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La banda británica Iron Maiden actuará hoy por octava vez en Chile, en lo que constituye la expresión de un romance entre la “Doncella de Hierro” y sus fans australes que nació en 1992, cuando la Iglesia católica frustró el que habría sido su primer recital.

Ese veto y otros contratiempos, que incluyen al dictador Augusto Pinochet e incluso las relaciones diplomáticas, frenaron circunstancialmente la llegada de la banda europea a Chile, pero paradójicamente agigantaron su proyección, hasta convertirse en la principal referencia musical del heavy metal en este país.

Habían pasado 30 meses desde el fin de la dictadura militar (1973-1990) cuando Iron Maiden incluyó a Chile dentro de la gira promocional del disco “Fear of the dark” de 1992.

Pero unas semanas antes que la banda liderada por Bruce Dickinson se presentara en el país, la Iglesia católica la tildó como una agrupación de inspiración satánica.

“Grupo satánico viene a Chile”, tituló un diario local ante la posible primera presentación de los autores de “The number of the beast”.

“Satanás, el demonio, es una realidad, y el demonio ocupa muchas cosas para entrar, entre ellas, estos grupos musicales”, declaró en un canal de televisión unas semanas antes del recital el entonces obispo de Valparaíso, Javier Prado.

Lo que comenzó como un debate de valores finalizó en el Palacio de La Moneda, sede del Ejecutivo, cuando el subsecretario de Interior de la época, el democristiano Belisario Velasco, se hizo eco de la polémica acerca de las letras de las canciones de Iron Maiden.

Hasta el día de hoy, Velasco reconoce que jamás ha escuchado un solo tema de la banda y asegura que no tuvo nada que ver con su frustrada visita.

El concierto, que estaba programado para el 23 de julio, nunca se celebró. El organizador del evento fue informado a última hora de que la estación Mapocho, un antiguo andén ferroviario transformado en centro cultural que iba a servir de escenario para los rockeros, fue alquilada para un evento… que nunca se realizó.

Los fanáticos chilenos tuvieron que esperar hasta 1996 para disfrutar por primera vez de Iron Maiden, aunque aquella presentación se consideró un tanto incompleta, debido a la ausencia del vocalista Bruce Dickinson.

Con el transcurrir de los años, la banda británica ha ido sumando recitales en Chile (el de esta noche será el octavo), no sin cosechar alguna que otra desilusión.

En 1998, la detención de Augusto Pinochet en Londres por orden del juez español Baltasar Garzón también afectó a los planes del grupo.

El arresto del dictador chileno, acusado de genocidio, terrorismo, torturas y desaparición forzada, abrió la puerta a una nueva era del derecho penal internacional, pero se la cerró a los los pioneros del heavy metal.

Ese año, Iron Maiden tenía previsto cerrar el festival Monsters of Rock, pero las tensiones diplomáticas entre Chile y el Reino Unido, provocaron que la Embajada británica sugiriera que se suspendiera el recital por razones de seguridad.

Todo estos contratiempos han ayudado para que los músicos que recorren el mundo a bordo de su propio avión, pilotado por Dickinson, forjaran una especial conexión con Chile.

“Chile siempre nos da mucho amor, pero es un poco atemorizante”, declaró el vocalista en 2011, durante la gira promocional del disco “The Final Frontier”, que concluyó con la grabación de un DVD en el Estadio Nacional, escenario de grandes gestas deportivas pero que también funcionó como centro de detención durante la dictadura.

Iron Maiden suma varios reconocimientos en Chile. Fue la primera banda de heavy metal que tocó en el Estadio Nacional y también el grupo musical que más público ha reunido en un concierto: 60.000 personas en el Club Hípico de Santiago en 2009.

Para la noche de este viernes se espera que muestren en el escenario el mismo montaje artístico que utilizaron en la gira europea, con fuegos artificiales, gigantescas maquinarias y un mastodóntico robot encarnando a “Eddie”, la mascota del grupo.

Veinte años después de su primera visita a Chile, la “Doncella de Hierro” ya no es víctima de prohibiciones gubernamentales ni presiones eclesiásticas. Ahora sólo dependen del veredicto de sus fans.