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“Los días previos a la premiación estuvieron muy movidos. Teníamos una agenda llena de tours por los grandes estudios de animación, lo que fue alucinante. Todos somos cien por ciento fans y no podíamos creerlo. Lo más bacán fue sopesar en vivo y en directo lo que es esa industria, porque ahí la palabra industria genera un sentido absoluto. Realmente son unos gigantes. O sea, cientos de personas trabajando en los proyectos y en lugares enormes, algunos con una calidad de vida espectacular. En Dreamworks, por ejemplo, tienen una guardería para los niños que no van al colegio y los almuerzos son gratis para toda la gente que trabaja ahí, con casinos con una variedad de comida… con decir que tenían hasta parrilla. Había piletas por todas partes, unas incluso con peces koi. El ambiente promovía mucho la creatividad. Es trabajo, sí. Con horarios brígidos a veces, sí. Pero todo lo demás te lo hacían súper amistoso. Y tuvimos la suerte, al menos yo, de conocer los estudios de Sony donde se han grabado las bandas sonoras más icónicas, desde Indiana Jones a La Guerra de las Galaxias. No te imaginas lo que es pisar el mismo lugar donde fueron ejecutadas esas notas. Impresionante.

Los días fueron muy extenuantes. No conocimos nada de Los Ángeles, estábamos todo el día visitando estudios. De hecho, llegamos cansados a la ceremonia de premiación. Gabriel y Pato tuvieron que dar muchas entrevistas, así que dormían bastante poco. Aún así fue increíble. El hecho de estar ahí te da la energía también.

Antes de la premiación, se armó una protesta de evangélicos con pancartas que decían que nos iríamos al infierno. Yo lo encontraba medio extraño porque no veía la relación del cine con el infierno y Dios. Pero lo que más me llamó la atención fue la seguridad. Había francotiradores en las azoteas y mucho contingente policial, con espejos para revisar debajo de los autos. A nosotros nos abrieron las ventanas y el chofer tuvo que abrir la maleta. Y bueno, la ceremonia estuvo muy marcada por el boicot que se había hecho por las personas de color. A ratos era como incómodo. Como que le sacaban partido a lo que fue la protesta y no sé… En una dosis menor habría sido divertido, pero le dieron ene jugo.

Prepararse para la ceremonia es otro cuento. Hay todo un protocolo, partiendo por la vestimenta. Yo me tuve que conseguir auspicio con García Madrid y me vistieron súper bien. Me hicieron la chaqueta a la medida, una camisa increíble, lo mismo los pantalones. Hasta el cinturón y la humita me dieron. Los zapatos nuevísimos. Eso también te da la tranquilidad de que vas a estar acorde a la situación, porque desteñir en ese momento podía ser bastante incómodo.

La ceremonia es bastante larga, dura como cuatro horas, o por ahí, ya ni me acuerdo con la adrenalina. A eso súmale que te piden llegar a las tres y media para poder dar entrevistas. Por eso te recomiendan llevar snack, porque allá no te lo dan. Nosotros llevamos nuestras barritas de cereales en los bolsillos de los ternos y así no nos morimos de hambre. Y cuando había comerciales, uno podía salir al lobby y sacar unas bolsitas con frutos secos, galletitas y cositas. A mí me tocó ver la premiación como en el cuarto piso, cerca de la estratósfera, junto a los equipos de Mad Max. En el equipo, obviamente, estábamos muy nerviosos. Tratábamos de mandarnos mensajes, pero justo se nos acabó el internet y no teníamos señal. Quedamos totalmente aislados en ese momento. Este año cambiaron un poco el orden de los premios y nos tocó en la mitad de la ceremonia. Entonces, la espera se tradujo en comernos las uñas.

Y de ahí, nada. Tengo flashazos. ¡Más encima una animación dando nuestro premio! Chuta, pensé que iba a salir alguien en el micrófono, ¡y estaban los Minions hablando en su idioma inentendible! Y cuando nos nombraron, fue gritar como locos. Chao con el protocolo, nos paramos de los asientos, todo el mundo nos miraba. Yo quedé en shock, en las nubes. De ahí en adelante no me preguntes qué pasó, no tengo idea. Fue un momento en que no entiendes nada en cierto sentido, estás fuera de tu persona, como que estás demasiado disociado de lo que está sucediendo.

Luego vino la celebración. Imagínate, estábamos eufóricos, arriba de la pelota, con muchas ganas de festejar. En la fiesta (que ofreció Vanity Fair) nos topamos con mucha gente famosa. Y fue divertido, porque te los pillabas en una situación súper relajada. Era casi como estar festejando en una casa. No era incómodo ver a esas estrellas que te encantan. Todos estaban ahí celebrando y celebrándonos a todos los ganadores de los Oscar. Todos con muy buena onda, y en un lugar muy rico en cuanto a que podías conversar. No conversaciones profundas, sino de carrete. Por ejemplo, hablamos con el colorín de Modern Family, con Pinkman de Breaking Bad, con Walter White y Sissy Spacek, a quien le dije “un honor conocerte”. O sea, él se pasó. Decía “no, muchas gracias, qué amable”. Estaba Justin Timberlake, que nos hizo el favor de sacarnos una foto con nuestro teléfono. Estaba Lady Gaga y Elton John, también. A algunos los veíamos y no conversabas con ellos, pero con otros sí. Nadie dio jugo de nuestro equipo. Y tampoco la gente que uno veía en el carrete. Podías tomar lo que quisieras, en la cantidad que quisieras, pero nadie se curó porque son situaciones bastante protocolares. Tal vez es un jugo súper sobrio y bajo perfil, quizás vi a una persona saliendo de la alfombra roja medio tambaleando, pero nada. Lo que fue muy sorprendente y digno, lo comentamos como “oh, la cagó”.

Encontré súper divertido y bacán que la gente fuera a Plaza Italia a festejar al Oso. Muchos dicen que todo el mundo se sube al carro, pero en realidad el premio es de todos. Ponerse a alegar es como cuando gana Tomás González y algunos creen que solo los gimnastas pueden festejar. Obviamente, uno se siente feliz si tu país saca un triunfo internacional en lo que sea. Lo que no entiendo mucho es a los fachos celebrando. Pero tampoco hay mucho pie para análisis de nada. Las palabras sobran. Claramente hay una contradicción gigante, pero el resto es empezar a tirar mierda. Mi política es no desgastarse con esas hueás.

Estos días después del Oscar han sido como estar en las nubes. Con el resto del equipo estamos jubilosos, en llamas. Siempre tuvimos incertidumbre sobre ganar, porque todos los competidores eran súper poderosos y merecedores del premio. Pero en mi interior siempre tuve fe. Y siempre les decía a los cabros cuando había momentos de vacas flacas: este corto será un ganador. Y no me equivoqué”.