andy warhol cuadro con pichí

Un grupo de simios ociosos por un eriazo desértico. De lejos ven algo extraño. Una “cosa” negra y grande. Se acercan, compartiendo miradas inhabitadas. Si pudieran hablar, lo dirían: ¿qué demonios es eso?

Observo, con una mirada parecida a la de los monos, el penúltimo cierre de un espacio de arte en España. La política de “una ciudad-un centro de arte” desembocó en la sustitución de un dios por otro. Llegó a haber más museos que iglesias. La previsible explosión de la burbuja, cuyas ondas expansivas siguen causando daños, dejó al menos una romántica estampa: ruinas de centros de arte, muros bellamente agrietados, apariciones vegetales sobre el concreto. En los espacios que sobreviven, gracias a una sonda de suero rellena del dinero de los contribuyentes, la programación gravita en torno a los malabares que hacen los curadores con las colecciones permanentes, propiedad de empresas privadas y configuradas sin ningún tipo de estrategia predeterminada.

Tengo la manía, que seguro se llegará a diagnosticar como demencia curatorial, de pensar en el público, en los espectadores. Lo que conlleva, a veces, pensar “contra el público”, valorando aquellas expresiones artísticas confrontacionales, incómodas o demasiado complejas, por lo que puedan llegar a aportar si el espectador se esfuerza. Y quiero esbozar una panorámica de lo que se le está ofreciendo al público chileno, de la oferta artística actual. Veamos. Un Museo de Arte Contemporáneo espasmódico, en modo “Winter is coming” de manera endémica; sin presupuesto. Un Museo de Bellas Artes al que en cualquier momento regresa la pancarta “funcionarios en paro” (algo que quizás sea mejor que ver las terroríficas pinturas del hijo de Roberto Matta). Un centro, Matucana100, mostrando exposiciones que llevan circulando más de seis años por museos extranjeros. El GAM, con una muestra de fotografías de un zoológico. El Museo de la Memoria, que debió buscar nuevo director tras quedar descabezado por la dimisión del anterior, supuestamente implicado en el caso SQM. Y estos son espacios que surgieron por iniciativa estatal, o que cuentan con apoyo económico estatal. Fuera de Santiago: una dejadez de las responsabilidades culturales bochornosa.

Efectivamente, el dedo señala a la carencia de una política cultural a largo plazo en Chile. A su desatino a la hora de dilucidar cuáles son las prioridades. Porque más allá de los problemas acerca de la idoneidad de la programación de los centros ya existentes, de sus insuficiencias presupuestarias, del desorden estructural, hay un maltrato al espectador. No se están generando nuevas audiencias y, sobre todo, no hay una iniciativa para educar en el arte al público. Y esta tarea no se reduce a comenzar a hablar de arte contemporáneo en el colegio: artistas, periodistas, curadores y críticos no estamos haciendo bien la pega. No nos queremos hacer entender, y parece que ni nos interesa. Somos, y queremos seguir siendo alienígenas, con nuestras guerras de las galaxias, perdidos en la épica espacial.

Así que en medio de ese eriazo desértico, surge otro monolito legado por los extraterrestres, como en la película de Kubrick. Y un conjunto de monos rascándose la cabeza, sin saber que esa masa de otro planeta les va a convertir, por contacto, en Homo sapiens.

*Curador y crítico de arte.