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Carolina Rodríguez quedó ensimismada luego de que su teléfono recuperara la señal. Estaba en Torres del Paine, participando de un evento deportivo en compañía de su madre, cuando de pronto una escueta frase en la pantalla de su aparato llamó su atención: “¡Crespa, estás embarazada!”, decía el mensaje que su mejor amiga le había escrito durante el día. La noticia, que fue recibida con incredulidad, se confirmó a las pocas horas, cuando recibió una fotografía con los resultados de un examen de sangre que se había hecho antes de salir de Santiago: tenía siete semanas de gestación.

El embarazo abrió una serie de cuestionamientos. Durante ese fin de semana, a mediados de octubre de 2015, Carolina no habló de otra cosa con su mamá. La situación adelantaba en varios años sus planes de maternidad e inevitablemente postergaba los deportivos. Pensaba en su carrera profesional, en las charlas motivacionales que tenía agendadas, y en cómo se lo iba a tomar Claudio Pardo, su entrenador y pareja. Sacó cuentas y en sus recuerdos apareció el viaje a Las Vegas que ambos habían realizado un mes y medio antes.

La historia ocurrió así. El 22 de agosto, la Crespa derrotó a la japonesa Tenkai Tsunami, una boxeadora que tenía veinte combates en el cuerpo, de los cuales nueve eran derrotas. El pirotécnico espectáculo, único para la historia del boxeo chileno, se realizó en Antofagasta y contó con la animación de Rafael Araneda, la transmisión de Chilevisión, y una alfombra roja donde se pasearon algunas celebridades de la televisión. Luego de eso, Carolina y Claudio recibieron una invitación para entrenar durante un mes en el gimnasio que Floyd Mayweather, campeón del mundo en cinco categorías distintas, tiene en Las Vegas. Partieron el 7 de septiembre. En aquellos primeros exámenes que confirmaron el embarazo, esa fecha aparece como el día de la fecundación.

Era la segunda vez que la pareja estaba en esa ciudad. Un año antes, habían asistido a la 52 Convención del Consejo Mundial de Boxeo, donde compartieron con estrellas como Mike Tyson y Sugar Ray Leonard. Esta vez, sin embargo, el viaje presentaba desafíos más grandes. Venían en su mejor momento. En lo que iba del 2015, habían conseguido varios logros deportivos. En mayo, por ejemplo, la Federación Internacional de Boxeo (FIB) había elegido el combate con el que ganó el título mundial de peso gallo, como la mejor pelea femenina del 2014, cinturón que además había retenido un par de semanas antes de llegar a Las Vegas. Allá comenzaron los primeros síntomas.

-Tenía mareos y náuseas, pero pensé que era por la comida. Como estaba con atraso, me hice dos test de embarazo y salieron negativos. Así que me quedé tranquila y disfruté del viaje. Incluso celebré mi cumpleaños –recuerda la Crespa.

Al regresar a Santiago, los malestares continuaron. El examen de sangre que se hizo antes de viajar al sur, sin embargo, fue certero en el diagnóstico. Claudio se puso feliz con la noticia y rápidamente modificaron el calendario deportivo. Lo primero que hicieron fue contar el embarazo en las redes sociales. Había que salir a explicar por qué la Crespa no volvería a pelear dentro de los próximos meses. El 21 de octubre, ella escribió un mensaje en el muro de su Facebook: “Amigos, quiero compartir mi alegría con todos ustedes y con Chile entero, estoy embarazada y seré madre. Viene una campeona en camino”. Su publicación obtuvo 61 mil ‘me gusta’ y 4 mil comentarios, entre ellos una pregunta que encendió el debate: “De quién es la guaguaaaaaaa?”, le puso una seguidora.

Hasta ese momento, sólo su círculo más cercano conocía de la relación que había entre ellos.

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Carolina Rodríguez llegó al deporte competitivo de casualidad. Trabajaba en una empresa de contabilidad, y tenía 21 años, cuando se inscribió por primera vez en un gimnasio. Su única meta era bajar de los 70 kilos en los que estaba. Allí conoció a Claudio Pardo, un peleador que tenía 38 años, que entre 1980 y el 2000, había sido campeón chileno y del mundo de kick boxing, y que luego de eso se dedicó a enseñarlo. Fue él quien la instruyó en la técnica de una actividad que parecía estar hecha para ella.

-Cuando chica yo quería comportarme como un niño. Los hombres salían a jugar, no hacían las cosas de la casa, y la mejor presa de la cazuela siempre era para ellos. Yo me revelaba al rol que mi mamá nos decía que cumpliéramos y me perdía en la calle. Solucionaba todos mis problemas a golpes. Me decían ‘Juanita tres cocos’ o ‘Fosforito’, porque prendía rápido. Por eso, cuando descubrí el kick boxing me sentí feliz, conjugaba dos cosas que me gustaban mucho en ese momento: podía bajar de peso y agarrarme a combos –recuerda la Crespa.
Sin saberlo, los golpes que había dado en su infancia, cuando vivía en la población La Pincoya, habían forjado en ella una pegada tumbadora. Claudio supo reconocer su potencial a la primera clase, cuando la vio sonriente al terminar el entrenamiento y con las piernas hinchadas de tanto dar y recibir. Aunque doliera, Carolina siempre iba para adelante. Tres meses después, en junio de 2004, debutó oficialmente en el primer Campeonato Nacional de kick boxing. Pesaba 67 kilos.

-Peleé contra la chica más experimentada que había en Chile. Llevaba siete años entrenando y tenía trece combates, pero le gané por puntos, sin ninguna estrategia. Al otro día, le gané a la otra competidora que estaba en mi categoría, y le disloqué la rodilla –cuenta.
En dos días, Carolina Rodríguez barrió con años de historia del kick boxing criollo y se transformó en la nueva campeona nacional con sólo tres meses de entrenamiento. Una hazaña que resaltó aún más sus cualidades. Un par de meses después, nadie en Chile quería pelear contra ella. No le quedó otra que internacionalizar su carrera. En noviembre de ese mismo año salió segunda en un campeonato organizado en Sao Paulo, Brasil. Un éxito inesperado que también significaba una realización personal: era la primera vez que salía del país.
-Competir me abrió un mundo nuevo. Trataba de no dejarme sorprender mucho, para que la gente no pensara que era una campesina –dice sonriendo.

Proyectarse en el deporte, sin embargo, fue un duro choque con la realidad. Cuando Carolina decidió que lo suyo eran las peleas, lo primero que hizo fue renunciar a su trabajo. La decisión le trajo problemas con su madre. Ella no sólo estaba preocupada de que su hija sufriera algún daño mientras combatía, sino que también de su futuro económico. No entendía cómo un deporte escasamente conocido podría algún día darle para vivir. Creyó, entonces, que a lo mejor si la echaba de la casa, su hija recapacitaría, pero Carolina no estuvo dispuesta a abandonar. Al contrario, comenzó a obtener logros deportivos que aumentaron sus expectativas, proyecciones que trajeron también la precariedad: se endeudó para ir a campeonatos, vivió en piezas de amigas, en un gimnasio, y una vez tuvo que dormir en una plaza.
-Eso duró cuatro años. Estaba decidida a seguir en el kick boxing, no quería devolverme con las manos vacías. En ese tiempo gané dos campeonatos panamericanos seguidos y siempre salí elegida la mejor deportista. Estuve en Brasil, Argentina, Tailandia, Serbia, y todo esto financiado por nosotros.

En toda esa etapa, Claudio Pardo fue fundamental. La entrenaba, la alentaba profesionalmente, y ambos incluso llegaron a construir un gimnasio con sus propias manos, sólo para tener dónde practicar. Luego, decidieron incursionar en el boxeo. Ocurrió en marzo de 2010, cuando Pardo, mientras acompañaba a unos boxeadores en Perú, presenció un título mundial entre dos mujeres. Las vio golpearse y salió convencido de que ninguna le ganaba a Carolina. Esa misma noche le escribió un mensaje. Le dijo que en el boxeo estaba la clave del éxito y ella aceptó. Ese año, no tuvo problemas para ganar su primera pelea amateur, y un tiempo después debutó en el boxeo profesional. Para entonces, se había reconciliado con su madre, quien de vez en cuando la ayudaba con indumentaria deportiva. Tenía 27 años.
Carolina no recuerda exactamente cómo es que la relación con Claudio de pronto tomó ribetes amorosos, pero sí tiene claro qué es lo que ocurrió.

-Ésta es una relación larga, se fue dando, pasaba algo, después no pasaba, nos veíamos, no nos veíamos… había una atracción, pero después nos complementamos, nos fuimos enamorando de lo que hacíamos juntos –explica.

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A la Crespa no le fue fácil aceptar el embarazo. El futuro, tan claro y programado como estaba, se había vuelto de pronto impredecible, y el presente era casi siempre fastidioso. A los mareos, las náuseas, el hambre, y el sueño, se sumó un deseo de aislamiento. No sólo le molestaba haber dejado de entrenar, sino que también comenzó a sentir rechazo por cosas que antes le parecían entretenidas. Por ejemplo, que la gente la reconociera en la calle y le pidiera fotos y autógrafos. Síntomas que ella asimilaba a los de una depresión.
-La mayoría de las mujeres que están en competencias de alto rendimiento postergan su maternidad, porque el embarazo y el deporte son dos cosas complejas de compatibilizar. No sé si fueron las hormonas u otra cosa, pero al principio no quería nada con nadie. Me sentía invadida –recuerda.

Esta etapa, la más dura que le ha tocado enfrentar en estos meses, duró hasta las 20 semanas de gestación. A pesar de todos los cambios que había provocado el embarazo, pensó que tener un hijo en este momento no era tan grave. La maternidad la pillaba con 15 peleas ganadas, dos títulos mundiales, uno latinoamericano, y con muchas cosas por hacer. También, con una buena cantidad de ahorros y un modelo de negocios que le aseguraba cierta estabilidad. Casi todo, sin ayuda estatal.

En el mundo del deporte de alto rendimiento, quedar embarazada no es tarea fácil. Hay historias de tragedias horribles. En diciembre de 2009, la pesista chilena Elizabeth Poblete dio a luz a un bebé prematuro de seis meses, en pleno entrenamiento, mientras se preparaba en Brasil para los juegos Odesur. Meses antes, había competido sin problemas e incluso había logrado su mejor marca, al ganar medalla de plata en los Panamericanos de Chicago. Ni ella, ni su equipo, sabían del embarazo. Su hijo falleció a los ocho días.

Hay otros casos, sin embargo, donde el embarazo ha sido el motor de nuevos logros. La literatura recoge innumerables relatos de deportistas que, luego de haber tenido hijos, han alcanzado el triunfo o han realizado exigentes hazañas, como la de Karen Cosgrove, atleta norteamericana que pedaleó 60 minutos en una bicicleta ergonométrica el día antes del parto y que un mes después terminó un maratón en 2 horas y 46 minutos. O la de la fondista escocesa Liz McColgan, campeona en diez mil metros, que ganó una carrera de su categoría 25 días después de haber tenido a su hijo.

El tema ha sido ampliamente discutido en el deporte. En 1965, la doctora Ekaterina Zaharieva, realizó uno de los primeros informes sobre los efectos del embarazo y el parto en las atletas. Mediante un seguimiento a trece mujeres, que habían competido en las Olimpiadas de Tokio de 1964, determinó que once de ellas regresaron al entrenamiento intensivo entre tres y seis meses después del parto, incluso con un nivel superior al que tenían antes del embarazo. No estaba claro qué generaba esto, pero de alguna forma, las competidoras que eran madres retornaban con más energía. Carolina recuerda que eso lo escuchó en el 2004, cuando con Claudio fueron a una capacitación.

-Nos dijeron que había mujeres que se embarazaban para aumentar su capacidad física y que después abortaban. Igual es heavy, porque eso se hace con la intención de obtener un rendimiento personal, no para tener un hijo. Eso me sorprendió, pero no sé si será cierto. Nadie anda diciendo que se embaraza para aumentar sus capacidades, además, con tres meses a ninguna deportista se le nota la guata –explica.

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En los seis años de carrera que ha hecho en el boxeo, Carolina ha negado públicamente a su pareja en múltiples ocasiones. Un par ocurrieron en la televisión, cuando le preguntaron si estaba pololeando, y luego lo hizo en el diario La Cuarta, donde titularon: “La ‘Crespa’ Rodríguez busca su príncipe apañador”. En aquella entrevista, atribuyó su soledad al poco tiempo que le quedaba para su vida personal.
-Nunca hablé por miedo a que se mezclara mi carrera deportiva con mi vida amorosa. Pensaba que si contaba que mi entrenador era mi pareja, los diarios iban a centrarse sólo en eso y no en mis habilidades. Donde iba, me tiraban la talla con el pololeo y ya estaba un poco aburrida de eso. Pero esto le pasa sólo a las mujeres, porque a los futbolistas nadie les pregunta de su vida personal o si están bien o mal en el matrimonio –cuenta la Crespa.

Al ver las respuestas, Claudio se reía. Carolina recuerda que cada vez que ocurría un episodio así, sus amigos cercanos lo molestaban: “ya te negaron de nuevo”, le decían en tono de burla. Para él, no era problema. Lo importante, decía, se jugaba en el deporte. Si había triunfos, había prensa, y mientras los periodistas hablaran bien de ella como competidora, todo lo demás daba lo mismo.

Llegar a esta etapa, la del éxito y el reconocimiento, costó casi cuatro años. Al comienzo, el boxeo no solo compartía la misma precariedad que rodeaba al kick boxing, sino que las cosas tampoco fueron a la velocidad que esperaban: entre abril de 2010 y julio de 2013, la Crespa peleó en ocho ocasiones, cuatro en Argentina y cuatro en Chile. Aunque en todas fue la ganadora, el público del boxeo continuó siendo reducido y las marcas no se interesaron por auspiciar el deporte. Estaban muy lejos de convencer a un mercado reacio a vincularse a un espectáculo de mujeres golpeándose.

El 31 de agosto de ese año, sin embargo, Carolina Rodríguez hizo historia. Esa noche, se convirtió en campeona de la categoría peso gallo de la Asociación Internacional de Boxeo Femenino (WIBA). Aquel evento, organizado a pulso, con créditos bancarios, y con la ayuda de un solo auspiciador, puso luces sobre ella. La Crespa acaparó portadas y notas, y un año después, TVN transmitió, desde el Estadio Nacional, la disputa por el título mundial de la Federación Internacional de Boxeo (FIB). Por primera vez en años, un espectáculo así llegaba a la televisión. Verla en el ring provocó un extraño fenómeno en la audiencia y la transmisión alcanzó un rating de 17 puntos promedio. Cuatro días después, la Presidenta Michelle Bachelet la recibió en La Moneda.

En el entorno de la Crespa se construyó un relato épico que cautivó al mercado. Su historia –la adversidad, el esfuerzo, y el triunfo-, de alguna forma estaba cambiando la imagen que la gente tenía del boxeo. Su figura se volvió rentable.

-Hace como tres años fuimos a la Coca Cola a pedir auspicio y nos dijeron que no podían apoyarnos, por la historia que habían dejado otros boxeadores en Chile. Para ellos, los boxeadores eran sinónimo de borrachos –cuenta.

La Crespa recuerda historias que ayudaron a configurar ese estereotipo. Dice que una vez, durante un campeonato, vio algunos entrenadores y árbitros tomando arriba del ring hasta muy tarde y al otro día andaban pasados a alcohol.

-Ese mismo ejemplo lo toman los chicos deportistas. Imagínate esos niños en ese ambiente. Nadie niega que te tomes una cerveza, pero emborracharse en un lugar donde se hace deporte es otra cosa. ¿Cómo vas a respetar a un entrenador que queda raja de curao? –se pregunta.
Sus críticas le valieron duros enfrentamientos con otros boxeadores. No tiene claro por qué, pero desde la Federación Nacional de Boxeo comenzaron a ignorarla. Luego vinieron los conflictos. El primero, denuncia, ocurrió cuando se negaron a canalizar recursos que el gobierno había comprometido para que ella organizara una pelea. El otro, cuando a comienzos del año pasado no la invitaron a la celebración de los 100 años de la federación. En esa ocasión, el casi campeón del mundo Martín Vargas tuvo duras palabras para ella: “Yo de esa mujer no hablo. Primero, para que ella hable de mí tiene que limpiarse el hocico. No quiero decir nada de esa mujer, pregúnteme todo lo que quiera de mi persona, de cualquier boxeador, pero menos de ella”, dijo mientras le hacían una entrevista.

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Pese a las críticas, Carolina Rodríguez se fue convirtiendo en una estrella. Fue invitada en programas estelares y el público comenzó a reconocerla en la calle. Sus triunfos y la parafernalia que rodeaban sus combates -inspirados en los grandes espectáculos de Las Vegas-, fueron fidelizando a miles de seguidores, que paulatinamente empezaron a repletar los gimnasios de boxeo. A fines de 2014, la encuesta “Valor de un Rostro”, realizada por Adimark, la ubicó en el quinto lugar de entre 54 mujeres reconocidas del país. Fue el momento en que se consagró como una figura pública.

-Todos dicen que le cambiamos el rostro al boxeo –cuenta con orgullo.

Luego, vinieron ofrecimientos por montón. Nuevos auspiciadores, entrevistas pagadas, programas de televisión, y charlas motivacionales. Las compañías, que antes se negaban a tener reuniones con ellos, ahora los recibían con todos los agasajos posibles. Recorrió Chile contando su historia. Hasta la semana pasada, con casi ocho meses de embarazo a cuestas, Carolina llevaba 73 charlas. La última que dio fue en CasaPiedra, ante un auditorio repleto de vendedores de seguros de Metlife: “Nosotros tuvimos que aprender a vender, fuimos nuestros propios mánager. Tuvimos que cambiar una visión. Fuimos deportistas y vendedores. Queríamos que el boxeo siguiera creciendo, y para eso tuvimos que aprender a mirarme como un producto”, les dijo ese día.

Al terminar el evento, un grupo de vendedoras se acercó a saludarla. Se tomaron fotografías y le desearon suerte. Carolina posó sosteniendo su guata. En estos meses, ha subido ocho kilos y se espera que al término del embarazo llegue a los diez. En las últimas semanas, dice, se lo ha pasado echada. La única actividad que ocupa sus días son las clases de pilates, que una instructora personal le hace en la casa. Quiere tener un parto normal, lo más sano posible para una rápida recuperación. De eso depende volver a pelear. Según las reglas, luego de tener a su hijo, la Crespa tiene siete meses para revalidar su título. Si no consigue llegar en forma física, lo debe entregar.
-El embarazo muchas veces trunca carreras deportivas. Imagínate si el niño te sale enfermizo, jodiste con todo, porque el deporte es lo que nos mantiene económicamente, y si las mujeres optamos por la maternidad, también estamos postergando eso –dice con preocupación.
La decisión de volver o no, sin embargo, no es algo que le apresure tomar hoy. Asegura que cuando tenga a su hija en los brazos hará lo que sienta, y que a lo mejor no va a querer regresar al ring en tan poco tiempo. El amamantamiento es algo que también ha estado pensando. Le han comentado que algunas deportistas se cortan la leche para entrenar con más intensidad luego del parto, y así evitar los dolores que provoca la lactancia. Ella se niega a hacerlo.

-El plazo para regresar debería ser mayor, por lo menos un año. Ahí se nota que los reglamentos en el deporte están pensados desde el hombre –critica con énfasis.

En un mes más, sabrá cuándo volverá a boxear.