bolero

¡Hasta cuándo el protagonismo del crimen político en la prensa! ¿Se puede resistir más el espectáculo perpetuo de la abyección de los partidos tradicionales que se han repartido el poder? ¿Nos tendrán todo lo que resta del año con la misma noticia odiosa? Que un capítulo de esta comedia boluda se llame boletas falsas, otro, correo inculpador, y otro más, cohecho de las empresas del Estado que fueron a parar a manos privadas, da lo mismo. Hasta cuándo tanta verdad, si no pasa nada. Es mucha la mención de culpables y poco el cadalso. Da para suponer que, paradójicamente, quieren naturalizar los delitos de tanto nombrarlos.

Lo que hay que hacer es detener el flujo de iniquidades, parar la cuestión y disolver el parlamento, así de simple. Hágase hombre presidenta y tire el mantel. Tiene que haber algún resquicio para provocar eso. Hay que recurrir a una astucia como la del alcalde Jadue con las farmacias populares o, en su defecto, recurrir a la memoria jurídica del gran Novoa Monreal y buscar algún decretito y pasarlo por ley, porque estos malditos y malditas no pueden seguir legislando como si no pasara ninguna huevada. Yo estimo, quizás tributando a cierto feminismo, que ésta es una crisis terminal de la masculinidad chilensis, siempre abusadora y astuta, y que ocupa lugares de privilegio por vías oblicuas.

Yo, en mi desesperación, opté por la mía, escuchar boleros. Con unas sobrinas, hijas de la orfandad criolla a las que tuve que recoger por un tiempo y cariñosamente llamo Las Recogidas (suena como dúo de la canción), nos hemos dedicado a una escucha razonada de boleros; es decir, a la audición (lectura) del discurso amoroso. En la práctica es una producción reflexiva del fracaso afectivo y de la histeria escénica implicada. En este punto no puedo dejar de recordar a una amiga santiaguina que toma un par de copetes y pone a todo chancho “Rata de Dos Patas” de Paquita la del Barrio, una especie de bolero corrido que es un potente alarido contra un sujeto que vendría a ser el epítome del impresentable.

¿Qué se escucha cuando se escucha un bolero? Quizás una poética del abandono, la humillación y el reproche amatorio, o el micro espectáculo de la emoción y el llanto que toca la puerta cuando los chitecos se humedecen. Sí, porque el bolero (su relato) siempre supone un otro reprochable, igual que en la política. Al amante traidor y al “servidor público” se los culpa de mala conducta. La política, en el fondo, es un bolero público.

Uso el bolero para espantar demonios. Incluso con mis sobrinas abandonadas vamos a componer algunos, pensando en nuestros amigos locales cultores del género. Y ahora que estoy metido en un proceso político (bolerístico público) con las Primarias Ciudadanas en Valpo, echo de menos el original intimista. La fobia social me pasa la cuenta. Además, la solemnidad que suele acompañar al hecho político me angustia y me deprime hasta el hartazgo. Aunque hay que reconocer que no podría ser de otra manera, y esa certeza estructural me hace tomar distancia. Por eso de la actitud poético épica me paso rápidamente a la actitud carmínica de la canción, cual maraca de puerto.

Y a propósito de puerto –ser sanantonino y amante del bolero es casi una obviedad– quiero aprovechar de recordar a mi amigo Demián Rodríguez, que es el nuevo Ramón Aguilera o Rosamel Araya de nuestro país y acaba de producir su primer disco con temas cebolla de nueva cepa. Suerte compadre.