ex pareja

Siento que en este período del año comienzan a proliferar los Echaurren, es decir, los sujetos masculinos echados cagando por sus cónyuges de las casas que, hasta ese momento, mal compartían. Es una sensación subjetiva, pero que figurativamente define una narrativa conductual chilensis. El gerundio “cagando” alude a algo perentorio, a una urgencia de abandono y de salida; todos “los cara de chilenos” hemos sido irremediablemente un Echaurren en alguna oportunidad. De este tema ya hemos escrito en otra ocasión, describiendo el fenómeno con toda su carga antropológica. El concepto Echaurren (o Echáurrenes) está instalado. Incluso comentamos que en Valpo hay una plaza con ese nombre en donde se dan cita los más radicalmente “echados” de la ciudad, los más dañados, aquellos que sólo el bigoteado más malo logra ubicar en la patria del olvido.

El otro día me llamó un amigote de Santiago comunicándome que lo habían convertido en un Echaurren, pero en Echaurren Premium, recalcó, porque su familia materna lo había recibido en una comuna mucho mejor que en la que estaba y en una casa a todo trapo. He visto decaer ostensiblemente esa cosa asquerosa que llaman relaciones de pareja, ahora son sólo funcionales acuerdos de habitabilidad. Me imagino que este tema tendrá que ser asumido, de algún modo, en toda esta parafernalia que están haciendo con el proceso constituyente.

En lo personal percibo la crisis política como un síntoma más de la decadencia de las jerarquías patriarcales, determinadas hoy en día por la relación que uno tiene con el mercado. Esto es refrendado por la crisis terminal de las instituciones que han moldeado nuestra cultura, como son los aparatos del Estado –el Ejecutivo, el Parlamento, las FF.AA.– y la Iglesia, instituciones degradadas en lo más íntimo de su configuración. El país que conocíamos debe estar llegando a su fin. En este contexto decadente lo mínimo que se podía esperar es que unos chicos iconoclastas rompan una imagen de Don Jecho. A todos mis amigos de países latinoamericanos les extraña que aquí no haya más violencia directa.

Pienso en esto mientras trato de llegar al cerro O’Higgins el mismo día del partido de Chile con Bolivia. Voy a una cena con unas amigotas que están más allá de los conflictos que aquí se plantean, son mujeres con una jerarquía moral y un diseño personal que sobrecoge. Cuando llego allá me entero de que la dueña de casa es la madre de “el niño del trole”, un estudiante del Eduardo de La Barra cuyo video fue viralizado cuando se subió a explicar, con una impactante claridad, las demandas de su liceo en toma. Con él vi parte del partido de Chile y conversamos, paralelamente, de proyectos educativos alternativos. Este cabro de trece años nos devuelve la esperanza y nos dice que aún la patria es posible.

El otro hecho esperanzador es que hay una generación de fiscales que hace su pega. Ya hemos hablado de que la judicialización terminó siendo una subversión contra la clase dominante. Tengo grabada la imagen de la fiscal Ximena Chong exponiendo su argumento de que había que dejar en prisión a Orpis, ese hombre muerto caminando, símbolo del fin de un régimen de depredación política. El tiempo de los machitos que tenían todo controlado se termina patéticamente. Estos vienen a ser los Echaurren Premium que hay que sacar cagando de las instituciones de la República.

Y sobre la misma me entero por el diario de que el cerderío socialista, en el colmo de la ceguera política, pretende hacer un acuerdo transversal de gobernabilidad, jugándose por una solución superestructural de la cagada que intentará reproducir la política de los acuerdos y omitir a la ciudadanía. Si queremos hacer un gran acuerdo de gobernabilidad, hay que incorporar a todos los sectores, mucho más allá de la exclusividad política y en donde la clase político empresarial haga un gesto radical de renuncia a sus privilegios. Una utopía leve.