warnken

“¿Cómo curarnos de este espanto?”, escribe Cristián Warnken en una columna que publica El Mercurio, y en donde analiza a fondo lo que cataloga como un un Chile “sumido en un pantano de rencor vivo, de mediocridad, de ramplonería, en el que la belleza y la decencia brillan por su ausencia”

El conducto de programas de cultura se pregunta “¿dónde quedó el Chile imaginado por Andrés Bello en su prosa serena e iluminada en la que vislumbró que en algún punto todas las verdades se tocan? ¿Dónde la sencillez y pureza de Violeta Parra cantando la diferencia que “va de lo bueno a lo malo”? ¿Estoy diciendo acaso que todo tiempo pasado fue mejor? No. Estoy diciendo que hubo un tiempo en que Chile tuvo un ser propio, un tiempo con más pobreza, es cierto, pero vertebrado por una ética y una estética propias”.

En esa línea, afirma que nuestro drama es que “nos hemos convertido en un país aspiracional que, además, hace mal las cosas que imita y a las que aspira. Un país de generaciones criadas en tiempos del dinero fácil y la usura. De ahí vienen los Chang, las Compagnon, los Penta, nuevos ricos sin referencias éticas que admirar, sin sentido estético de la medida (tan presente en la sabiduría popular). Ellos no fueron criados en la gran escuela de la austeridad chilena. Ellos huyeron de donde venían y de lo que se avergonzaban: la provincia profunda”.

Para Warnken, esa metáfora de la provincia tiene que ver con lo que denomina “reserva moral de Chile. De ahí vienen nuestros poetas. Ahora somos más ricos, pero más indigentes desde el punto de vista del espíritu. Y cuando digo “espíritu” no hablo de abstracciones idealistas, sino de raíces, raíces reales, tangibles, vivas. Nuestra sabiduría y nuestros cantos. Todo eso que nos han transmitido grandes maestros como Fidel Sepúlveda, Margot Loyola o Gastón Soublette. No los hemos escuchado, claro”.

Según expone, su tesis “es que la raíz más profunda de Chile es la poesía. La poesía dice de nosotros mismos más de lo que nosotros mismos sospechamos. Hemos sido un país inculto (desde el punto de vista de la “alta cultura”, si nos comparamos con Argentina, por ejemplo), pero poético. Esa es nuestra luz propia, ese es nuestro suelo. Ahí es donde debemos buscar los fundamentos de una nueva república, no en el positivismo decimonónico que duró todo lo que tenía que durar”.

Leer la columna original acá