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Yo soy otro, es decir, soy un otro que, descentrado, debe recurrir a la primera persona literaria para mantener una existencia precaria en el mercado literalitoso. Uno de mis jefes –tengo varios, incluido una jefa– me habló del modelo de copamiento del mercado de un youtuber llamado Germán, un fenómeno internacional, chilenito, que protagoniza ferias del libro y la escena en(red)osa paralela sin la cual no podemos enfrentar la escena básica. Todos quisiéramos protagonizar escenas para ganar algo más de dinero y pagar más dignamente las cuentas. No hace mucho pagué la última cuota de mi estúpida profesión (en esa época estaba prohibido hablar de gratuidad) y no me sirvió de nada. Pude trabajar muy poco de profesor, no sólo porque es indigno, sino también humillante.

A Germán lo vi una vez en las noticias y me despertó interés. Vi una de sus performances en YouTube y me pareció un comediante de living en situación festiva, previa al borrón drogo etílico pendejístico clasemedianoide (no sé si queda claro). Es muy arbitrario lo que digo, porque lo he visto muy poco y me aterra verlo más. Con mi hermano estamos tratando de hacer algo online, pero en formato tele, aburrido y discursivo; no creo que nos vaya tan bien como a Germán, porque nos falta esa torpeza calculada de la comedia tecnológica.

El otro día, a propósito de escenas, me tocó estar en un seminario programático de una candidatura comunal ciudadana, en la que se exponían diversos tópicos de lo que es o debiera ser un gobierno municipal. Y descubrí que los expositores más jóvenes, acostumbrados a las llamadas nuevas tecnologías, escenificaban (o actuaban) una especie de tutorial, de esos que se ven en las redes; uno expuso sobre una incubadora de proyectos empresariales en la zona devastada que habito y su estilo era parecido al de Germán. En lo personal me divierten los tutoriales, porque reproducen la ficción enseñante clásica sin el face to face, es decir, sin esa audiencia maldita escolarizada que te desprecia. He imaginado la vida como un tutorial. Incluso he pensado que se puede gobernar el país a través de tutoriales, apelando al adjetivo “inteligente” que se le pone a ciertos sustantivos como “smart city” o “smart citizen”. Esto debiera redundar en un cambio definitivo de paradigma de la representación y de la comunicación política. ¿Alcanzará la smart culture como instrumento ciudadano para triunfar sobre la clase política que sólo quiere destruirnos o es sólo una estrategia más de los malos y poderosos para obtener la hegemonía mediática?

Creo, hijos de la masturbación con objeto, que falta el McLuhan de nuestra época que dé cuenta de esta mediación de mediaciones, o de la mediósfera, creo que así lo llamaba un filósofo francés que anduvo con el Che en Bolivia. Porque uno que fracasó en la construcción del nicho propio o que armó un chiringuito precario que apenas alcanza para el día a día, tiene que seguir el esquema sobrevivencial del pre smart world. En cambio las nuevas generaciones son muy astutas para ejercer la sobrevivencia y la manutención. Maraquean con mucha más desenvoltura e impudicia que mi generación. Prácticamente no tienen suelo moral y cuando tienen algo de conciencia política (y son dirigentes), se dedican profesionalmente a esa pega, ya sea en el parlamento, en los municipios o en espacios gubernamentales, los muy malditos. En resumen, debo estar muy equivocado.