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¿Por qué el nombre Atlas para tu último disco?
–Yo me lo pregunté un día, y en realidad el disco es como un atlas de las cosas en las que estuve pensando, una enciclopedia fallida de cosas que ocuparon mi tiempo mientras desarrollábamos esta música. Y una de las que más me ocupó fue la cartografía, pero la cartografía como sistema pueril, como sistema para reclamar dinero, la falsa cartografía. Empecé a comprender que aquello que suponemos más exacto, los mapas, son una falacia tan grande como muchos de los discursos que existen. Por ejemplo, hay más interés en los derechos de autor de un cartógrafo que en los de un músico. ¿Y cómo los defienden? Cuando publican un mapa, generalmente incluyen deliberadamente errores que no son errores, son huellas.

Estas canciones, como las de tu anterior trabajo, Disco, tienen algo escéptico en el tono, sarcástico incluso. “Los excluidos reclaman acceder al VIP de la gran fiesta del ego”, dices en “VIP”.
–Es cierto lo que decís, pero no está dirigido necesariamente a la idea de que la gente no debería bailar mientras suceden ciertas cosas que no nos gustan. Esa canción puede aplicarse a una discoteca pero también a cualquier reunión donde el ego esté tan publicado y tenga tanta importancia. Me cuesta mucho entender que hoy parezca imprescindible suscribirse a ciertas cosas. Yo crecí en una generación donde ser observado producía paranoia. No era interesante darle mis datos a una empresa que los iba a usar en un contrato, darle la mano a cualquier red social…

Había pudor.
–Y el pudor me parece una cosa fundamental, todavía hoy. Pero lo que uno más temía era entender quién te estaba dando algo fácilmente, porque cualquier cosa que te dan fácilmente es un mecanismo para cagarte. La historia de la humanidad se trata casi de eso. Por lo mismo hay canciones del disco que abordan otro asunto que me sorprende: el facilismo con que hoy se cree en las buenas causas. Uno cae en manos de empresas de propaganda como Greenpeace, y ves que en todo su núcleo superior no hay nadie que sea científico. Inclusive está el exdirector de Coca-Cola. No debe ser mal negocio.

En realidad, más que escépticas o sarcásticas, tus letras dan cuenta de lo ridículo de muchas cosas alrededor nuestro.
–Exactamente. Por ejemplo, el otro día me decían que hablo del futuro cuando digo que “robots ordeñan vacas”, pero la ganadería argentina ya es robótica hoy, porque es sensacional el discurso que se ha montado desde el “no estresar a la vaca”. A mí me estresa pensar que salga leche de esos campos horripilantes en donde están estas vacas que supuestamente se ordeñan solas. En general creo que el pavimento de las supuestas buenas causas está muy bien tendido. Y es sorprendente que, en la era del acceso a la información, la gente crea tan fácilmente en estas cosas sin verificar. Veo que hay una intención de participar de algo que sea positivo, pero que en realidad puede ser muchas veces el vehículo de las peores cosas.

Una suerte de exculpación constante de estar en este mundo bajo sus reglas, muchas veces bien cabronas.
–Claro. Voy en este auto que cuesta muchísimo pero que es ecológico. Dense cuenta de que soy una buena persona.

Casi una nueva forma de religiosidad.
–Absolutamente. El cambio climático, por ejemplo, antes se llamaba calentamiento global y fue un fracaso, porque no ocurrió. Mientras que el cambio climático ocurre todos los días: nunca está la misma nube a la misma hora. Y para más, estamos saliendo de la era glaciar, por lo tanto ¡el mundo se está calentando! Mercurio se enfría y está al lado del sol. Venus se calentó completamente. Marte está más caliente. ¿No habrá otras fuerzas que no conocemos? ¿Por qué estamos tan seguros? Siempre ha habido buenas causas hasta para ir a la guerra. Mi disco se trata de eso también. Líricamente, porque la música no intenta acompañar esa dirección, hay un cierto contraste.

En canciones como “Tejidos” aparece el Melero Crooner en todo su esplendor.
–Me gusta mucho esa canción. Cuando llegué al estudio tenía la idea de que fuera una canción más minimalista de teclado, y ahí surgió la idea de orquestarla. Después, con Yuliano Acri, que se transformó en director artístico y productor del disco, tuvimos muchas charlas sobre el uso del sampler, en este caso del peor launch (Percy Faith) y yo quería entrar en la tablatura del hip hop. La canción mejoró y decidimos correr el riesgo.

Es un mashup muy sofisticado.
–Sí. Y lo lindo es que todo esto sucede en dos días de grabación. Esta canción se grabó en una tarde, acá donde estoy hablando con vos.

Como compositor y productor, ¿cómo te relacionas con la espontaneidad versus la reflexión?
–Yo he atravesado gran parte de la historia de la música grabada, por lo menos la mitad. Conozco los procedimientos del estudio –cortar cinta, pegar, etc.– y como productor tengo 300 discos y pico. Entonces sé que hay cosas que ya no me interesa atravesar, soluciones que en definitiva no las tomé como soluciones. Por qué no creer en algo teatral, que sucede en un momento. Me parece que es un momento donde hay que volver a pensar en que si algo está inspirado, tiene un funcionamiento propio y es orgánicamente incorrecto para las morales y los juicios, es muy importante tenerlo en cuenta. Mucho más que pensar en volver a tocar para corregir o equilibrar. El problema es que uno puede tener miedo de publicar ciertas cosas, y por eso hay muchos discos…

¿Sobreproducidos?
–Sí, o asépticos, como si les hubieran tirado algo que mate sus bacterias. Yo creo mucho en la inexactitud que encaja de una manera imprevista. Las ideas preconcebidas que uno tiene sobre lo que debe hacer suelen ser malas consejeras respecto de lo que está ocurriendo. Una vez que te sentís rodeado de la gente correcta y tenés una intención, es bueno dejar que ocurran otras cosas, sin dejar que la primera intención sea la regente porque “no funciona más eso”. Hace 35 años era novedosa la idea del control y sí, se produjeron grandes discos. Pero en este momento es otra cosa: la apreciación de lo que sucede, de lo que te rodea, y lograr que un disco también sea teatral. Yo creo en la alta manipulación y todo eso, pero ya fue. Hoy prefiero dar vuelta la canción en el estudio, hacerle caso a lo que me rodea. Y si hay algo que hago bien, es rodearme, elegir con quiénes hacer las cosas.

A propósito de rodearte, ¿qué sientes al ver que tu disco “Silencio” junto a Los Encargados haya cumplido 30 años y esté tan vigente?
–Para mí fue una sorpresa lo de los 30 años, me enteré hace unos meses. Ayer estuvimos ensayando algunas canciones de ese disco y me sorprendió comprobar cómo habían resistido a través de los años a cualquier formato que hubiéramos elegido para una ocasión. El material también tiene que poder irse por las ramas y no volver a las raíces siempre. “Líneas” o “Sangre en el volcán”, lo mismo que “Trátame suavemente”, tienen un material del cual nunca te podés alejar, y cuando te alejás, la canción subsiste. Esas canciones las hice cuando tenía 22 años.

¿De qué crees que depende la buena o mala vejez de las canciones?
–Creo que hay muchas canciones que no tienen buen presente, pero tienen buena vejez. A mí me pasa mucho con artistas o grupos que no había querido escuchar: pasa el tiempo y me doy cuenta de que ahí había un mensaje que yo no quise aceptar. Había una canción y yo no quería gastar mi tiempo en encontrarla.

CANCIÓN PROTESTA Y STATU QUO
Con tus últimos trabajos, he pensado en tus canciones como un tipo de canción psicoanalítica.
–Pero quizás eso venga de canciones más antiguas. Por ejemplo, “Quiero estar entre tus cosas” se trata de un degenerado que se quedó solo en la casa de la novia con una impunidad total. Y sobre “Trátame suavemente”, Pedro Saborido, que escribe en el programa de Peter Capusotto, me dijo un día una cosa hermosa: “Yo nunca había escuchado una canción de amor que juntara la palabra ‘enfermo’ con ‘trátame suavemente’”. Es una canción de psicoanálisis, o de análisis, más bien. Es más un tipo de análisis social, y en eso me he enfocado mucho. “La imaginación al poder” me parece más interesante como fracaso que la lucha. Saber ver que una marcha no es instrumento de cambio. Nunca funcionó la idea de revolución y muchas veces solo sirvió para matar gente. Generalmente se inició del lado que tenía mejores armas, y no el mejor discurso.

Muchas de tus canciones son políticas y sociales, pero lejos del lugar común de la canción política latinoamericana, burda muchas veces.
–Sí, para mí ese tipo de canción política o social solo lleva al statu quo: lo único que tenemos, después, es statu quo. La obviedad de tener que proclamar un discurso así, mientras a la vez eso produce un impacto por el cual ganas dinero, es más bien una explotación del público. Yo no tengo nada personal con León Gieco, pero me parece que una canción como “Solo le pido a Dios” hizo mucho daño en Argentina. Cuando la alegoría es muy concreta, ese artista necesita que las cosas sigan siendo iguales para cantar esa canción e ir a ganar plata en festivales, aunque sean a beneficio, que nunca es verdad.

Además, es un tipo de canción moralizante que no da cabida a las naturales incongruencias del propio artista.
–Estoy completamente de acuerdo con eso. Por eso te digo que se acercan a la explotación, porque se colocan en un lugar casi endiosado. Una cosa son las razones y otra cosa es la verdad. La verdad no es algo accesible a lo humano. Algunos tienen ciertas razones y las defienden como verdades. La razón es circunstancial, forma parte de un momento, de un contexto. Las promesas de los dioses solo han servido para explotar a la gente, desde muy antiguo.

A propósito de la canción “Elsita”, ¿cómo es tu relación con las mujeres, con lo femenino?
–Te voy a contar algo que aún no he dicho, y me gusta que me preguntes por esa canción porque hay presunciones varias. Hay una actriz argentina –ícono de un gran cineasta argentino, Leopoldo Torre Nilsson– que se llama Elsa Daniel. Y aunque era muy buena haciendo comedia, se involucró en un cine muy oscuro, y la canción está dedicada a sus papeles, que en general involucraban al incesto platónico, cosas por las que hoy saldría gente a marchar en contra. Me pareció muy interesante para este momento, donde hay mucho reclamo por los crímenes de género, ver cómo en aquel cine hubo una incubación de esas ideas. Hay una reflexión sobre la violencia y sería bueno que también se transparentaran las estadísticas de la violencia con los niños. Esa la protagonizan mujeres y hombres y nadie lo quiere mirar. Me parece que hay una reflexión que debe ser superior al género y no la hemos hecho.

En “Pavimento” parece haber algo de esa reflexión amplia, una suerte de resumen del estado de cosas actual.
–Me di cuenta de eso después de haberla escrito, pero sí. Y no solo en referencia a la Argentina, porque estas cosas ocurren hoy en todos lados. Como el conflicto entre las democracias que intentan controlar las cosas dentro de un límite y un mercado que no tiene límites. Si hay algo que es global, es el mercado. Quizás hay lugares donde la gente es más cándida o está mantenida por sistemas de clientelismo político, pero la democracia se transformó en un camino a la oligarquía en todos los países, para mí es un yugo. No hay presidente elegido que no sea rico. Es un dolor que no hemos sabido resolver y si decís eso, te dicen que es un discurso de derecha, pero lo que es de derecha es lo que sucede. Yo soy anarquista, detesto cualquier sistema, para mí siempre produce basura. Igual voto, porque me aterran tanto los candidatos que voto por el que me da menos miedo, o por utopistas que no van a ninguna parte pero que es necesario que estén en el Congreso. Pero deberíamos haber aprovechado el retiro de los militares para repensar la democracia y los sistemas de elección, y pasó lo contrario: cada reforma que hubo en Argentina fue para asegurar ciertas trampas. Si la democracia fuera más social, habría más límites. Hay fortunas que son diez veces más grandes que algunos productos brutos. Eso quiere decir que las leyes no están a la altura de la moral.

¿Qué has escuchado o leído después de terminar Atlas?
–Lo bueno de terminar un disco es que tenés vacaciones de tu propia música. Hago googleos que sean restar. Ponéle: música de los 80 menos todo lo conocido, y así voy restando.

Músicas de descarte.
–Claro. Lo que no interesó, lo que está colgado hace ocho años y lo miraron veinte tipos suele tener un mensaje. He estado escuchando poemas de Borges leídos por él y pronuncia muy mal. Estuve viendo un disco que me envió Juliano de un falso artista que se llama Marvin Pontiac, y escuchando mucho los demos de Pil. También he leído mucho sobre la gravedad, investigando la idea de que una cosa tan pequeña como un imán venza a la fuerza de gravedad. Es sorprendente.