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Patricio Aylwin decía que nació por casualidad en Viña del Mar, el 26 de noviembre de 1918. Aseguraba que era maulino, que había sido concebido en los parajes costeros de la zona de Constitución. Perteneció a la tercera generación de los Aylwin nacidos en Chile, cuyos precursores llegaron desde Gales en la primera mitad del siglo XIX. Uno vivió en Coquimbo y no tuvo hijos; el otro se estableció en Constitución y tuvo una fecunda descendencia.

Miguel Aylwin Gajardo, el padre del expresidente, nació en San Javier en 1889, hijo de Ricardo Aylwin y Domitila Gajardo. Desde muy joven fue un activo militante del Partido Liberal, estudió para ser profesor normalista y luego Historia y Geografía. Hizo docencia en el Liceo de Aplicación y en la Escuela Militar, más tarde siguió cursos de Derecho y se tituló como abogado en 1915. Por esos años conoció a Laura Azócar, hija de una familia de clase media de San Fernando, una joven culta y muy progresista para su época, y se casaron.

Poco después del nacimiento del primer hijo, Patricio, don Miguel enfermó de tuberculosis y fue desahuciado. Doña Laura no se conformó y lo llevó hasta un sanatorio en el valle del Elqui, en Diaguitas, donde tras un año de tratamiento logró recuperarse. Don Miguel decidió abandonar el ejercicio privado de la abogacía e ingresar a la carrera judicial, una vida que supuso más tranquila. Primero fue relator de la Corte de Valparaíso, luego de la Corte de Valdivia y, a partir de 1929, integró la Corte de Apelaciones de Santiago.

El matrimonio y su familia –un hijo, dos abuelos y una tía– decidió ese año 29 radicarse en los alrededores de Santiago y eligió a San Bernardo. Tras recalar sucesivamente en dos casas que no los dejaban satisfechos, doña Laura encontró una hermosa casaquinta en la avenida Portales 558, una calle llena de castaños, plátanos orientales y magnolios gigantes, frente a la Maestranza de Ferrocarriles.

Sería la primera y única vivienda de los Aylwin Azócar, adquirida en 18 mil pesos a pagar en 18 años con un crédito de la Caja de Empleados Públicos y Periodistas. La quinta tenía unos diez mil metros de superficie, sembrados con damascos, duraznos, cerezos, naranjos, nogales y paltos. Don Miguel plantó muchos rosales que se dedicó a cultivar con esmero. Allí tuvo la quietud que tanto ansiaba y la suficiente distancia frente a cualquier influencia en su tarea de impartir justicia.
Después de varios años sin nuevos hijos, llegaron los otros cuatro: Carmen, que consagró su vida a la ayuda a los demás, pero manteniendo su estado laical; Arturo, que como abogado llegó a ser Contralor de la República; Tomás, abogado en la empresa privada; y Andrés, también abogado, diputado por San Bernardo en varias ocasiones y reconocido defensor de los derechos humanos bajo la dictadura militar.

Don Miguel desarrolló en aquella quinta un muy acendrado sentido familiar. Hasta su muerte exigía que los hijos, nietos y bisnietos concurrieran los domingos al almuerzo en San Bernardo; la vieja piscina, que se llenaba con los bulliciosos chorros que salían de la boca de unos leones metálicos, servía de estímulo para los más jóvenes en las cálidas tardes de verano.

En 1957, don Miguel fue nombrado presidente de la Corte Suprema, pero mantuvo incólumes sus hábitos y costumbres. No le gustaba usar el auto oficial, por lo que cada mañana y tarde se le veía abordar el tren hacia y desde Santiago. Tampoco quiso que sus hijos concurrieran a los colegios caros de Santiago. Prefirió formarlos en el Liceo de San Bernardo, mezclados con los hijos de los obreros del ferrocarril, de los pequeños comerciantes, de los oficiales y suboficiales del regimiento y de los parceleros locales. A esa formación, el padre aportó el estilo sobrio y los valores de la austeridad, la corrección y, sobre todo, la justicia. No fue una casualidad que, salvo Carmen, todos decidieran ser abogados. La madre dejó también su huella en el gusto por la filosofía y la vocación por el cambio social y el progreso. Los inició además en la práctica religiosa, imponiéndose a las ideas de su marido, muy liberal, racionalista y agnóstico.

Los Aylwin desde muy chicos vieron llegar a la maestranza del frente de su casa a los políticos más conocidos del país. Escucharon sus arengas a los obreros y empleados ferroviarios, en cotidianas asambleas, y los observaron marchar bajo las consignas de “¿Quién manda el buque? Marmaduque”, “El Partido de Lafferte con Aguirre hasta la muerte” o “Pan, techo y abrigo” rumbo al Teatro Venus, en el centro de San Bernardo.

Patricio Aylwin había iniciado sus estudios en el Colegio Salesiano de Valdivia y luego, en el Liceo de San Bernardo, se convirtió en líder. Editaba revistas, pronunciaba discursos, escribía artículos; y no dejaba de estar entre los premiados de fin de año. De allí partió a concluir sus humanidades en el Internado Nacional Barros Arana y después escogió el Derecho y la política, la gran pasión de su vida.

Doña Laura murió en agosto de 1969. Dirigentes sindicales ferroviarios portaron su ataúd al retirarlo de la parroquia de Fátima y conducirlo a la Catedral de Santiago. Don Miguel falleció en julio de 1976 pidiendo que lo dejaran morir tranquilo.