Gael Garcia Bernal

“Siempre he pensado que es así como le gusta celebrar a la elite de la izquierda chilena, cuando no se está quejando por algo. En el fondo, son felices. Están enamorados. Les encanta empaparse del sufrimiento y del sudor ajeno.” Así comienza diciendo Óscar, tu personaje en la película.
–Es buenísimo ese punto de vista mordaz, que escribió Guillermo Calderón y que de alguna manera ya habíamos tratado en NO. Son cosas que hace unos 15 o 20 años eran muy difíciles de mencionar, reírse de eso era incluso sacrílego, como reírse de las luchas sociales. Ahora creo que eso trae un aire fresco, y nos parece chistoso dicho por un facho como Peluchonneau.

¿Peluchonneau es un facho?
–Yo creo que sí. No puede aceptar que un bohemio, una persona libre que vive muchas vidas dentro de una vida, un borracho, tenga unas convicciones muy fuertes y hable acerca del rumbo de la historia, acerca de la justicia y del bien común, cuando no puede ni siquiera controlar una familia. Creo que eso a los fachos es lo que más les saca de onda.

¿Tú te sientes parte de esa cultura de izquierda?
–Sí, definitivamente. La película retrata ese momento posterior al final de la Segunda Guerra mundial, donde había un determinado consenso narrativo de que el comunismo había ganado, y ése era el gran temor de Occidente, el gran temor de Estados Unidos y sus aliados. Se estaba probando otro sistema, otro modo de vida, y esas proclamas ilusionaban. La URSS estaba en su apogeo.

Pero parece que esa historia de la izquierda terminó, ¿o no?
–Sí, parece que terminó. De hecho, cualquier movimiento que apele a eso es definido como algo muy anticuado.

¿A ti todavía te dice algo el concepto de revolución?
–Definitivamente. La idea de crear en conjunto un porvenir diferente fue lograda a través de esa narrativa populista, gigantesca, artística, donde los poetas, los pintores, los creadores tenían un poder muy grande y ocupaban un espacio significativo en la invención de lo público. Eso es algo que yo añoro. Hoy en día ya no existen poetas en la política.

¿Y por qué será eso? ¿Qué habrá pasado que desaparecieron?
–Es el triunfo de los tecnócratas lo que hace que a fin de cuentas, en países como Suiza, no importe quién gobierne. Total, son técnicos. Lo que necesitan son tipos como Guardiola, personas que planteen un sistema táctico y dejen que los jugadores jueguen. Hoy la emoción está completamente desligada de la política. Cuando mucho se apela a la emoción de crear odio, y esos son hoy día los políticos emocionantes. Ya no hay ese político que plantee un porvenir en conjunto, para la humanidad entera. De los pocos que quedaron fue Pepe Mujica, pero son contados. El imbécil ése, el innombrable de copete rubio asqueroso (Trump) es algo que cuesta entender que esté sucediendo hoy en día. Siento que hay algo que se perdió de aquel entonces y que en lo personal añoro y me gustaría que se recuperara.

¿Te sigue ilusionando el socialismo?
–Yo, como muchos latinoamericanos, crecí con esa certeza. Una postura que de alguna manera apelaba al bien común y que, también, nos daba la oportunidad de plantear un porvenir dichoso.

¿Pero te frustra o te enorgullece lo que ese sueño socialista y revolucionario hizo en el continente? ¿Qué te pasa cuando revisas las experiencias donde aconteció?
–De una forma quizás muy inocente, si uno se pone a ver los estatutos del PRI posteriores al triunfo de la Revolución mexicana, pues ahí se establecen unos puntos que pueden ser interpretados para su evolución. Hay proclamas o ideas que no podían haber sido dichas antes, como por ejemplo el hecho de que ya somos demasiados en la humanidad y si todos queremos comer carne, vamos a hacer mierda el planeta. Ese tipo de proclamas, hoy en día, tenemos que ver si parten del mismo espíritu.

¿Tú comes carne?
–No, yo ya dejé.

¿Sólo carne viva?
–Sí, de la que se mueve. Hay cosas que se han perdido, pero hay también varias cosas que han sobrevivido de forma muy inesperada, algunas para bien y otras para mal. Y todavía creo que las cosas que son para bien, entre las que dejaron todos estos movimientos que tuvimos en Latinoamérica, de alguna manera han seguido teniendo un viaje en común. Por eso la película de Neruda va a apelar mucho en nuestro continente, donde las realidades políticas a veces también fueron creadas por artistas.

¿Y ves el embrión de una nueva izquierda latinoamericana, o simplemente estamos viviendo tiempos de disolución donde cada uno patalea para su lado?
–Ambas cosas. Creo que nos estamos cuestionando temas prácticos, mecánicos, viviendo una participación todavía basada en un tipo de gobierno representativo que data del siglo XIX. Pero ahora queremos acercarnos a nuestros representantes y exigir cosas. Manifestar en las calles es nuestra manera de influir en la política directa, en el ágora pública, y ahí hay una cuestión nueva. Todas estas cosas están en verde todavía, pero la cuestión de cómo hacer para participar en un mundo donde estamos todos conectados –con el teléfono, con Internet, etc.– creo que cambia la emoción de todo. Cambia la idea clásica de participación política.

¿Qué cosas ya te aburren de esa izquierda clásica?
–Necesitamos generar políticos de todos los bandos que sean conciliadores, porque las proclamas de “esto o nada” hacen que el diálogo se pervierta. Le da carne a las primeras planas para hacer discursos incendiarios, pero no terminan agarrando rumbo. La sociedad está mucho más avanzada que el discurso político al que estábamos acostumbrados, donde alguien habla desde un micrófono para que otro le conteste dos días después desde otro micrófono.

LA POESÍA, MADURO Y TRUMP

¿Qué fue lo que más te gustó de hacer esta película?
–Me encantó haber redescubierto la poesía. Esto suena a cosas muy grandes, pero es verdad. Acercarme a la obra y al mundo de Pablo Neruda me inspiró para volver a leer. Llevaba años leyendo muchos ensayos, narrativa, periodismo, en fin, y de repente leer poesía es un descanso al alma, es un viaje. Produce una visión más fuerte. Se parece a la diferencia entre las drogas comunes y el peyote o el ayahuasca. O sea, la poesía es esa cosa que te hace entrar en contacto con algo que existe, que es real, que está por ahí.

¿Qué Neruda leíste para la película?
–Durante el rodaje leí “Confieso que he vivido”, pero mientras lo leía me acordaba de todos esos momentos en la vida en que apareció la poesía de Neruda. Y en especial de niño, muy niño, cuando a los 13 años me pirateé unos poemas de Neruda para escribirle una carta de amor a una chava. Parafraseé algunos de los que había leído, porque podía sonar demasiado bien escrito.

¿Y te surtió efecto?
–No, en absoluto, la chica no contestó. Cuando uno manda poesías de otro siempre te pillan. Y ahora más que antes.

¿Sirve para algo la poesía? Según la película parece que sirve para llevar mujeres a la cama y, en el caso de Neruda, ganar plata. ¿Sirve para algo más?
–Sí. Creo que sirve para avanzar hacia las cosas importantes. La poesía es un juego que filosóficamente no excluye, que no anula al otro punto de vista. Es un viaje fantástico de contradicciones y de ambigüedades que incorpora el punto de vista del contrincante. Entonces, creo que sí. Y puede sonar inocente y romántico, pero soy actor y es como tengo que responder.

¿Quedó algo de la poesía zapatista, o ese sueño desapareció y lo único que queda es defenderse de Trump?
–Es algo que todos en México nos estamos preguntando. Creo que el mayor éxito que tuvo el zapatismo fue darle una narrativa a toda una generación, narrativa de la que yo fui receptor, y me da un poco de vergüenza decir todo esto cuando tenemos al PRI de vuelta y a Peña Nieto como presidente.

¿Cuál fue, entonces, el tatuaje que le dejó el zapatismo a tu generación?
–Creo que aquí se cierra el círculo de lo que conversamos antes. La izquierda convencional, digamos, esa forma populista, presidencialista, totalmente corrupta que creó el PRI, que de alguna manera se convirtió en la izquierda de México, ya nunca más puede existir. Incluso López Obrador asumió formas priístas, y hay ciertas cosas de esa forma de hacer política que ya no dan más. En ese sentido hay algo interesante: México, y quizás Latinoamérica en general, gracias al zapatismo ya no se traga tan fácil la izquierda. Venezuela es un caso particular porque ellos nunca tuvieron esa revolución, una revolución social como sí tuvieron varios países del continente.

¿Te simpatiza Maduro?
–No, no, en absoluto. Pero sí Mujica, por ejemplo, que ya trató de loco a Maduro, y si alguien tuvo razones para volverse loco fue Mujica. Incluso Lula, en su momento, con todo y la debacle que están viviendo, me parece muy interesante. Y también el kischnerismo, al menos como fuerza motivacional, con todos sus contrastes y sus defectos. Pero de Maduro estoy muy alejado

Como mexicano, ¿te tiene asustado Trump?
–Hace rato que todos le tenemos miedo a Estados Unidos. Hay una buena canción de Bowie: “I am afraid of americans”. Le tenemos miedo a Estados Unidos por toda su historia en Latinoamérica, pero en especial por el auge de esa percepción que tienen de estar siendo constantemente invadidos, de estar viendo pervertido su pasado glorioso, de que no se está logrando aquello que les prometían al nacer en esta tierra tan grande que Dios les dio para no sé qué, y que hoy está siendo destruida por el extranjero y en específico por los chinos y mexicanos. Obama es el tipo que más ha deportado gente de Centroamérica y México en la historia, pero ahora el Partido Demócrata es de alguna manera el que va a defender a los migrantes. Y resulta que la inmigración a los Estados Unidos está negativa: en los dos últimos años, hay más gente yendo de los Estados Unidos a México que al revés. Entonces, que se encumbre una persona de ese nivel (Trump) como candidato a la presidencia hace pensar que la mierda cayó al ventilador y se empieza a expandir por todos lados. O sea, si yo como mexicano me siento hoy en una mesa de diez gringos, quizás va a haber dos que van a estar de acuerdo en que yo me tenga que ir, que yo no debería estar ahí. Y de eso a que alguien agarre un rifle, que además se pueden comprar por dos pesos a la vuelta de la esquina, y se ponga a disparar…

Incluso ahora los venden rosados y con monitos para las niñas.
–Es en serio.

Sí.
–Uf. Yo siento que el daño está hecho y realmente me aterra. Hay un daño que solo los gringos van a poder reparar, porque no nos concierne a los mexicanos decir que no es cierto lo que han dicho de nosotros. Es una situación algo apocalíptica. Estos cabrones están en el camino contrario a construir un mundo mejor, con unidad, generosidad, armonía y amor, pues. Y es muy difícil pararlos, por más que Hillary Clinton llegue a ganar, porque todos esos que votarán por Trump ya están con el pito de guerra puesto. Es gente muy enojada que está queriendo tomar acciones al respecto. Realmente es absurdo lo que está pasando con Trump y jamás pensé que nos iba a tocar. De alguna forma podía ver lo que se venía en Estados Unidos, pero así tan burdo, tan terrible, no. Sí, tengo miedo.