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*José Salvador Alvarenga antes de dejar el Salvador y huir a México.

La historia de Alvarenga es una tragedia griega. Él, como todos los hombres, es víctima de su propia condición humana, de su ego exacerbado, de la hybris que afecta a los que luchan contra el destino. Alvarenga desafió a la naturaleza y, sabiendo que se aproximaba una tormenta, salió a pescar. No volvió. “Las olas se nos metían adentro del bote, nos levantaban con fuerza y después nos dejaban caer. Pero yo sabía que no nos íbamos a hundir”, dijo Salvador Alvarenga justo antes de naufragar.

“Él piensa que es una especie de Superman, honestamente piensa que puede ganarle al mar. Aunque hay que considerar que es un tipo que ha navegado muchísimo”, explica el autor del libro, Jonathan Franklin, que a la fecha, mantiene contacto frecuente con Alvarenga.

Para conseguir el testimonio, Franklin esperó pacientemente hasta que, cinco meses después de haber aparecido con la barba larga y las ropas raídas en las Islas Marshall, accedió a dar su testimonio, a cambio de la mitad de las utilidades que generara el libro. “Me imagino que eso debe haberlo incentivado un poco”, comenta Franklin y ríe.

En 2008, con 33 años de edad, José Salvador Alvarenga arrancó de su hogar en El Salvador y se fue a México. Ebrio en un bar de El Salvador, fue parcialmente culpable de una pelea contra cuatro narcotraficantes. Lo que le significó 11 puñaladas, 3 costillas rotas y una contusión. Ninguno de los doctores esperaba que fuera a sobrevivir y, sin embargo, logró recuperarse.

Le dieron el alta pero, una vez de vuelta en su hogar, se enteró que, en su ausencia, le habían cortado la garganta a uno de sus contrincantes y se había desatado una peligrosa dinámica de retribución. Él era el próximo en la lista. “Si me quedaba, me mataban”, dice Alvarenga en el libro y abandonó a su mujer y a su hija recién nacida.

Fue así como emprendió un solitario viaje desde El Salvador a México. Alvarenga conocía de sobra la gran extensión geográfica que podía cubrir una vendetta mafiosa. Caminó descalzo por roqueríos hasta llegar, con los pies sangrando, a Costa Azul, un pequeño pueblo pesquero, de no más de un par de cientos de habitantes, en el suroeste de México. Un pequeño pueblo gobernado por la violencia de las bandas narcotraficantes, por los patrones de las pesqueras y por una incipiente industria turística que había conseguido desplazar todo lo anterior, todo lo pobre, lo feo y lo violento, y recluirlo en un extremo del sector donde no había ley. Fue ahí donde Salvador Alvarenga encontró su nuevo hogar.

Hay un viento que los pescadores de Costa Azul llamaban El Norteño. Es un fenómeno climático que se produce cuando el viento que viene del Atlántico pasa por el Golfo de México. Cuando una corriente atraviesa este cordón montañoso con forma de embudo se acelera y adquiere velocidades huracanadas.

Pues bien, Alvarenga necesitaba dinero y la pesca escaseaba. Sin embargo, el día 15 de noviembre de 2012, un grupo de pescadores desembarcó con más de una tonelada de pescado fresco, extraída a unos 150 kilómetros de la costa hacia mar abierto, donde sólo los pescadores más valientes se atrevían a pescar. A cambio del riesgo, los pescadores eran premiados con un poco menos de 500 pesos chilenos por cada kilo de pescado que trajeran en pequeñas neveras que llevaban al interior de sus embarcaciones.

Alvarenga solía navegar con su fiel amigo, Ray Pérez, pero esta vez no fue posible: después de muchos robos y de portar ilegalmente una calibre 22 en la parte de atrás del pantalón, Pérez había terminado en la cárcel. Alvarenga tuvo que buscar compañía en otra parte. Y, por aproximadamente 35.000 pesos chilenos, contrató a un aprendiz de pescador.

Ezequiel Córdoba, un joven de 22 años que siempre había oficiado en aguas calmas, consiguió que su patrón le prestara uno de los botes y le pidió a Córdoba que lo esperara en los muelles. Temprano a la mañana siguiente, levaron anclas. Pero El Norteño había comenzado a soplar fuerte, sería el último viaje de Ezequiel Córdoba.
Mientras se adentraban en el Pacífico, el viento pasó de unos agradables 30 kilómetros por hora a más de 115 en poco tiempo. Córdoba perdió el control: “Vámonos de vuelta, devuélvenos a la costa”, dice Alvarenga que Córdoba gritaba. No estaba acostumbrado, se sentía mal y vomitaba, el pequeño barco de no más de cuatro metros de envergadura, se encaramaba en las enormes olas, sólo para precipitarse vertiginosamente hacia abajo, una y otra vez.

Alvarenga intentó tomar el control de la pequeña nave y abortar la misión. Pero ningún esfuerzo sería suficiente contra la tempestad. Faltaba apenas 30 kilómetros para llegar a la costa cuando ocurrió el accidente. El motor sobreexigido se descompuso y los intentos de arreglarlos fueron en vano. “Si alguien va a venir a buscarnos, tiene que ser rápido. Estamos mal”, fueron las últimas palabras que Alvarenga dijo por radio antes que se acabaran las baterías.

Monumentales olas llenaban el bote de agua, los hombres trataban de achicarla usando las manos. Sin motor, sin radio, sin GPS y sin ancla, el bote fue arrastrado aproximadamente 120 kilómetros al interior del Océano Pacífico. Fue así como inició un lento y tortuoso viaje en medio del mar. Salvador Alvarenga y Ezequiel Córdoba, por primera vez en su vida, naufragaban.

A la deriva
“Si se hicieran bien las cosas, desde el punto de vista lingüístico, sólo el Océano podría llamarse continente”.

Peter Sloterdijk, Esferas II

Córdoba, mucho menos experimentado que Alvarenga, no pudo acostumbrarse a la nueva situación. Se rehusaba a comer toda comida que no fuera carne de tortuga, que se hacía cada vez más escasa mientras más lejos estaban de la costa. Apenas tenía fuerza para asir la botella con agua. “Voy a morir este mes”, le dijo a Alvarenga.
La depresión se había apoderado de su mente y estaba apagando su cuerpo lentamente. Entonces hicieron un pacto, “si yo sobrevivía, me pidió que buscara a su madre y le dijera que sentía mucho no haberse podido despedir. Que ya no era necesario que le cocinara más tamales. Que se había ido con Dios”, dijo Alvarenga.

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* Caja para guardar pescados que le sirvió como única protección contra el viento, el sol y la lluvia.

Después de 118 arduos días a la deriva, Ezequiel Córdoba murió de inanición, aunque había comida. Según Alvarenga “no tenía ganas de vivir”. Sin embargo, su compañero no se daría por vencido fácilmente y continuó hablándole al cuerpo inerte. “¿Cómo te sientes? ¿Cómo dormiste?” Le preguntaba y, dado el silencio rotundo de Córdoba, se veía obligado a contestar sus propias preguntas: “Dormí bien. ¿Tomaste desayuno?”.

Las conversaciones unilaterales continuaron por horas, Alvarenga se mantenía en absoluta negación de la soledad. Al segundo día Córdoba ya se había puesto morado y para el cuarto día después de su muerte, el Sol y la sal habían resecado la piel y quedaba poco más que un esqueleto vestido. Fue entonces cuando Alvarenga se desengañó y pudo ver la realidad. Lo despojó de las pocas ropas que aún podían ser de alguna utilidad y lo arrojó al mar. Fue un cambio sustancial en la vida de Alvarenga, ahora estaba completamente solo.

Jonathan Franklin, en el libro, lo describe así:

“Marzo 23, 2013
Posición: 3100 millas de la costa de México
Día 126

Alvarenga despertó con un fuerte dolor de cabeza. Un pequeño chichón en la nuca confirmaba la situación: se había desmayado y caído hacia atrás mientras tiraba el cadáver de Córdoba al Pacífico. No podía acordarse del cuerpo entrando al agua, pero dada la preponderancia de tiburones hambrientos alrededor del bote, no acordarse era lo mejor. Alvarenga sentía que solo habían pasado unos minutos, pero aún así todo su mundo había cambiado.
El paisaje se le presentaba de manera hostil. Ahora, en vez de socorrer a su amigo moribundo o en vez de mantener conversaciones unilaterales con su cuerpo disecado por el sol, el mar y el hambre, estaba solo. Era una pequeña partícula en el vasto Océano Pacífico. “¿Alguna vez has visto una hoja de árbol en un gran estanque? Ese era yo”, dijo Alvarenga.”

La muerte de su compañero fue un golpe fuerte, “Por qué se había muerto él y no yo. Yo lo había convencido que saliéramos a pescar en la tormenta, yo era el culpable de su muerte” pensó Alvarenga. Su primera reacción fue tomar un cuchillo y ponérselo al cuello, el suicidio parecía la mejor opción.

Sin embargo, justo en ese momento, lo asaltó el recuerdo de las palabras de su madre: “Dios no perdona a las personas que se suicidan”. Alvarenga no era religioso pero, dadas las circunstancias, la perspectiva de pasar una eternidad en el Infierno era mucho peor que continuar a la deriva. Eso lo hizo desistir.

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*Ezequiel Cordoba.

Había desarrollado una técnica para cazar aves y tortugas de mar, además se las arreglaba para recolectar agua lluvia en recipientes que aparecían junto a montones de basura en el mar. Pronto descubrió que la vida de náufrago era sumamente tolerable, se dio cuenta que no estaba solo.

“Alrededor de los botes a la deriva se configura un ecosistema altamente complejo. A medida que más algas crecen en el bote, llegan peces a comer las algas, peces más grandes a comer peces chicos y también aparecen los tiburones. Y él estaba en el centro de todo ese mundo”, explica Franklin.

Comenzó a entablar largas conversaciones con los pájaros que capturaba, les contaba chistes y hablaba con elocuencia. “Si yo fuera ustedes, no andaría volando tan lejos de la costa”, les decía con sorna.

Alvarenga, según sus conocidos, se caracterizaba por enfrentar la vida siempre con buen humor. “Alvarenga tiene una habilidad humorística especial para dar vuelta las situaciones a su favor”, comenta Franklin.

En retratos de ficción, como la película “El Náufrago” –Tom Hanks- o de la realidad como “Relato de un Náufrago” de Gabriel García Márquez, una situación similar suele presentarse. Tom Hanks hablaba con Wilson, una pelota de vóleibol con cara. Mientras que el náufrago de García Márquez, Luis Alejandro Velasco, en voz alta, hacía cálculos mentales sobre su posible rescate y peleaba a gritos con los tiburones. La supervivencia depende también de mantener la cordura.

En un principio, lo que lo mantuvo con vida fue cuidar de Ezequiel. Cuando su amigo murió y después de desechar la idea del suicidio, hubo que buscar otras herramientas para no perder el juicio.
Un mes después de la muerte de Córdoba, Alvarenga hizo un importante hallazgo que pondría, nuevamente, su vida en peligro. Con los ojos entornados divisó un objeto de grandes dimensiones. Sin pensarlo dos veces saltó al mar infestado de tiburones. Una vez adentro del agua, se dio cuenta del grave error que había cometido.
Sus brazos y piernas estaban débiles por la falta de ejercicio. Se cansó inmediatamente, pero su mejor opción era seguir nadando. Hasta que llegó al objeto, una gran plancha de plumavit flotaba en medio del mar. Logro treparse y nadar de vuelta a su embarcación. “¿Por qué lo hice?”, se preguntó Alvarenga. Esa noche no pudo dormir. Pensó que perdía la razón. Sin embargo, sería justamente ese pedazo de plumavit, la razón por la que logró sobrevivir.

La culpa y lo que pasó después
“Aprendí a considerar más el aspecto brillante de mi situación que lo que me faltaba, y este recurso, a veces, me proporcionó tan inefable consuelo, que apenas puedo expresarlo.”

Daniel Defoe, Robinson Crusoe.

A pesar de haber salvado problemas fundamentales, como conseguir agua y comida, la sensación desesperante de la soledad y la incertidumbre siempre acechaban. ¿Cómo se tolera algo así? Según Jonathan Franklin, “lo que hace diferente a Alvarenga es que él ya había pasado años en el mar, no era un ambiente hostil, este era su hogar”. Estaba perdido, pero conocía bien el mar.

Oscuros pensamientos ahora se arremolinaban en su cabeza, una amenaza mucho más peligrosa que los tiburones hambrientos que rondaban la embarcación. Como inmigrante ilegal se había visto obligado a ocultar su identidad y nacionalidad. Eso no era un problema, mentía para sobrevivir. Pero había algo que no podía perdonarse.

Había abandonado a su hija antes incluso que cumpliera su primer año. Nunca le había mandado plata, nunca había preguntado por ella, nunca había sido un padre. Esta idea lo atormentaba, la culpa ganaba terreno y, a la deriva, era incapaz de hacer nada para remediarlo. Entonces tuvo una epifanía “si llegaba a sobrevivir, iría a ver a su hija. La imagen de reencuentro se transformó en una de las razones fundamentales para sobrevivir”, recuerda Franklin.
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*El primer contacto por radio hecho en Ebon Atoll.

Con esperanzas renovadas, Alvarenga hacía cálculos sobre las posible fechas en que sería rescatado, sobre la incipiente posibilidad de que un buque pasara cerca. Pero, justamente donde esperaba encontrar alivio, halló el obstáculo más difícil de todos.

Alrededor del día 200, Alvarenga divisó un barco mercante enorme. Eufórico saltó y gritó, incluso izó una pequeña bandera confeccionada con una polera rasgada y un fierro del bote. Señuelo poco efectivo, considerando que, levantándola con el brazo estirado y en puntas de pie, la bandera no flameaba a más de tres metros de altura con respecto al nivel del mar.

Sin embargo, la señalética no era necesaria: el barco venía directo hacia él. Tan directo, que Alvarenga temió que la gigantesca embarcación lo fuera a hundir. Se aproximaba rápidamente y no disminuía la velocidad, pero eso no fue lo peor. “Mientras pasaba por al lado, vio a tres miembros de la tripulación que estaban pescando y lo vieron, ¡incluso lo saludaron! Un tipo casi desnudo, de barba larga en un barco enano en el medio del Pacífico. ¿Por qué no pararon?”, recuerda Alvarenga.

Alvarenga quedó devastado, no podía explicarse la situación. Para él este era el real asesinato. “Alvarenga no es una persona vengativa, pero a esos tres los odia, si tuviera alguna oportunidad de rastrearlos y matarlos, lo haría”, dice Franklin.

A pesar de todo, logró sobreponerse nuevamente. Ciertamente contaba con un temperamento estoico y creía firmemente que sobreviviría. No estaba equivocado.

Tierra firme
“Destrozar mi alma, ni el propio Júpiter podrá hacerlo. La vida, es un océano insondable en el cual navegamos”.

Herman Melville, Moby Dick.

El día 438 algo pasó. “Cuando despertó de su siesta, salió de la caja que lo protegía del Sol y quedó paralizado. La isla estaba ahí mismo, a menos de dos kilómetros de distancia”, dice Franklin en el libro. No podía pilotear su bote, pero tenía un preciado trofeo muchísimo más maniobrable: el pedazo de plumavit. Se montó en él, como un surfista, y abandonó el bote que había sido su hogar durante un año y dos meses.

Esa misma tarde, después de ser revuelto por las olas, después que su barco se estrellara contra las rocas, después de nadar entre un montón de medusas, Alvarenga llegó a tierra.

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*Alvarenga luego de ser rescatado.

El 29 de enero de 2014, Salvador Alvarenga salió gateando de la playa de las islas Marshall –Micronesia- a más de 10.000 kilómetros de Costa Azul, donde sería encontrado por dos locales y luego acarreado a un hospital. Había sobrevivido a la peor experiencia de su vida, pero sus problemas estaban lejos de terminar.

Fue trasladado a México e inmediatamente hospitalizado para que se le realizara un sinnúmero de chequeos médicos. La noticia llegó a la prensa y de la prensa a los oídos de un abogado. Un abogado que, según Franklin, logró meterse al hospital y ofrecerle sus servicios a Alvarenga. “Lo obligó a firmar un contrato, a una persona que no sabe leer. Y una de las cláusulas del contrato era que, si alguna vez cambiaba de abogado, debía pagar un millón de dólares en efectivo”, dice Franklin. El abogado lo demandó por un millón de dólares que Alvarenga, evidentemente, no tenía.

Poco tiempo después, el náufrago llegó nuevamente a las portadas de los medios de comunicación. Era acusado de haber devorado a Ezequiel Córdoba. Franklin desmiente rápidamente, “La acusación de canibalismo es una mentira que inventó ese abogado para respaldar su demanda. Pero incluso la familia de Córdoba lo desmintió públicamente, la madre habló con Alvarenga cuando llegó a México”.

Hoy Alvarenga vive en El Salvador, piensa volver al mar en algún momento, pero “no a más de 30 kilómetros de la costa”, dijo. “Ahora es una persona tranquila, vive con su hija, tiene una perspectiva más profunda del mundo. El mar lo ayudó y creo que, incluso al día de hoy, no se siente muy cómodo en tierra”, dice Franklin, que lo fue a visitar a su casa. Según él, la experiencia fue un poco desconcertante.

Al respecto, el autor del libro comenta: “Cuando lo fui a ver en El Salvador, me llevó de un lugar a otro, nunca nos quedamos solos ni quietos. Me llevaba en auto, manejando muy lento, casi como si estuviera repitiendo la experiencia. Está naufragando en tierra”.