Bowie 2 EFE
Haykús (homenaje a Ozu)
Hay un pedacito de madera que la playa aleja y amenaza con llevarse. Eso es lo único filmado en uno de los cortos en homenaje a Ozu de Kiarostami. Se lo lleva o no se lo lleva el mar, juega con él como un león con su presa, como una pareja jugando o, mejor, como lo que es. No hay que interpretar, las cosas son lo que son. Los homenajes de Kiarostami a Ozu son haykús visuales. Kiarostami también los escribía, acá hay algunos en la traducción de Clara Janés y Ahmad Taheri: 1) Un potrillo blanco / viene de la niebla / y desaparece / en la niebla. 2) Las moscas / giran en torno a la cabeza de la yegua muerta / cuando se pone el sol. 3) En un templo / de hace mil trescientos años / la hora / siete menos siete. 4) El gusano deja / la manzana agusanada / por una nueva manzana.

Curvas: el camino vs la autopista
Kiarostami habla del sentido de la curva para el mundo iraní, la importancia que hay en la curva entre un punto A y un punto B. Por eso la carretera en zig-zag al principio de “El sabor de la cereza”. Por eso, cuando la manzana rueda, muestra en el making de la película cómo ponen montículos de cemento para que la manzana no ruede recta y haga una serie de arabescos. Eso es parecido a la comparación de las autopistas (pérdida de tiempo entre dos puntos) vs el camino, en donde cada paso es paisaje, meditación, presente. Pero también está su obra maestra para algunos, “Close up”, en donde alguien engaña a una familia diciéndole que invierta en una película que no existe; la familia le cree al timador, que graba el proceso, y luego se graba el juicio. La defensa del juicio es una poética: el acusado se defiende diciendo que efectivamente está haciendo participar a todos en una película que convierte a todo el mundo en actores, y la película realmente es “Close up”, que se realiza. El poeta miente para mejorar la verdad, decía Charles Tominson, otro jugador que nos dejó este año.
“¿Dónde está la casa de mi amigo?” Un niño falta al colegio, otro le consigue la tarea escolar y lo busca para llevarle su cuaderno como si se tratase de algo importantísimo: algo se rompería si no llega a destino ese cuaderno. Creo que eso explica la relación entre un punto A y un punto B como la concibe Kiarostami.

Adioses
Facebook es un poco como la página de defunción que nos recuerda que se mueren los grandes. Y que se mueran los grandes es angustiante porque el mundo se empieza a desertificar, eso se nota más en un país chico. Se nos van los buenos jugadores. Y esto nos lleva a pensar en cierta responsabilidad (como una cuaresma: están ausentes los maestros, hay que reflexionar, buscar nuevos referentes, construirlos colectivamente, hacer buena letra), la responsabilidad del niño que busca a su amigo como si una tarea escolar fuera una cuestión de vida o muerte. En “Le sense du monde” (1993), Jean Luc Nancy dice que Kiarostami –a quien analiza y entrevista– habla de la absoluta contingencia de un mundo en donde estamos inmersos y que necesariamente apela, así, a nuestra responsabilidad de estar ahí y estar con los otros (Nancy recoge aquí el concepto heideggeriano de Mitsein).
Sin embargo, “la muerte menos temida, da más vida” (Pedro de Valdivia). “Por caja quiero un sarape (esa especie de bufanda mexicana), por cruz mis nobles cananas” (los cinturones de balas cruzados), dice un corrido, y otro: “el que es revolucionario puede morir donde quiera”. “Viva la muerte”, decía el fascismo español, oxímoron de su vitalismo y adoración a la fuerza. O Julio Barrenechea: “no pensar en la muerte es no amar la vida”. La muerte nos apura, nos dice que se están muriendo los grandes maestros, que hay que ser responsables con los relevos que escojamos, que la civilización como la conocemos –con poesía, o sea libros y música de verdad– podría desaparecer, y eso nos da vértigo. Especialmente si los que se van son renovadores incómodos. Los grandes no lo son porque la revienten y sean paradigmas: lo son porque establecen nuevos pactos con la palabra. No va a nacer otro Dostoievsky o Mozart como creen algunos: va a nacer algo tan exquisito como eso, pero esa obra que afortunadamente no sabemos qué forma asumirá, establecerá otras relaciones con el arte. Nadie imaginaba que el cine desembocaría en obras como las de Kiarostami. Si fuera por el mundo conservador, no habríamos tenido a Pierre Boulez.

La muerte se lleva de a tres
Los huasos y la gente supersticiosa dicen que la pelada se lleva de a tres. Recuerdo que en mi barrio se murieron dos zapateros que vivían bastante cerca, y cuando lo supo un tercer zapatero que vivía unas manzanas más allá, tuvieron que calmarlo a punta de aguardiente, en los tiempos pre-clonazepam. El aguardiente Quinta Normal le recobró un poco el color de la cara. ¡El hombre tenía miedo hasta de dormir una siesta!
Partimos el año más o menos así: David Bowie – Ettore Scola – Pierre Boulez. Y la reciente tríada, si le creemos a los huasos, sería: Geofrey Hill – Yves Boneffoy – Kiarostami.

Imágenes encontradas
Hay una sobreproducción obscena, un uso televisivo asesino de las cámaras, un bombardeo. Por eso esta cinematografía es un refugio, un recreo, un presente. En “Pan y callejones”, Kiarostami utiliza un cartel popular de un campesino idealizado en su felicidad. Kiarostami usa esa imagen popular con una grieta para demostrar que el campesino ha sido separado de todo lo que le importaba: su pan, su té, su carne y su tabaco, pero su estado de ánimo ha permanecido igual. En la conversación con Jean Luc Nancy, señala: “la tierra ha temblado, pero nosotros no”. Es una imagen encontrada, como aquella de la casa esquemática con un árbol y una cordillera nevada que aparece en los dibujos infantiles de todos los niños chilenos, o la del niño que llora, o la misma cordillera, pero en la caja de fósforos, que han usado algunos artistas.