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La razón básica para plantear la idea de hacer una nueva Constitución es que la que tenemos fue redactada en dictadura, por lo tanto impuesta. Así, no nos representa. Pero hay varias razones más parahacer el esfuerzo –todos– de recorrer el proceso necesario para generar una nueva Constitución.

Cunde la sensación de que hemos llegado a un alto grado de desconfianza entre nosotros, de baja estima ciudadana, injusticia social, hostilidad. Sentimos que las reglas no son iguales para todos, hay incapacidad para escucharnos, violencia verbal, descalificación de quienes piensan distinto. Al parecer no cabemos todos, están ellos o nosotros, la vía violenta es el único modo para conseguir reivindicaciones sociales, etc. Hay un ruido social que nos impide escucharnos. Un negativismo tóxico.

Pretender ponernos de acuerdo, en estas condiciones, para imaginar una nueva Constitución, no parece posible, suena a voluntarismo trasnochado. ¿No somos capaces de ponernos de acuerdo en el horario de invierno y vamos a discutir una Constitución? Da la impresión de que el individualismo y la competitividad nos tiene a todos en un estado febril, repitiendo frases hechas por otros y corriendo como pollos sin cabeza. Nos hemos hecho amigos de la ironía, del sarcasmo, de la hipocresía, del exhibicionismo frívolo de la inteligencia individual. Nuestros medios de comunicación nos enseñan a descalificar, a hiperventilar toda expresión, a descubrir el mal en cualquier circunstancia, a valorar el negativismo como excusa para arrancar a ninguna parte.

Así, lo colectivo nos resulta lejano. Perdimos educación cívica, sentido de bien común. No nos reconocemos como habitantes compartiendo una geografía.

Pero tal vez los chilenos seamos mejores de lo que nos pensamos, de lo que la prensa piensa por nosotros, de lo que los partidos políticos piensan por nosotros, de lo que los empresarios piensan por nosotros, de lo que los estudiantes piensan por nosotros.

Son demasiados los que piensan por nosotros.

Y quizás hay mucha más solidaridad, respeto, amabilidad en los chilenos de lo que nos dicen los que piensan por nosotros.
Quizá sea el momento de hacernos cargo y empezar a pensar nosotros por nosotros. Puede sonar a terapia nacional, a gesto de autoayuda cívica, pero quizás por el descalibre social en que estamos, puede ser justo el momento para salir del confort individualista y atrevernos a hablarnos desde lo más básico. Desde el saludo más básico, desde el buenos días.

El proceso de revisar en qué creemos, qué esperamos de nuestra convivencia, cómo entendemos la justicia social, la igualdad ante la ley, en fin, todos los principios y valores básicos que se definen en una Constitución, nos puede ayudar a hacernos cargo de nosotros mismos al ser nosotros mismos los que nos redactamos, en lugar de esperar que alguien se haga cargo y después reclamar que no somos así.

Si tenemos creencias, sabemos que los demás también las tienen. Si queremos sentirnos dignos, los demás también. Y si algunos son capaces de expresar lo que creen, todos podemos hacerlo. ¿Cuál es el problema? Deberíamos volver a confiar más en nosotros, en el del lado, en el del frente. Quizás nos va a costar sacar el habla, entender cómo va a ser escuchada nuestra voz, cómo va a quedar escrita. Habrá ajustes en el camino, resistencias, errores. Pero finalmente, ese camino nos exigirá definiciones básicas que nos harán entendernos mejor. Precisamente la capacidad que tengamos de generar un espacio que contenga las distintas visiones es lo que dará validez a nuestras reglas de convivencia.

Por una vez hagamos lo contrario, no nos quedemos en las aprehensiones y en la comodidad de “es que en este país”… Es nuestro país, que amamos. No hay nada que perder.