EL-MANTRA-DE-LOS-REMOS
MANTRA DE REMOS
Germán Carrasco
Alquimia, 2016, 126 páginas

IDIOMA DEL MANTRA DE LOS REMOS

Hijo enseña a mirar a padre,
le refresca la gramática.
Piensan en su sino de cronistas
y en el sentido del retrato.

El niño es el padre del hombre.
Hijo descubre a padre: reza.
Lo que sigue son las palabras
del raro rezo de pa:

No es por mostrar mis credenciales
ni hacer lobby contigo. Imagino
que no estarás para pavoneos
o corvetas lingüísticas
así que me permito declarar.

Como te decía, desciendo de gente
que hablaba sola y miraba al suelo
pero fui parido al ritmo del rock
& roll por padres jóvenes.

No infecté al mundo con prensa.
A veces sin querer pasé a llevar
a alguien por ahí y dije barbaridades
pero era joven entonces.

Gasté poco petróleo plata agua,
caminé largo y me soñé en la pesca
en Magallanes o en la esquila
cuya lana abriga el frío de la culpa.

Jamás me afilié a un grupo
de repartición –tan jóvenes y ya en eso–.
Leí a los vecinos para salir de la isla:
no basta con hablar otro dialecto

sino sentir el mantra de los remos
sin despreciar la palabra local
ni despreciar a hermanos mayores
ni ignorar a hermanos menores.

Aprendí algo y traté de transmitirlo
en esta Babel transaccional,
menos Babel por lo políglota
que por la severa incomunicación.

Nací, en el mejor de los casos,
en un país femenino y receptivo
y en el peor: un país de gendarmes
e inspectores de escuela.

Trataré de no errar, de abrir el cuore
y de hacer todo lo que pueda
pero considera todo esto
y mi educación de liceo fiscal

si llegase a resbalar, que es muy probable,
si llegase a perder el ritmo,
si luego de un tramo largo se me resbala
un remo y cae al agua, ponte tú.

ATACAMA

El gris inmenso del desierto
ocupa todo el plano.

Toda la soledad del planeta
o un territorio extraterrestre.

Aparece lentamente en cuadro
una escolar hermosa

con una blusa impecable
y mirada limpia.

Lleva, a modo de bandeja,
una maqueta de la vía láctea.

EL CAMIÓN DE LA BASURA (fragmento)

COMO EUROPEO ANTE EL CANTO DE UNA INDIA
o cubano en un supermercado
en estado de completa alucinación

o como un niño de un pueblo perdido
cuyo único espectáculo era ver

el camión de la basura,

el primer camión de basura
con compresor
que había llegado al pueblo.

EL CAMIÓN APISONABA EL MATERIAL
con planos morosos, a la rusa,
Loznitsa, ponte tú, o Sokúrov.

El susurro mecánico vociferaba
áfono la palabra
devenirrr
con rugido de monstruo de manga
o de académico con estrella de sheriff
o una mezcla de ambas cosas.

COMO EUROPEO ANTE EL CANTO
de una india hermosa
o cubano en un supermercado.
Así, o como un campesino
que mira con binoculares
el funcionamiento de la grúa,
así deberías ver el mundo.

NATURALEZA MUERTA

Le suplicaba a mi hermana que no cortara
la parte oxidada de las flores que le había regalado.
Cámbiales el agua si quieres pero no elimines
esas hojas, deja que caigan solas esas partes
y cuando caigan, déjalas un tiempo en la mesa,
al menos un día, pule la mesa sin tocar esas hojas;
además, algunas partes que sueles podar
ni siquiera están oxidadas del todo. Y otra cosa:
deja un minuto los platos con residuos
sin desesperarte por lavarlos de inmediato,
ya los lavaré yo luego, no te preocupes;
descansa un segundo, fuma, tírate en la cama
por el amor de dios, échate en el sofá, permíteme
un segundo, te voy a leer unas páginas de Tanizaki
acerca de las pátinas y vestigios del tiempo sobre las cosas;
te vas a reír cuando habla de los excusados japoneses. Descansa.
Pero nunca lo hizo. Nunca lo hacen.
No saben hacerlo.

EL RECREO

Este cansancio tendrá fin un día
y con él la inundación de fotocopias,
computadores que no funcionan,
el programa de la vida que cada tanto
cambia su versión.

Se acabarán las parejas que duran
cuatro años, un año, tres meses,
y también las que duran una noche.

Se acabará el ejercicio
de sublimar la queja en melodías
susurradas al subir la montaña.

Cesará la brisa sobre las delgadas
y exclusivas flores de altura, nieve y roca;
saldrán de cuadro los pumas con su vida
de perseguidos.

En fin. Fin de ítems varios:
restaurantes peruanos que usábamos
como refugio, el vino,
la virgen del San Cristóbal,
el deporte, las conversaciones
con gente que nunca trató
su evidente depresión,

el pánico a las enfermedades y a la idea
de poner el pie en un hospital
durante media hora,

el cuidado del cuerpo con diversas disciplinas
y la destrucción del corazón con la misma
cuchilla mellada de siempre,

una vida entera durmiendo en sofás,
la enorme dificultad de preparar
el desayuno,

toda sonrisa preciada, toda voz
de vino y terciopelo. Toda toxina,
todo fantasma, toda sombra.