por contraste, más limpio, más ético, más inmaculado cada día. La corrupción, como la ceniza, nos limpia. Mientras seguimos contando las manzanas podridas, esperamos una manzana pura y limpia que podría regenerar a las demás. No se nos ocurre que el problema lo tenga el árbol. O que lo tengamos quizás nosotros, hasta hace tan poco aficionados a esas mismas manzanas que hoy nos resultan amargas.

Que políticos tan distintos como la presidenta actual, el anterior, y casi todos los candidatos que contra ellos compitieron en las últimas elecciones, estén involucrados en casos de boletas raras, y financiamiento fuera de plazo, prueba que esto no es el problema de una o dos manzanas podridas sino de un árbol entero que nunca pretendió dar otros frutos que éstos.

En la política chilena de los últimos 25 años, la decencia se ha limitado en el esfuerzo de no saber cómo otros pedían a parientes y amigos de Pinochet, dinero por tí. No saber se ha convertido en sinómimo de no pecar. Pero quienes han vivido en regímenes totalitarios saben que no saber es también un esfuerzo, es también un trabajo, es también un crimen. Los alemanes del este no rompieron el muro porque el Estado les pidió esa semana espiar más a sus vecinos, sino cuando estuvieron seguros que espiar a sus vecinos ya no los traería a ninguna suerte de paraíso. Más que un movimiento de repulsa moral contra un sistema que los oprimía, romper el muro fue su forma de rendirse al otro bando que ofrecía más que los sueldos más o menos seguros que les entregaba la RDA a cambio de su silencio. Los años posteriores convirtieron este crimen habitual en un problema moral individual, cuando eran más bien parte de un pacto social que se rompió de pronto. Después de la sorpresa, el escándalo, la ira; vino el olvido. Los comunistas volvieron a ganar elecciones.

Las sociedades totalitarias, y quizás convendría ver al neoliberalismo como el último de los sistemas totalitarios del siglo XX, sólo ofrece dos escapatorias: la huida hacia alguna balsa o el encierro en la ermita de la propia casa. La mayoría, la inmensa mayoría de los chilenos, no eligió ninguna de las dos. Yo ya era un adulto más o menos responsable cuando casi gana las elecciones Joaquín Lavín Infante. No recuerdo a ningún sabueso periodista preguntándole por el derroche insolente de recursos de su campaña. Y no lo hacían no por miedo, sino porque les resultaba innecesario aclarar que la UDI popular era un partido de empresarios. En la campaña los Carlos (sobre todo Carlos Alberto Délano), tampoco disimulaban su lugar de privilegio entre los samurai de Lavín. A todos les parecía lógico que la derecha económica financiara la política. Lo que resultaba en esa época escandaloso es que la izquierda usara el Estado (MOP-Gate) para conseguir al menos algo parecido a una simetría de recursos. Cosa que a la postre resulta un simple equilibrio de poderes.

No votaron por Lavín -esa especie de esponja humana de ideas falsas y fanatismo sonriente- sólo millonarios corruptos, sino millones de chilenos a los que el lenguaje del emprendimiento, el del Estado como un ente de caridad les pareció más atractivo que la estatura presidencial de Lagos. La sombra de Lavín, o de los millones que lo prefirieron, determinó el gobierno de Lagos. La absurda ley de financiamiento de la política que pactó con Longuiera nace de ese chantaje electoral, los millones de chilenos que votaron por un señor que se sacaba polaroids con ellos y prometía más universidades de colores, bombardeos a las nubes para que llueva y más y más privatizaciones.

Para explicar el fenómeno, el sociólogo Eugenio Tironi puso como ejemplo al personaje de un comercial de la Telefónica, un tal Faúndez y sus muchas empresas sin más oficina y secretaria que su teléfono celular ¿Pero qué era Faúndez sino un pícaro que ofrecía, evidentemente, servicios con los que no podía cumplir? No todos fuimos Faúndez, aunque el país entero, eso fue al menos lo que vendió en uno y otro gobierno elegido por la mayoría de los chilenos, se presentó a sí mismo como eso. Plataforma de inversión, ágil y abierta al mundo, dispuesto a vender lo que no tiene y a comprar lo que no sabe qué es, agresivo en los mercados, ligero cuando se trata de leyes sociales, un país donde es fácil hacer negocio porque todos se conocen desde siempre y para siempre.

Eso que en la elite se llama colusión, se llama cohecho, se llama también endogamia y mediocridad. ¿Pero cómo se llama esto mismo, cuando se trata de la niña del furgón, el vendedor de parkas escolares, el dueño de restaurante con sus inmigrantes sin papeles en la cocina? Hay que sobrevivir, dirá el que gana 600 mil pesos mensuales y tiene que sacar adelante al niño que quiere estudiar cómics, o teatro o derecho en universidades que cobran el doble de lo que tiene. Los directores, decanos, rectores, dueños de las universidades donde pierde el dinero que no tiene dicen lo mismo. Lo mismo el mozo y el dueño y los proveedores, todos con la soga al cuello tratando de pagar las deudas. Y puta huevón una gauchada, huevón un pitituto, puta inventar una boleta, una pega a fin de mes, nada demasiado ilegal, nada demasiado moral tampoco. ¿Pero cómo lo haces sino?

Chile es una gran máquina de incompetencia compensada. Un país donde no sólo se premia el talento sino que se desconoce la sola idea de su existencia. Es un país donde puedes ganar mal, a cambio de trabajar peor para alguien que no puede distinguir el trabajo bien hecho del mal hecho. Una rueda vertiginosa que nos permite olvidar que lo que hace inmoral al capitalismo, o al menos la versión neoliberal de éste, no es su facultad para crear monstruos (el socialismo los crea más perfectos), sino la banalidad con que premia la avaricia, la vanidad, la frivolidad y hasta incluso la torpeza, todos los días y a toda hora en todos los barrios. No sólo los altos. Una de sus perversidades más perfecta es su capacidad de convertir el simple hecho de preocuparse por el otro, de perder el tiempo con desconocidos, de sentir cercanía por lo lejano, en un acto espectacular y raro que hay que convertir en show de 27 horas de amor. La perversidad del sistema consiste en convertir la ética no en una decisión de conciencia, sino en un teatro en que descansamos de nuestras propias mediocres perversidades particulares, convirtiéndonos en espectadores queriendo ver más actores morir, sudar.