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¿Habías leído “Romeo y Julieta” antes de adaptarla?
–No. Soy poco dado a los clásicos y las cosas antiguas. Algo me pasa. Si bien entre mis autores favoritos está Dostoievski o algunas cosas de Mark Twain o Jack London, no siento tanta curiosidad por leer clásicos. Leo cosas más actuales. Y ocurre que a veces no hay instancias para acercarse a alguien que suena tan pesado como Shakespeare.

Entonces, te encontraste con “Romeo y Julieta” recién ahora.

–Sí. Pero no la leí por el gozo ni por culturizarme, sino para tratar de sacar una estructura narrativa que nos sirviera. No podíamos apegarnos tanto a lo textual.

Y “Romeo y Julieta” está llena de adaptaciones…
–Está lleno de películas de Shakespeare. Son películas raras. Están habladas en shakesperiano pero son modernas. No me llaman la atención. Pero es choro acercarse a un clásico y tratar de conservar algo de su estructura.

¿Qué fue lo más difícil de la adaptación?

–Decidir qué íbamos a hacer. Como 31 Minutos es muy paródico, al principio optamos por no entrar a la obra. Era un eterno making of de alguien que está montando “Romeo y Julieta” sin que le resulte y que inventa un montón de situaciones alrededor de la historia. Pero estábamos perdiendo la mayor virtud de Shakespeare, que es su estructura. Y una historia como “Romeo y Julieta” no solo es dramática, sino que es la esencia del drama: ahí está la tragedia, las teleseries, las películas románticas, todo lo que conocemos hoy. Perder eso sería un despropósito. Con el tiempo nos dimos cuenta de que teníamos que llegar a la escena final. Y a la gente le tiene que importar ese final. No sé si tenga ponerse a llorar, pero tiene que sentirse conmovida. Y creo que lo logramos.

En esta obra, los personajes de 31 Minutos parecen ya actores profesionales. Uno ve a Julieta pero sabe que está frente a Patana…
-Sí. Quizá ese es el gran descubrimiento: los personajes ya pueden ser actores, representar a otros personajes sin perder su esencia. Cuando ves en una película hollywoodense a Dustin Hoffmann, te das cuenta de que Dustin Hoffmann también es un personaje que interpreta a otro personaje. O Tom Hanks. O Darín. Darín en sí mismo es un personaje que interpreta a otro personaje. Y si no ves al actor Darín, te vas a sentir un poquito decepcionado. En las películas de vaqueros, más obvio todavía. Estás viendo a Clint Eastwood con otro nombre, pero da lo mismo: es un Clint Eastwood que a su vez no es Clint Eastwood. Y, de alguna manera, con Tulio, Bodoque y Patana pasa eso. Ya son personalidades, por así decirlo.

¿Por qué quisieron llevar una tragedia a un público infantil?
–Entre las obras de Shakespeare, los roles de Romeo y Julieta se adaptaban mejor a los de 31 Minutos. Además, es una de las más claras en términos de su narrativa. Si montas “La Tempestad” te podís volver loco. Y “Romeo y Julieta” tiene una trama más distinguible. No son tipos reflexionando sobre la muerte o la soledad.

Pero tiene una temática bien compleja…
–O sea, habla del suicidio.

Tema al que no están acostumbrados los niños.
–Los niños ven noticias todos los días. Prendes Chilevisión y te encuentras con asuntos mucho más terribles que “Romeo y Julieta”. Y los niños están expuestos a eso sin ningún tipo de proceso previo, lo viven como una realidad. No sé si eso está bien o mal. Pero aquí, por lo menos, se lo estás dando dentro de un contexto dedicado a ellos donde pueden preguntar.

¿Por qué hicieron un final alternativo?
–Por eso mismo. Finalmente 31 Minutos no es tragedia. Y los personajes vuelven a tener conciencia de que ellos no pueden terminar tan tristes.

¿Qué te han preguntado los niños?

–En general, uno no tiene mucho contacto con ellos. Mis hijos nomás.

¿Qué te dicen ellos?
–En general, cachan más, cada vez reparan más en detalles. Yo creo que no les importa tanto el asunto del suicidio. Son más los padres que proyectan sobre sus hijos la posibilidad de algún trauma. Yo veo a los niños jugar GTA y ahí salen ángeles a robar autos, a matar y no los veo tan traumados. Tampoco siento que eso lo estén proyectando en la calle. Yo tengo las versiones originales de Pulgarcito y hay cosas atroces. Pero tan atroces como contables. No parece que sea tan terrible al final.

Eso es lo bacán de hacer cosas para niños. Ellos no están llenos de prejuicios como los adultos.
–Exacto. Queremos normar mucho el mundo y evitarles a los niños un montón de traumas como si no los fueran a tener. Como si no fueran a sentir nunca angustia. Como si nunca se fueran a aburrir. Le evitamos la soledad, la insatisfacción. A veces uno cacha que es rollo de uno. Por ejemplo, los que sufrimos con las tareas de los niños. Tú tenís que hacerle tareas a tu hijo pa ayudarle a que tenga buenas notas, pero ellos no sienten ningún tipo de culpa frente a eso. Es uno el que le dice “pero, hueón, cómo no vai a estudiar”. Y él te dice “no voy a estudiar porque no me interesa”. Así de simple.

¿Y se ponen algún filtro en 31 Minutos?
–Son inconscientes a estas alturas. Tratamos de buscar historias que hagan referencia a la realidad, que la puedan parodiar, pero sin que se genere una lectura engañosa. Me acuerdo que en el primer show que hicimos partíamos con un avión, en medio de una tormenta, que aterrizaba mal y lo manejaba Tulio. Y fue el año después del accidente de Camiroaga. Y cuando tienes todo montado, te dicen “pero que no se vaya a entender que están haciendo una parodia”. Ahí tú decís “puta, sabís que no lo había pensado”. Es complejo. A veces uno es medio ciego ante lo que está haciendo.

¿Qué pasó con esa escena?
–Al final, no iba. Pero hay que entender que no lo estás sacando por eso. Porque si no, no podís hacer nada.

LA PLATA DE VIÑUELA
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A pesar del éxito que tuvo 31 Minutos, en la tele chilena casi no hay espacios para que los niños piensen o imaginen otros mundos.
–No hay. Y es muy triste. Casi cualquier cosa ligada al contenido desapareció. Por otro lado, aquí todavía se cree que los programas infantiles son para educar, mostrando cómo se siembra una semilla, o que tiene que haber pendejos saltando y gritando. Los buenos programas infantiles siempre han sido muy libres y experimentales, y exploran niveles de comunicación. Y cuando te involucras con los niños, te das cuenta de que son muy complejos en términos de cómo se vinculan o qué les interesa. Los japoneses siempre supieron eso: que tenían que crearles mundos muy complejos donde ojalá los adultos no se pudieran meter. Y que esos mundos tuvieran relaciones raras, porque los niños se entretienen mucho con eso, pero que a la vez tuvieran una lógica interna. La gente acá no entiende que no tenís que enseñarles matemáticas. Entonces, si mostrai unos monos muy simpáticos, te tienen que terminar enseñando a sumar. Y hueón, pa qué. O si vai a enseñar matemáticas, mejor métete en un dilema matemático, como el cubo Rubik, que sea apasionante.

¿Cómo ves la crisis por la que pasa TVN?
–A TVN lo empezaron a destruir hace mucho. No fue la última administración. El año 2011, se nombró –y no era culpa de esa persona– a cargo de programación a un tipo experto en góndolas de supermercados. Y nadie alegó. Yo sentí que había una ceguera nacional al respecto. Poner a un gerente de supermercado a cargo de la programación es que erís humanamente muy penca, es que no te importa nada. Si TVN estuviera quebrado porque dieron documentales de África o entrevistas a científicos, sería la raja. Moriste con las botas puestas. Pero está quebrado porque contrataron a Raquel Argandoña. ¡Está quebrado por Viñuela poh, que más encima le pasó la plata a Chang!

Ni siquiera se la alcanzó a gastar.
–Es plata que se perdió en el wáter. Por último el hueón se hubiese construido una casa y hubiesen ganado los que construyeron la casa, pero nada. O sea, cuando te gastaste la plata en eso y te diste cuenta de que eras tan frágil que dependías de Camiroaga o de las teleseries, es que eres muy penca. Es muy triste. Hace muchos años, cuando a TVN le iba muy bien, uno le reclamaba la falta de contenidos y te decían “lo que querís es que aquí transmitan la ópera todo el día”. Pero, hueón, por qué caricaturizar esa huevá. “Es que este canal tiene que financiarse haciendo realities”. Hueón, pero por qué tienen que dar todas las noches la misma hueá. “Ah, entonces, lo que voh querís es que hayan documentales alemanes”. Puta, entonces, no se puede hacer nada. Esa actitud los terminó quebrando.

Ahora le quieren inyectar recursos…
–Puta, pa dar “Moisés”. Si querís dar “Moisés”, mejor cierra el canal. Si te sentís orgulloso de eso, hueón, es una vergüenza. Ese es el gran fracaso: que tienes que dar “Moisés” en el canal público.

Y más allá de TVN, ¿qué te parece la televisión chilena?
–Penca. Los tipos ahora se dieron cuenta de que la forma más barata y atractiva de hacer tele cultural era hacer programas de viajes costumbristas, que se transformaron en un montón de compadres que no saben absolutamente nada viajando a meter cucharones de palo y a revolverle la olla a las viejas. Sería la raja que la moda fuera mostrar lugares e interesarse por la gente, pero de verdad el tipo de gente que viaja es deplorable. Los tipos ni siquiera leen Wikipedia. Ni siquiera te dan esa información porque es demasiado compleja. Entonces, va gente que no puede comer arroz sin impresionarse, porque “ay, al arroz le echan esto verde”, que no podemos saber cómo se llama, porque no saben nada. Es gente completamente ignorante. El otro día había un tipo que se ponía debajo del Empire State y gritaba un ceacheí, hueón. Tú decís “por qué tienen que gritar”. En ese sentido, el aporte del programa de Federico Sánchez y Comparini es súper bueno. Te puede caer como las hueas Federico Sánchez, pero no podís negar que ese hueón está tratando de darte un contenido y está mirando la ciudad. Pero hoy se entiende que la televisión abierta no puede tener un contenido. Tú ves un matinal y nadie sabe nada.

Ustedes hace poco fueron al “Mucho Gusto”…

-Sí, estábamos haciendo promoción. Y nos entrevistaron unos niños que nos preguntaban cualquier cosa. Era bien incómodo, porque no querían preguntar nada. Nos preguntaban por qué éramos tan fomes. Y voh, hueón… Lo que te quiero decir es que hubo un daño enorme cuando se empezaron a traer formatos. Cuando tú borras la línea de creación –o sea, donde tienes guionistas, directores, aunque sean malos– te vas a la cresta. Y cuando empezaste a creer que la entretención tiene que ser boba, redundante o gritona, te transformaste en algo muuuy penca.

¿Te gusta la farándula? ¿O la satanizas?
–No me interesa absolutamente en nada. En algún minuto era entretenida y uno conocía a los personajes, pero hoy no tiene ningún valor, y creo que la misma gente que trabaja en farándula no le encuentra ninguna gracia. Es muy fome, todo es muy vulgar. Y si te toca de rebote porque dijiste algo, que te estén persiguiendo por una tontera al final es hipermoralista.

LA SANTURRONERÍA
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Hace poco dijiste que has empezado a sentir cierta simpatía por Dávalos y Martelli, y te hicieron bolsa en Internet.
–Lo que me tiene caliente es este ejercicio tan cínico, que hace sobre todo el periodismo, de apuntar a la gente y escandalizarse por todo tipo de fraudes y huevás cuando han sucedido siempre. El bondadoso, el santurrón, el que está apuntándole a todo el mundo, el que está poniendo sus normas de transparencia y probidad, me tiene tan chato… A estas alturas los malos de la película me empiezan a caer bien. No es porque encuentre que Dávalos sea un ejemplo de nada. Al contrario, es un ejemplo de lo peor.

¿Y qué te causa simpatía de Dávalos?

–Nada. Martelli me cae mejor: es un operador político de los que han existido siempre.

¿Y la Compagnon?

–Nada. Eso es lo peor. Son gente muy triste y sola. Por eso empiezo a sentir cierta empatía. Mirar la cara de desesperación de esa gente. Tampoco pueden salir… Yo siempre solidarizo con el que está apuntado con el dedo. Cuando empezaron esos programas de denuncia que le tiraban las cámaras a la gente, como “Esto no tiene nombre” o “En su propia trampa”, yo decía “qué agresividad”. A ti te pueden condenar a la cárcel por estafador, perfecto. Pero no tienen que condenarme a chantarme una cámara en la cara. Eso no está en ninguna condena. Y el que te tira la cámara en la cara tendría que estar libre de todo pecado para poder hacerlo. El acto de “desenmascarar” tiene un ejercicio santurrón muy cínico. A mí me tocó trabajar en el guión de la película de Karadima y descubrí un mundo.

¿Cuál?

–No defiendo a Karadima en nada, es un monstruo. Pero es un mundo que tiene todas sus lógicas. Y para darle trama a ese mundo, había un deseo de creer que todo el mundo estaba complotando… ¡pero si es un mundo muy inocente, muy zonzo y muy tonto también! La gente no trama ni complota tanto. Las cosas suceden. Y tenís a este viejo, que también es un viejo traumado y castrado, como la mayoría de los curas. El monstruo a veces tiene sus razones. Eso es lo terrible. Y descubrir hoy día que el Choclo Délano o que ME-O son quienes son, me parece que es de un cinismo absoluto.

¿Por qué?
–El avión de ME-O existió siempre. Es cosa de averiguar cuánto cuesta una hora de vuelo en un avión. ¿Te parece que es tan escandaloso? A mí no. Ahora ME-O tiene que ver cómo explica su avión. Evidentemente, tiene que haber un favor de alguien. Y el Choclo Délano es monstruoso, pero ha sido el malo de la película toda la vida y todo el mundo lo sabía. Entonces ahora dicen “ay, qué decepción el Choclo Délano”. Hueón, qué tiene de decepcionante, si sigue siendo el mismo Choclo Délano. Ahora sabís cómo lo hizo, nomás. El santurronerío en Facebook es asqueroso. Y la moralina izquierdista también.

Con Bachelet siempre has sido bien escéptico. Ella prometió muchas cosas que se han ido desinflando.

–Pero es que estaban respondiendo a la calle, nomás. Decirle “sí” a la gratuidad a ciegas fue una irresponsabilidad, porque no sabían cómo lo iban a hacer. Yo esperaría que, después de esto, venga una ola de realismo que ponga las cosas en perspectiva. Aquí se destruyó la educación en Chile, se mercantilizó absolutamente y ese es un daño casi irreparable. ¿Qué sacamos con que sea gratis para todos si la huevá es pésima? De verdad, es demasiado estructural el problema… Entonces, cuando entras con esas promesas de gratuidad total, obviamente vas a fracasar, porque tienes que poner de acuerdo a todo el mundo. El “todos y todas” ha sido un infierno en esta huevá. No podís poner a todos y todas a opinar y preguntarle a todos y todas, porque al final no vas a hacer nada. Eso es completamente inmovilizador. Más que mediocre, el gobierno de Bachelet es muy carente de carácter y miedoso de decir o hacer cosas. El mismo proceso constitucional es de una cobardía enorme. ¿Por qué no eres capaz de proponer tú algo? En vez de eso, tenís que ir a preguntarle a la gente y ver qué pasa.

¿Participaste?

–En uno, para enterarme de cómo era.

¿Qué te pareció?
–Palabras al viento. No sirven pa nada. La participación sin voto, no es participación. Es hablar nomás. Y es un espíritu muy cuico. Es democracia de Zapallar a democracia a Tunquén. Se pasó de una a otra, pero seguís con un grupo del 5% de la población y chao.

¿Hay algún político al que le compres?
–El trabajo que ha hecho la Carola Tohá en el centro es bueno. Cuando Lavín era alcalde, era un desastre y repulsivo todo lo que sucedía en el centro. Hoy tenís un centro mucho más amable, que se ha ido recuperando, donde participan los vecinos, con unas ciclovías fantásticas. Cuando la tratan de enlodar por financiamiento, yo digo “sí, ella fue presidenta de partido, puta, necesitaba financiar ese partido que no tiene ni propiedades ni nada, listo, alguna cochinada habrán hecho”. Pero no creo que sea alguien que se levante todos los días pensando en hacer algo para su beneficio personal. Puta, al revés: no soy tan pro diputados de la bancada juvenil.

¿Por qué no? ¿No te caen bien Boric o Giorgio Jackson?

–Me parece que actúan demasiado pa la galería y la galería a veces no es coherente. En ese sentido, Camila Vallejo es más coherente, porque trabaja pa una galería que es el PC. No trata de quedar bien con Dios y el diablo. Los otros son demasiado tribuneros y eso es muy perjudicial, porque van a terminar siendo políticos como cualquier político.

Tú eras laguista.
–Era laguista pal primer gobierno. Pero ahora todo suena medio ridículo. La actividad de gobernar se ha separado de los gobernados. Yo creo que el gobierno de Lagos fue un gran gobierno, hizo crecer el país. Y que trabajó para los empresarios, eso se considera algo condenable, ¿pero sabís qué? Si no te gustan los empresarios, no vayai a huevear al Jumbo ni echís bencina en la Copec ni hagai ni una huevá, porque de verdad, tenís que ser coherente poh. Ni vayai al Costanera Center ni al CineHoyts. No hagai nada. Porque si tanto te molestan o tanto daño te hacen las empresas, no trabajís pa ellos.

¿Votarías nuevamente por Lagos?
–Yo creo que sí, de manera testimonial.

Pero un Lagos 2017 es algo pasado de moda.
–Es viejo, pero de una época medio jauja para nosotros. Y Lagos hizo correr la plata genial. Y ahora hay carreteras. Y el Transantiago, que tanto se critica, hizo que Santiago tenga un mejor transporte público que el nefasto que había.

Hay gente que siente nostalgia de las micros amarillas.
–¡Porque la gente es como las huevas! A la gente no hay que escucharla, porque es como las hueas. La gente es mediocre. Pero cómo no va a ser mejor que la micro pare en la esquina a que te deje en la mitad de la calle. Efectivamente, el Transantiago es malo y es el mejor sistema público de Latinoamérica. Efectivamente, para hacer crecer este país hubo que vincularse con los empresarios y se les pasó la mano. Y Lagos tuvo que hacerles muchas genuflexiones y eso le está saliendo muy caro hasta hoy. Pero quizá yo habría hecho lo mismo.

¿Genuflexiones?
-Ja, ja, ja. O sea, esta idea de que la gente es perfecta… La única gente que se cree perfecta son unos hueones mediocres, de mierda, que tienen sus pegas culiás y que son incapaces de decirle a su jefe que les compre una colación o que los deje salir a la hora que tienen que salir.

31 MINUTOS: ROMEO Y JULIETA
Adaptación y dirección: Álvaro Díaz y Pedro Peirano.
22, 23 y 24 de julio en el Teatro Oriente (Av. Pedro de Valdivia 99, Providencia).
Entradas en Puntoticket.