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Para algunos, The Clinic ha insultado a diestra y siniestra, sin andarse con miramientos de ninguna especie, de manera que tendríamos que ser muy hipócritas –dicen ellos– para escandalizarnos por el recorte de una escucha telefónica usada sin el menor temor a generar un equívoco de esos que hacen eco tan fácilmente por estos días, en que la popularidad y respeto de las autoridades está por el suelo, y el mote de ladrón puede manchar para siempre a un poderoso con una mínima salpicadura de tinta. No voy a explicar aquí la diferencia entre animus iocandi y animus injuriandi, ni la seriedad y rigor y libertad editorial con que hemos aprendido a desarrollar nuestro trabajo periodístico, pero es cierto, tendríamos que ser muy hipócritas para escandalizarnos. Sabemos cómo funcionan los medios. Sabemos que no son inocentes. Aquí lo que distrajo la conversación fue la decisión de la presidenta de entablar una querella. Quizás existan datos que uno desconoce capaces de transformar estas intrigas de Juan Díaz en otra pieza de un gran engranaje conspiracional (según Bachelet, había cinco medios que tenían las “escuchas” y sólo Qué Pasa decidió publicar aquellas que la afectaban a ella, salvando a los políticos amigos de la casa), pero suena exagerado, pasado de rosca. Todo indica que la querella es el resultado de una mujer molesta y ofendida, que optó por olvidar su indumentaria presidencial a la hora de interponerla, porque si la hubiera tenido más presente no le hubiera infligido esta rajadura. Como me dijo alguien: “antes debió enfurecerse con el hijo”. ¿O es que esperaba que la prensa de derecha no aprovechara el caso Caval para desacreditarla, mientras ella lleva a cabo reformas que detestan? A Longueira y los otros coroneles de la UDI que Juan Díaz metió en el baile de las acusaciones falsas, se les cuida más. ¿Se justifica una querella si un medio de comunicación transcribe literalmente algo dicho por otro cuando esto es falso? Yo creo que absolutamente no. Abriría un ámbito de consecuencias inauditas. El género de la entrevista se pondría en peligro. Las conferencias de prensa no podrían ser transmitidas sin antes verificar las declaraciones. Es a Juan Díaz a quien la presidenta debiera preguntarle por qué dijo eso. La revista Qué Pasa sólo le dio rienda suelta a la tentación de festinar con ella, cuando está de moda hacerlo. Llevó a cabo un pésimo periodismo, porque en lugar de ayudar a esclarecer una historia, invitó a la sospecha sin fundamentos. Esas grabaciones podrían ser parte de un reportaje acerca de Juan Díaz y su calaña, pero así, aisladas, invitaban a un evidente malentendido. Por eso me llamó la atención el desparpajo con que pasaron de pedir perdón a esgrimirse como héroes de la libertad de expresión en su último editorial. “Sólo nos queda reafirmar que seguiremos haciendo nuestro trabajo, y defenderemos nuestro derecho a hacerlo donde lo tengamos que defender”, dijeron. Pero la querella fue tan mala idea, que les permitió tomar la delantera. Y como el de los periodistas es un gremio que se solaza en el heroísmo, esto se convirtió en una causa libertaria, de defensa de la dignidad y la democracia, y hasta se comparó la reacción presidencial con las políticas de control de Rafael Correa y Cristina Kirchner. Ridículo. ¿O alguien de verdad cree que este horno está para esos bollos? Los bacheletistas más fieles han respondido resucitando el viejo tema concertacionista de la concentración de los medios, pero ya están viejos para eso, para seguir quejándose en lugar de aprovechar las nuevas posibilidades que oferta la tecnología, para pedirles a otros que sean como ellos quieren en lugar de hacer ellos lo que quieren, y, como si fuera poco, llorar cuando los agreden y volver al día siguiente a sobarles el lomo ofreciendo entrevistas exclusivas y avisaje del Estado. Sospecho que la querella no llegará a puerto, nadie irá preso, y la libertad de expresión se mantendrá intacta y desigual, como nuestro libre mercado.