gato negro

Como oficio temporalmente de homeless, pensé ir a tu casa, ducharme y descansar un rato. Pero recordé al maldito oso con el que tengo que trabarme en unas extensas luchas de jiu jitsu –o incluso esa brutalidad asesina de krav magah– si se me ocurre ponerle una cucharada rasa de miel a la avena sin hacer ruido, en silencio de cuarentón. Donald Justice, un poeta de Miami, escribió: “Los hombres a los cuarenta aprenden a cerrar las puertas con suavidad / y sienten un ligero temblor en los descansos de las escaleras como si estuvieran en la cubierta de un barco –se detienen a pensar– / Se acuerdan cuando eran niños y practicaban en secreto hacer el nudo de corbata como su padre. / Ellos son ahora más padres que hijos / y algo los inunda, / inmenso como el sonido de los grillos / que invade sus casas / cuyo subsidio recién comienzan a pagar”.

Algo así, traduje a la rápida, mejor léanlo en inglés. Recordé al oso culeado y a los malditos hipopótamos y elefantes. Una completa locura tener esos animales en un departamento de 74 m2 en pleno centro de Santiago. Y en La Reina, ¿has visto la infinita cantidad de carteles de animales perdidos? ¿Por qué se pierden tanto? ¿Y por qué tanta preocupación luego de que se pierden? Hay carteles hasta de una empresa que ofrece instalarles gps. Vi a una mujer que le habla a su perro como si fuera su amante. “¿Querido, entramos a la casa?” Los elefantes e hipopótamos reculeados hicieron recagar el bergere que me regaló el escritor y editor Pablo Torche. Hicieron recagar todo, en realidad, con el cuento de la diversidad, el respeto a las otredades, al instinto natural y la cacha de la espada. ¿No se te ocurrió tener una gatita negra y sensual, tímida y regalona con una cola esponjosa? ¿No se te ocurrió tener un hijo, incluso, en vez de este insectario jurásico, loca de patio?

Te acuerdas de la novelita de Zambra porque sólo lees cosas que salen muchas veces en la prensa o de escritoras también cuarentonas y con buena facha, como dices tú. En la nove de Zambra, los padres le dicen al hijo algo así como: “pensamos tener una mascota o un hijo y tiramos una moneda al aire y salió: hijo”. Es terrible lo que escribe, y es también de lo mejor que ha escrito el negro. Hicieron recagar el bergere que me regaló Pablo Torche antes de que ingresara a Revolución Democrática. Entonces se puso distante y, al parecer, profesional, como los antiguos Mapu: secos para los negocetes. Al menos no usa la palabra estimado, eso sí que sería una humillación directa. Un bergere que me regalaron y que yo te regalé y que veía hecho jirones cada vez que pasaba por ahí a ducharme y tomar un té con jengibre. Y ni hablar de las toneladas de mierda en que había que nadar, como en el barro de una pobla. Imagino que Torche me imaginaba dictando serenamente un taller en ese aristocrático y hermoso trono. “Sí, este se puede salvar”. ¿Existe el amor a los animales, como dice el libro de Cecilia Pavón? No: lo tuyo es misantropía, enfermedad, una depresión que no es peor que la mía.

Recordé a un hermoso pato yeco, un invasor peruano hermoso como un cisne moreno. Se enamoró de mi mujer el bicho ese en una playa primitiva y virgen en donde obviamente había que bañarse empelotas. Estaba a punto de abrazar a mi Leda ese Zeus camuflado si no es porque aparezco yo en escena a poner las cosas en su lugar, entre un griterío de gaviotas alharacas que tomaban palco ante una eventual contienda grecorromana. Un héroe empelota: la natura vs. el hombre. ¿Sabes por qué me acordé del famoso pato yeco a propósito de tus mascotitas del infierno? Porque el pato ese está declarado plaga, de manera que no está prohibido cazarlo. ¿Pero quién haría una cosa como esa? Es una bestia demasiado hermosa y grande. Son unos clavadistas admirables, además. Y me acordé de ese pato porque cagan abundantísimamente y su mierda es de una toxicidad tal que pueden arruinar una palmera de una sola cagada, de manera que en Iquique –ése es puerto, las demás son caletas– no está quedando una puta palmera en pie. También recordé ese video real y tragicómico en donde un ladrón, en pleno robo, no encuentra mejor idea que “probar” un ratito la cama más sedosa y blanda que había visto en su vida, e imaginó a la mujer y al hombre acariciándose y se sintió como un niño hijo de ellos con desayuno y la prensa de papel en dos idiomas en un domingo cálido, o como un tercero en un menage a trois y pensando cosas hermosas cedió a la dulzura del sueño. La policía lo encontró durmiendo como el más feliz de los niños, soñando con ángeles.

Por eso me amarro al cinturón mi bolsa con la billetera, hierba mate y otras hierbas para la panza y los nervios para –según yo– evitar los clonas y convertirme algún día en un animal fuerte y sonriente como Arturo Godoy. La bolsa con unos sachetitos de té y un par de libros porque me he descubierto cabeceando en el banco de una plaza en la página 77 de no te voy a decir qué cosa con un lápiz de mina que dice Homy. Sí, quisiera ser un animal, un árbol incluso, al que le clavan un cartel de mascotas perdidas.