Bachelet Progresismo A1

La sociedad chilena viene hace meses asistiendo a una fuerte contraofensiva conservadora al interior del gobierno, orientada a cerrar el ciclo político de apertura democrática impulsado por las movilizaciones sociales en los últimos 10 años, la crisis de representación del sistema político y su profundización derivada de los casos de corrupción.

El debilitamiento del capital político de Bachelet y de su círculo cercano –G90- a raíz de Caval y SQM, terminaron por reducir en su mínima expresión las posibilidades del sector progresista de influir en la tramitación legislativa de proyectos de reforma, e incluso sostenerlos en su diseño original. Por otra parte, el cambio de gabinete -orientado a disminuir el “fuego amigo” desde la DC- solo vino a consolidar la franca hegemonía de los sectores conservadores al interior de la Nueva Mayoría, que a la postre ha significado el debilitamiento de la autoridad presidencial. Todo lo anterior coronado por la desfachatada proclamación transversal del cuasi octogenario Ricardo Lagos como candidato presidencial para la continuidad del proyecto neoliberal concertacionista y el entierro de toda opción de primarias para MEO, candidato “tapado” del progresismo neomayorista, quien no ha dado –y a estas alturas ya no dio- explicaciones en torno a su situación de investigado por el caso SQM.

La derrota de la izquierda de la Nueva Mayoría en el plano político y la debacle de la opción progresista “paralela” al conglomerado, ha sido procesada de distintas maneras, de forma tal que en el caso del PC ha terminado por ratificar la profundización del giro gradualista, en la IC y el MAS generado una evaluación de su continuidad en la NM, y ha paralizado al PRO, situación que ha deteriorado sus alianzas con el PH y Ecologistas ad portas de la potencial formalización de su candidato.

La decisión preliminar del PC de apostar por un nuevo periodo de gobierno significará mantener la línea de introducir ciertos debates en la agenda pública, asumiendo no tener la fuerza para sostenerlos ni menos para dotar de viabilidad legislativa a los mismos; y ante la debacle del ala progresista, aferrarse a la proyección de un segundo gobierno de la Nueva Mayoría y consolidar sus avances en el plano orgánico y político-institucional, transformándose eventualmente en los nuevos “autocomplacientes” del conglomerado neo mayorista. En cuanto al MAS y la IC, si bien han sostenido un discurso “autoflagelante” terminarán probablemente arrastrados a la misma definición, de no mediar la voluntad política de sus militantes de abandonar las prebendas de la participación en los órganos públicos en función de un camino distinto.

Todo indica que el trazado táctico de la izquierda de la Nueva Mayoría, no constituye una opción coyuntural, lo que significa que no formarán parte -ni menos encabezarán-ningún proceso de articulación de una alternativa política de izquierda por fuera de las posibilidades ciertas de ser gobierno que ofrece el pacto con el PS, PPD y la DC. En este contexto, valgan dos observaciones. El esfuerzo por sostener la existencia de la Nueva Mayoría implicará importantes concesiones programáticas al ala conservadora, pues no se ve de qué manera en esta segunda pasada puedan negociar puntos relevantes, ya que su mejor opción para ello fue con Bachelet como candidata y ya sabemos cómo ello está terminando. La segunda, es que el hecho de mantenerse en la NM constituye una renuncia a la posibilidad subjetiva de alterar la correlación de fuerzas ya que sus opciones de avance institucional se encuentran limitadas por el cuoteo electoral con los tres partidos mayoritarios –que no les dejarán crecer- y los parámetros de conducta cívica que los mantendrán “en capilla” desde un inicio en el evento de un segundo gobierno.

La situación anterior no constituye un arbitrario juicio de valor, sino la constatación de condiciones históricas que la hacen posible. El giro iniciado el 2008 con el pacto por omisión del PC con la Concertación fue una opción táctica fundada en una situación de estancamiento del movimiento social, el desarrollo aún embrionario de otras fuerzas de izquierda y las posibilidades de avanzar y acumular, a pesar de todo ello, en el plano institucional. El 2011 fue un accidente en un camino que ya estaban transitando, y que lejos de implicar un replanteamiento para encabezar una expresión política de ruptura por fuera de los dos bloques políticos hegemónicos, significó no sólo la consolidación de dicha táctica sino la cristalización de la definición táctica de mayor envergadura, como fue la incorporación a la NM buscando conquistar espacios cada vez mayores y arrinconar a los sectores conservadores.

Nada de ello ocurrió, y no es algo que nos alegre, ni siquiera el consuelo de lo acertado que fue tal análisis en su momento. La lucidez de un diagnóstico sobre un problema no sirve si no existe la capacidad y voluntad de solucionarlo.

Creemos que el 2011 hizo posible la consolidación y el surgimiento de proyectos políticos de Nueva Izquierda, que aun siendo muy diversos entre sí, han contribuido a ampliar los márgenes de despliegues y apuestas para el conjunto de la izquierda, la que ha avanzado no solo en densidad social y capacidad orgánicas sino culturalmente, en la medida que sus ideas van transformando el sentido común de la sociedad chilena. Si bien los derroteros históricos de la izquierda neomayorista y del progresismo han sido muy distinto a los de las expresiones políticas de Nueva Izquierda, no podemos concebir que dichas apuestas sean de por sí antagónicas; debemos evitar los juicios lapidarios y reconstruir una mirada estratégica de izquierda que haga posible tender los puentes hacia el futuro, aceptar las diferencias y desarrollar canales que permitan, sin mezquindades, sostener dicha mirada de largo plazo.

Sin dudas la alteración de la correlación de fuerzas en la realidad política nacional solo será posible desde un impulso exterior a los conglomerados existentes; sin embargo, tampoco existen dudas que la construcción de una alternativa de gobierno de izquierdas necesita de las fuerzas que han ganado en aprendizaje político-institucional, en la medida que estas sobrevivan a la autocomplaciencia o a la cooptación ideológica que supone la hegemonía neoliberal del conglomerado.

Lo anterior involucra la difícil tarea de procesar correctamente las tensiones, pero asimismo que la izquierda de la Nueva Mayoría y el progresismo “no confundan al enemigo” y comprendan como válido el hecho que las fuerzas de la Nueva Izquierda tomen la iniciativa de construir la necesaria tercera fuerza que contribuya a generar las condiciones para el desarrollo de una alternativa social y de gobierno de izquierdas para nuestro país. La tarea de desmontar el modelo neoliberal y generar las bases para la transición hacia una sociedad socialista, feminista y libertaria, es una tarea histórica, y en esta tarea no sobra nadie.