Nos-invaden_Por-Marcelo-Mellado

-Suelo ir a comprar parafina con un bidón de cinco litros para hacer funcionar una estufa Toyotomi que me regaló mi hermana mayor, sin su mediación mi vida se deterioraría hasta el delirio (me refiero a mi hermana). Te recuerdo, hermana, que me ofreciste el horno eléctrico que te ganaste en una rifa; podrías, además, traerme la lavadora que era de la mamá y que tiene nuestra hermana menor.

–Suelo caminar largas distancias, sólo para sentir que todavía puedo hacerlo, y clasificar los árboles y las plantas con los que me encuentro a mi paso y esquivar la mierda de perro. Y mirar casas posibles de habitar, todo esto dentro de un plan utópico de construcción de familia.

–Suelo comprar plantas medicinales para optimizar mi jardín y convertirlo en un centro de salud natural o al menos en un espacio mínimo de estética barrial. Debo reconocer que las típicas plantas y flores ornamentales también me agradan, aunque sé que me desperfilan; no consigo evitar que me encanten las rosas, que no pueden ser más ordinariamente kitsch, lo cual me tranquiliza.

–Suelo angustiarme más de la cuenta con el “valecallampismo” que impera en nuestro ordenamiento social y cultural, pero hay que acostumbrarse a la lucha frontal contra el fascismo chileno –endémico, por lo demás– cuya expresión descollante es la odiosidad doméstica y el desprecio institucional, ese espacio deteriorado en que comparecen todos nuestros corazones rotos. Valecallampismo, valga la explicación, suelo definirlo como ese juicio previo, de carácter descalificador, que hacemos de otro cualquiera que se nos aparece como obstáculo en nuestra ruta miedosa, es decir, de la amenaza paranoica constituyente que nos constituye.

–Suelo mirar culos de mujeres sin ansiedad alguna, aunque no dejan de inquietarme las costumbres alimentarias de las nuevas generaciones que influyen en las ofertas volumétrico corporales. Igual mi mente distorsionada me provoca fantasías oníricas con felatios alucinantes en espacios pastoriles.

–Suelo participar de un colectivo político que busca una alternativa que supere el binominalismo chilensis y que mejore nuestras condiciones de vida; pero la política es lo más aburrido que hay, porque la banalidad de las aspiraciones de poder la convierte en un espectáculo deprimente y predecible e irremediablemente adolescentario. Aún así la gente decente debe insistir en no dejarle todo el espacio a los voluntariosos del poder y del crimen institucionalizado, he dicho o suelo decir.

–Suelo imaginar que me voy a la chucha y reacciono y me digo: “Chucha, no puedo irme a la chucha, y menos en este momento”.

–Suelo conversar con las niñas y los niños pequeños, porque me encantan sus modales retóricos; ellos me renuevan el habla y me incitan a recuperar las simples maravillas de esa cosa que llaman existencia humana. Igual me horrorizan cuando los veo que andan, arrogantes y seguros de sí, de la mano de alguien que generalmente es su madre.

–Suelo escuchar partidos de fútbol por la radio y, además, a veces, suelo ver partidos del campeonato europeo en el Moneda de Oro. Este rito solitario reconforta mi espíritu y consolida mi pasión estratégica, porque me sumerge en el diseño táctico de los equipos en disputa; me apasiona distinguir las funciones que ejercen los operadores-jugadores y la calidad de esa performance.

–Suelo hacer esquemas de distribución del campo político y cultural, y leo a columnistas pelotudos, como yo, que representan viabilidades discursivas y las coloco en una especie de mapa conceptual. Descubro que la estructuración elemental de los discursos se puede disponer en dos bloques binominales con leves variaciones, todo insoportablemente predecible. Y caigo en la cuenta de que siempre me equivoqué con esto de los procesos emancipatorios, porque la sensación de mismidad de lo mismo es lo que tranquiliza a las comunidades; los cambios, o la necesidad de los mismos, son pura posterioridad o incomodidad radical de la vida presente de unos pocos iluminados.

–Suelo imaginar que el proceso constituyente se materializará en un recetario de cocina patrimonial. No podría ser de otra manera, hemos pasado de los Clubes Radicales a la comida chatarra y, luego, a la cocina de Zaldívar, para, finalmente, recalar en el salmón contaminado y contaminante del sur.

–Suelo, aún, zurcir mis calcetines, una tarea doméstica que me dignifica; es decir, mantengo en mi casa, en pleno funcionamiento, un costurero. Esto me conecta con la imagen de mi madre y otras imágenes subsidiarias que debo mantener vivas en la memoria procesual de la sobrevivencia. La mía y la de los otros.

–Suelo recordar a mi padre y su ironía consoladora. Imagino que él se conformó con lo que uno hacía, a pesar de las distancias; creo que tomó conciencia, y eso lo tiene que haber enorgullecido, de que la matriz retórica (valga la paradoja) de toda mi operación textual venía de sus propios relatos o de su modo delirante de capturar el mundo. Ya había dejado de preguntarme en qué estaba trabajando y en dónde vivía, es decir, ya no sospechaba de mi falta de proyecto.

–Suelo habitar un suelo caudaloso; bajo mis pies puedo percibir ese torrente angustioso que lo inunda. Pero mientras haya, suelo creer, una vieja culiada barriendo un patio o una vereda, aún hay patria o república posible.