Refugiados Siria europa EFE

Los pocos refugiados que tratan de llegar a Europa cruzando la frontera entre Turquía y Bulgaria pueden tener la suerte de encontrarse con vecinos caritativos dispuestos a ayudar o con patrullas de civiles que se dedican a dar caza a los inmigrantes.

En las inmediaciones de Belevren, una aldea entre bosques y colinas de difícil acceso donde sólo viven ocho personas, grupos de entre cinco y quince refugiados de Oriente Medio prueban su suerte.

Algunos han tenido la mala fortuna de cruzarse con Dinko Valev, un aficionado a las artes marciales de 29 años de edad que ha salido en los medios por haber retenido y maniatado a un grupo de dieciséis sirios el pasado marzo.

Conocido ahora como “el cazador de inmigrantes”, Valev, rapado, fornido y tatuado, defiende su derecho a proteger Bulgaria de lo que considera “basura”.

“No me gusta tener tal apodo porque yo estoy en mi patria. Fui atacado con un punzón y es normal actuar en defensa propia, como hice yo, y defender también a mi patria”, declara a Efe Valev en su garaje en la ciudad de Yambol, a unos 60 kilómetros de la frontera.

Según su relato, se encontró con un grupo de inmigrantes, entre ellos tres mujeres y un niño, y tras repeler la agresión de algunos de ellos, les “pidió de la forma más cortés” que se quedaran quietos hasta la llegada de la patrulla policial.

“Es un derecho civil defender y proteger mi patria de intrusos como estos sirios, iraquíes, pakistaníes y otra basura”, argumenta.

El Comité Búlgaro de Helsinki, una ONG de defensa de los Derechos Humanos, ve sus actos de otra forma. Lo ha denunciado a la Fiscalía por atacar y humillar injustificadamente a los refugiados.

La Policía le interrogó la semana pasada, pero no lo detuvo.

Según esa ONG, Valev no oculta su voluntad de organizar patrullas civiles para detener a los inmigrantes que buscan asilo.

Una idea que, alerta esa organización, está ganando cada vez más adeptos mientras las autoridades miran a otro lado.

“El señor Valev siembra el miedo entre los refugiados y, además, incita a la sociedad búlgara al repudio y la hostilidad hacia los que buscan amparo”, declaró a Efe una portavoz de esa ONG.

Pero, por fortuna para quienes huyen de la guerra y la miseria, no todos los búlgaros apoyan esa caza al inmigrante.

“Siempre les ayudamos con lo que podemos. Les compadecemos, no tenemos miedo de ellos ni los odiamos. Somos los primeros que ven al cruzar a Bulgaria e intentamos que reciban un tratamiento humano”, cuenta Petar Mitev, un vecino de Belevren.

Para Mitev, está claro lo que hay que hacer: “Dan lástima por el estado deplorable en el que llegan. La mayoría escapan de la guerra y no hay nada más terrible que una guerra”.

Este ganadero explica que dan agua, comida y ropa a los inmigrantes y les atienden mientras llega la Policía.

“No puedo quedarme indiferente hacia gente desgraciada. Particularmente hacia las mujeres y los niños que vagan durante días en el bosque congelados y hambrientos”, afirma.

Según Mitev, conforme avanza la construcción de la valla que el Gobierno búlgaro está instalando en la frontera turca, va bajando el número de refugiados, principalmente de Siria, Irak y Afganistán, que entran ilegalmente en el país.

Bulgaria teme que el cierre de la ruta de los Balcanes, impuesto principalmente por Austria y Eslovenia, provoque un desvío de la ola migratoria hacia su territorio.

Por ello, el Ejecutivo conservador está acelerando los trabajos de la alambrada fronteriza con Turquía, que tendrá una longitud de 160 kilómetros, cinco veces más que lo planeado cuando comenzó a levantarse en 2013.