Disperso-y-soporifero

Soporífero torció la mandíbula, que era un tics que caracterizaba su cambio de ánimo. Miró a su interlocutor, el Disperso, y su ilusión se desgarró como una paloma enferma que al no poder emprender el vuelo es despedazada por el neumático de un camión frutero. Escena que ha visto en el Mercado Cardonal. Fue, entonces, que vio la representación imaginaria de una utopía campechana. Digamos que vio al otro, vio el testarudo desatino del candor obseso instalado en el rostro de su sobrino regalón. No necesitaba ver más. Recordó las ganas de volver al reino del sur, que así lo llamaban aludiendo a las sagas heroicas. Le gustaba ir al mercado porque le recordaba los productos de la zona, aunque echaba de menos el olor ahumado de los alimentos secos típicos, ya sean los mariscos, el luche o el almud de papas. Cada cierto tiempo ellos debían reproducir esos aromas en el patio de su casa. La dispersión está subvalorada en nuestro ambiente porque se asocia a falta de concentración y de especificidad. Pero sí existe el orden disperso, es una táctica guerrera que parece que inventaron los prusianos y que anticipa la guerra de guerrillas. Es decir, un modo de acción que implica acceder a un objetivo utilizando distintas rutas y con grupos pequeños. Eso se puede homologar a lo personal, pensando en que puede haber distintos caminos y variadas modalidades de acción para la consumación de un objetivo.

Disperso propuso a Soporífero cocinar una patita de cordero que encontró en una carnicería del plan para recibir a Juanito que venía del sur. La idea era conversar de la posibilidad de volver a la isla porque la vida parecía más llevadera. Ese mismo día llegó Juanito y habló de que estaba aburrido en la isla porque las fiestas costumbristas y las nuevas tendencias culturales, y en general las nuevas costumbres lo habían invadido todo, incluidos los malls y la cocaína. Eso los bajoneó. Además, esa tarde, antes de juntarse en la casa se topó con varias palomas aplastadas por vehículos, probablemente taxis. En esos días había leído que entre Playa Ancha, cerro Barón y cerro Placeres aparecieron unas gaviotas agresivas que atacaban a la gente o les arrebataban los sánguches. Su modo de ocupar el territorio era como de apropiación colonial. En los techos de la Universidad de Playa Ancha el Soporífero había visto cómo se criaban los pichones de gaviotas. Todo esto le recordó la película Los Pájaros de Hitchcock e imaginó el puerto entero atacado por esta nueva especie de pájaros marinos, producto de una modernidad que, en el contexto de un borde costero demasiado humanizado, tuvo por efecto una sobrealimentación que mal acostumbró a una especie que no tuvo que esmerarse en sobrevivir –se supone que por culpa de la faena pesquera y otras aledañas–, lo que habría tenido como consecuencia una nueva especie con las características de agresividad antes mencionadas, centrada, sobre todo, en la apropiación territorial.

Le consultó a Juanito si allá las gaviotas y otros pájaros marinos tenían el mismo comportamiento. Respondió que para él siempre las gaviotas han sido agresivas, igual que los queltehues que allá llaman treiles. Para él todos los animales marinos que comparten con nosotros el borde costero están teniendo una conducta belicosa con la gente, como ya se habría verificado en el caso de los lobos marinos. Juanito agregó que también los animales domésticos estaban pasando por un proceso de cambio conductual que los ponía muy agresivos y culpó a la alimentación del hecho. Nombró a los perros, a los gatos y a los vacunos, incluso a las ovejas. Eso él lo había visto en el campo.
Parecía una conversación delirante, y quizás lo era un poco, pero a los días Soporífero fue víctima de un vuelo rasante de una gaviota que quiso picarle la cabeza, mientras estaba en su patio fumándose un pito. Se lo contó a Disperso que llegó más tarde y opinó que lo mejor era cultivar nuestra propia yerba, porque la que nos distribuían en el cerro dejaba mucho que desear. A los pocos días Disperso tuvo su propia experiencia cuando estaba en la playa Las Torpederas paseando con una chica en la madrugada, después de un recital bolero punk de los Sudor de Ano y en el que habían tocado también los Sobaco Vaginal. En este caso se trató de una bandada de pájaros que hicieron una especie de ataque aéreo contra la pareja.

Ambos, sobrino y tío tuvieron una junta de análisis y recorrieron los temas críticos. Más tarde despedirían a Juanito que volvía a la isla cocinando un pescado a la lata. Juanito les recomendó que si volvían debían pasar por un período readaptativo o que esperaran otro momento. Soporífero entendió que había que permanecer en el puerto un tiempo más, lo que no era necesariamente malo, sino funcional.

A los pocos días, Disperso y Soporífero fueron al Mercado Cardonal a ver qué pasaba con los gatos. En esos días un puma había sido encontrado en una cocina de una casa en la precordillera santiaguina, la que nosotros conocíamos bien porque veníamos de ahí. También había unos cerdos con complejo de jabalíes que merodeaban por la zona sur de la capital, en los límites con la zona rural. Disperso y Soporífero estaban tan acostumbrados a las jaurías de perros del puerto y a sus conductas aleatorias, que no podían reparar en los gatos de los cerros, a los que creían de una domesticidad a toda prueba, pero que un simple análisis los ponía como una fauna en estado de evolución preocupante. Por lo tanto, la situación de toda la otra fauna menos visible para el ojo urbano, aunque de una presencia instalada, como la diversidad de ratas y murciélagos, era un terreno poco explorado.

La investigación en los organismos encargados de administrar dicha fauna, ya sea el aparato ministerial o municipal, se enfrentó al inconveniente de que siempre estaban superados por una burocracia que no contemplaba usuarios. Soporífero y su sobrino hicieron algunas averiguaciones, pero todo era muy engorroso, sobre todo en una ciudad o un país en que ser anónimo y autónomo se paga caro. Tendrían que haber ido a averiguar con un parlamentario o que otra repartición del Estado hiciera la consulta o a través de un concejal en el marco de una petición de una junta de vecinos, algo así. Disperso, el sobrino, lamentó que no hubiera políticas públicas para el manejo de la intimidad, o de la subjetividad, que es una palabra más aceptada por el léxico sociológico.

Habían estado un buen rato en la zona de la venta de verduras y frutas del Mercado Cardonal, viendo el comportamiento de los gatos y gatas que merodeaban por los locales o que descansaban estratégicamente en sus mesones o sobre una caja registradora. Los vieron distintos, con una mirada mucho más acechante que la tradicional. Decidieron almorzar en el mercado, donde están los restaurantes, para observar la conducta de los felinos en esa área del acontecer. Ahí se mostraban abiertamente amenazantes, ya que exigían de los clientes una porción de lo que estaban consumiendo. A uno de ellos un romano sobredimensionado, porque ahora con la comida industrial han tendido a tener más volumen corporal, le mordía fuertemente la basta del pantalón para que tirara un trozo de su reineta.

Volvieron al patio de la casa a fumar un caño y reflexionar sobre la posibilidad del sur y de la isla, las dos cosas se identificaban. Lechar vacas, criar gallinas y gansos, era un modo de vida al que había que optar nuevamente. El error había que repetirlo, porque en la reincidencia las paradojas vitales adquieren una dimensión celestial. Soporífero recordó lo naturalmente agresivos que eran los gansos y sonrió al recordar la rutina de recoger los huevos que ponían las gansas para cuando alguna decidiera echarse. No era una tarea fácil, porque atacaban. Disperso, que era de un colectivo de cocineros que privilegiaba los productos de la localidad en donde se ejerce el trabajo, pensó en los camarones de río que cazaba (no pescaba) con un junquillo al que le ponían un gusano en el extremo.

¿En qué condición estará toda esa fauna, cómo será su conducta en el actual estado calamitoso de una modernidad que insiste en proclamar impúdicamente sus procesos de autorreproducción? Pregunta Disperso. A pesar de todo, evaluando los pro y los contra, la potencialidad austral se impone por el manejo de ciertos códigos anteriores. Trazan las pautas gruesas del proceso instalativo en una croquera en que Disperso anota y dibuja recetas que rescata de conversaciones callejeras en los cerros.

Desde su patio en altura ellos sienten el revolotear de las gaviotas y ven los techos de las casas, de los edificios públicos y de los colegios convertidos en guaneras. Imaginan que las zonas costeras no urbanas no han corrido la misma suerte, una razón más a favor del plan sur. Quizás volver era la única posibilidad que les quedaba de restauración de los grandes tópicos. Prendieron fuego para cocinar y para repeler a las gaviotas que comenzaban a hacer sus vuelos rasantes. También se trata de alejar a los gatos de gran volumen que miran amenazantes desde las panderetas. La conclusión final es que la vida urbana es la que determina esta evolución de la fauna y que hay que optar por una nueva vida rural, aunque cambiándole el estatuto a esta última, porque la ruralidad moderna está muy influenciada por una urbanidad excesivamente municipalizada que sólo la contempla como complemento turístico.

Sobrino y tío comenzaron a preparar el viaje. Se instalarían en una zona de montaña, cerca de alguna fuente de agua y con un plan de manejo de animales que implicara un control alimentario que evitara su conversión monstruosa. Esa semana volvieron a sus rutinas, Soporífero releyó una vez más la novela Bouvar et Pécuchet y Disperso se sumergió entre la cocina, la música y la poesía performática, pensando, sobre todo, en cerrar procesos que posibilitaran la apertura de ese otro proceso, el de la posibilidad del sur.

Paralelamente en la ciudad han comenzado a ver con preocupación piquetes de trabajadores municipales que tratan de neutralizar el radio de acción agresiva de las gaviotas, además de las labores de limpieza de los edificios públicos que empiezan a ser victimados por una gruesa capa de guano. Utilizan bombas de ruido y la eliminación dosificada y progresiva de especímenes.

Disperso se hacía acompañar de unas gordas rockeras que formaban parte de su colectivo performático. Soporífero estaba invitado a un evento organizado por el colectivo en un tugurio portuario cuyo nombre es de difícil recordación. Ahí ellos representaban una parodia pastichera que aludía a la invasión de las gaviotas más allá del borde costero y la especulación político administrativa que ello implicaba. Las gatas y gatos aparecían en un segundo orden, algo más alejados del borde costero, pero también la performance los ponía como fauna peligrosa, información que ellos adelantaban porque venía en un documento del Departamento de Salud Municipal, basado en un estudio de una universidad local.

Soporífero pasaría a buscar a su sobrino a casa de una de las gordas para empezar a hacer las maletas respectivas. Lo encontró en un enjambre carnívoro en que las gordas parecían tenerlo prisionero, porque la cama en que yacían ni siquiera era de plaza y media, y los tres, Disperso al medio, la ocupaban en una disposición horizontal dudosa por los relieves que producían algunas extremidades no identificables.

Había amanecido nublado y eso se hizo irremediable por varios días, hasta que ambos habrían tomado el bus respectivo hacia aquel territorio insular en donde se localizaba la utopía familiar. La idea preliminar era indagar si la ruralidad era posible de sostener como posibilidad en este nuevo orden descomposicional de un mundo con síntomas catastróficos. Soporífero debía emitir un informe al respecto a la logia respectiva.