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Texto: Jonnathan Opazo • Fotos:

1.
El verano del 2014 fue particularmente agitado para una región rica en el verde oropel que son los bosques de pinos. Con el calor llegaron, de manera pasmosamente formal, los incendios: el paseante maulino de exiguos recursos, obligado a deshojar el calendario con 34 grados diarios, fue testigo de oscuros nubarrones que amenazaban expandirse por todos los eriales de la región. Como si fuera poco, una mañana de enero nos desayunamos con la noticia de que el Mercado Central, cuya nave central venía abandonada desde el terremoto del 2010, sufrió un grave incendio que hizo añicos los pocos locales que todavía funcionaban. Las hipótesis sobre el siniestro, dignas de un cuento de Marcelo Mellado, comenzaban en una mujer maulina que fungía de dizque-sicaria del municipio, que desde hace un tiempo venía buscando la forma de transformar ese lugar en una especie de mall con tintes locales; las pesadillas de la burocracia huasa local generan monstruos folk, ansiosos por dejar una marca indeleble en los anales de la humanidad (Marcel Schwob nos dice que Heróstrato, consultado sobre sus razones para quemar el templo de Artemisa en Éfeso, “no alegó ninguna otra causa para su acción que su pasión por la gloria y la alegría de oír mencionar su nombre”). El caso es que la ciudad, que luego del 27-F se transformó en un museo abierto de la ruina, perdía nuevamente uno de sus más pintorescos lugares.

2.
“Todas los pueblos abandonados tienen algo que los redime”, me dijo una vez un poeta ariqueño. Si me preguntaran qué redime a Talca elegiría cinco cosas: sus graffitis, la feria de las pulgas de la calle 11 Oriente –paraíso del comprador perseverante de libros usados–, el cerro de la virgen –perfecto para románticos que gustan deleitarse con montañas y valles–, sus cantinas y el CREA (sigla de Centro Regional de Abastecimiento). A pesar de ser un lugar que cumple con todas las características para los amantes del patrimonialismo folkie, su encanto no reside en esa arquitectura decimonónica que parece decirnos desde el fondo del tiempo que este lugar fue fundado por una pujante pequeña burguesía industrial, sino más bien en sus enrevesados pasillos, en esa luz tenue que se filtra por las claraboyas dejando al paseante entre claroscuros, matizados a su vez por los atractivos mosaicos que cada feriante dispone según su teoría personal sobre la composición y alternación de los colores. “De la pintura, la comida japonesa toma la cualidad menos inmediatamente visual, la cualidad más profundamente metida en el cuerpo y que no es el color, sino la pincelada”, anota Barthes en “El imperio de los signos” luego de un viaje a Japón. Los colores del CREA, en cambio, recuerdan los destellos de Cezanne y su mirada atenta a los matices, como si hubiese una solapada búsqueda de causar deleite estético: del pimentón rojo al ají verde, el suave ocaso de las zanahorias y los racimos de cebollas moradas.

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3.
“Caminábamos con Borges por un barrio de quintas, en Mar del Plata, y de pronto sentí un olor que me conmovió. Borges dijo que los recuerdos que más nos emocionan son los de olores y gustos, porque suelen estar rodeados de abismos de olvido”, escribe Bioy Casares. Miguel Littin, en una línea similar, anota en su paso clandestino por Chile en los años 80: “Antes del exilio había algunos lugares de Santiago que identificaba con los ojos cerrados: el matadero por el olor de la sangre vieja, la comuna de San Miguel por los olores a aceites de motor y materiales de ferrocarril”. La memoria de los olores es algo más difusa que la de un rostro, un paisaje o un acontecimiento dramático como un terremoto o una dictadura. Un experimento interesante sería pasearse con los ojos vendados por los pasillos del CREA y adivinar dónde estás: si en el fresco y radiante pasillo de productos del mar, en donde puedes comer ceviche a precio irrisorio –parece que perder la mística de ser un “producto sacado directamente de la playa que tienes a dos cuadras de la pescadería” le quitase plusvalor– o en los sombríos pasillos en donde encuentras un sinfín de aliños –repartidos en justas dosis– que van desde el merquén hasta la pimienta negra; o bien, sentir esa suerte de oasis tropical que emana de un cajón de naranjas o manzanas. Esta cualidad, demás está decirlo, distingue a casi todas las ferias libres del país. Sin embargo, es su arquitectura laberíntica, las rejas que separan cada local y su aspecto casi carcelario lo que me hace pensar en este lugar como extemporáneo: a contrapelo de los mercados remodelados según las tendencias patrimonialistas, el CREA parece haber sido diseñado para un remake de filmado por Terry Gilliam.

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4.
Si buscamos a Talca en Wikipedia y nos vamos al enlace de “Sitios de interés” nos encontramos con: 1) la Plaza de Armas; 2) Paseo 1 Sur y Mercado Central –así, juntos, como si ambos fuesen una sola y gran cosa–; 3) Avenida Isidoro del Solar, más conocida como “la diagonal” y que conecta la plaza con la Alameda Bernardo O’Higgins y el Río Claro, lugares donde todo se mezcla de forma disparatada: adolescentes teniendo sexo con ropa, runners, punks de cuneta fumando marihuana en los bandejones, skaters, raperos que se reúnen a dar unos alucinantes conciertos de freestyle; 4) la Avenida 2 Sur, pulmón de la contaminación ambiental y sonora de esta urbe, desierto insoportable durante veranos y fines de semana; y 5) la Villa Huilquilemu y la zona oriente, es decir, el extrarradio de la ciudad, donde lo urbano comienza a desdibujarse entre villorrios, parcelas de agrado y los suburbios, que acá crecen como las callampas, aunque ya no se trate de tomas de terreno por pobladores pobres sino de complejos para familias profesionales y nuevos ricos que deseen “vivir en un lugar tranquilo, rico en áreas verdes”. El CREA no existe para Wikipedia. El CREA no es un lugar-de-interés. No hay interés en ese desorden, en ese juego de luces que es cada pasillo, en ese enmarañado laberinto donde fácilmente podría encerrarse a un Minotauro con el fin de enloquecerlo. El CREA es, probablemente, uno de los lugares más latinoamericanos de Talca, lo que sea que eso signifique. Esperemos que las inmobiliarias y sus sicarios, que suelen aparecer en la tétrica forma de señoras dementes, no den rienda suelta a sus incendiarias fantasías para instalar otro mall o un estacionamiento.