Martin Caparros

“No sabemos; callamos o escribimos”, expresa Martín Caparrós (1957) en su última novela, Echeverría. Sin duda, el argentino se decide por la segunda opción, compulsivamente, con una incontinencia verbal que tal vez su bigote, como dos corvos, le protegen a la hora de relatar sus historias.

Ya son una veintena de libros publicados, casi todos de considerable grosor, como la monumental crónica Hambre (2014), sobre la cual el italiano Roberto Saviano –autor de Gomorra– ha dicho: “Caparrós utiliza la literatura para acompañarnos a un infierno hecho de una realidad a la que a menudo se le presta sólo una atención distraída”.

Y últimamente también con Lacrónica, una antología de treinta años de crónicas persiguiendo realidades en distintas partes del mundo: la selva boliviana y las plantaciones de coca, los bombardeos en Belgrado, las corridas matinales del ex dictador Videla, entre muchos otros. Compilación que además incluye una serie de reflexiones en torno a su propia carrera. “En cierta manera es la crónica de la crónica de mi vida profesional”, señala Caparrós.

No hay ninguna crónica de Chile. ¿Somos muy aburridos?
–Sólo una vez fui a Chile y publiqué una larga nota. Fue el año 99, cuando Pinochet estaba en The Clinic, Londres. Fui a ver qué estaba pasando en Chile en esos momentos. Y ese texto está en un libro que se llama La guerra moderna. No es que no quiera a Chile, pero había otros textos mejores.

¿Hay una crónica de Sri Lanka en que te hiciste pasar por un pedófilo?
–No es que me hice pasar. Solo estuve con ellos en los lugares donde se encuentran y cuando me hablaban de sus cosas, no les decía que los quería matar, pero tampoco iba diciendo “soy un pedófilo”. No es lo mismo lo que llaman periodismo de inmersión, donde el periodista se disfraza de trabajador turco y pasa seis meses trabajando con ellos. Yo estuve en esos lugares, hablaba con esa gente y no les decía “ustedes son detestables”. No hacía más que dejarlos engañarse con que yo era uno de ellos

¿Y cómo manejas el riesgo en lugares complicados?
–Yo no soy nada temerario, no me gusta arriesgarme innecesariamente. No me gusta el peligro. Hay periodistas que quieren estar en situaciones extremas y se calientan con la posibilidad de un desastre. Yo para nada. Me gusta mucho vivir y quiero hacer lo posible para que eso siga sucediendo. Pero a veces hay que meterse en lugares que son más complicados que otros y, cuando es así, trato de estar lo más atento que pueda para que el riesgo se minimice.

¿Te gusta el encasillamiento de cronista de viajes?
–No, no me gusta. Porque en la mayor parte de mis trabajos de no ficción, el viaje es el paso necesario para llegar a un lugar donde hay algo que quiero contar, pero lo que no quiero contar es el viaje. No soy el escritor que escribe sobre sí mismo viajando. Puedo escribir algo sobre de los pedófilos en Ceylán y para eso tomo aviones, pero lo importante no es ese desplazamiento. No me siento cómodo con esa etiqueta. Viajo para tratar de contar historias que no sean mi viaje.

¿El periodismo narrativo se ha transformado en una moda con las crónicas?
–Puede ser, pero el hecho de que esté de moda no implica que esté presente en nuestros medios. Siempre recuerdo una cosa que me pasó con un periodista chileno, hace cinco años. Yo estaba en Buenos Aires y él me llamó para entrevistarme sobre la crónica. Habían salido en ese momento las antologías de Anagrama y Alfaguara sobre este tema, entonces me hizo muchas preguntas y en un momento yo le dije: “¿cuánto vas a escribir sobre esto?”, porque me estaba preguntando demasiado. Y me dice: “mi editor me pidió dos mil palabras”. Entonces yo le dije que la situación de la crónica actual es esa: es mucho más probable que un editor te pida dos mil palabras sobre la crónica a que publique una crónica de dos mil palabras. Creo que esa es la síntesis actual de lo que algunos llaman moda, del éxito de consideración que ahora tiene este género. Se habla más de la crónica de lo que se practica.

Usas mucho la poesía en prosa. ¿Cuál es tu relación con ella?
–Me importa la poesía, la leo seguido. De vez en cuando escribo textos en verso. Y sobre todo, uso los ritmos poéticos para escribir mi prosa. Lo que nunca me convenció de la poesía, y lo que me salvo de ser poeta, es esa importancia de sí mismo de los poetas y su trabajo. A mí me daría pudor decir “soy poeta y estos son mis poemas”, porque me remite a esa especie de vanidad innecesaria que lamentablemente tienen los poetas actuales. Por lo tanto, no me gustaría publicar poesía pura y dura.

¿Qué poetas te gustan?
–Los más clásicos. Después de Quevedo hemos hecho poco. Raúl Zurita es un poeta que leo con mucho placer. Uno de mis grandes orgullos secretos es haber formado parte del premio Cervantes que le dieron a Juan Gelman. Para mí fue una gran recompensa estar ahí, de algún modo haber influido en esa decisión. Gelman para mí fue decisivo, porque fue muy importante cuando lo leía muy joven, a los quince años.

¿Has terminado de escribir algún libro últimamente?
-Sí, escribí un librito sobre mis abuelos hombres, uno español y el otro polaco judío. Probablemente se llamará “Los abuelos”. Un libro que no pienso publicar en ninguna editorial, solo para regalar a los amigos.

Cómo pasó con tu libro Una luna, inicialmente.
–Sí, autoedición. Un autorregalo para mi cumpleaños el año que viene y que tengan solo mis amigos.

¿Y si Herralde te pide publicarlo, como pasó con Una luna, que igual circuló comercialmente?
–Espero que no suceda. Nunca digas “de esta agua no he de beber”, pero espero que no. La verdad es que me dio tanto gusto escribir ese libro pensando que no iba a tener nada que ver con el mercado y la circulación mercantil de los libros. Realmente me dio un gran placer y espero que se mantenga así.

LOS KIRCHNER Y EL “HONESTISMO”

Aunque nacido en Buenos Aires, Caparrós ha vivido en París, Nueva York, Barcelona y ahora está radicado en Madrid. Licenciado en Historia de La Sorbonne, trabajó con Jorge Lanata en Página/12 y ha ganado importantes premios como el Herralde de Novela y el Premio Planeta, que lo han transformado en un referente cada vez que suelta frases en su libreta color negro que luego pasa a su computador Mac, tan delgado que no pesa a la hora de viajar.

¿Qué opinas de las maletas con dinero de los Kirchner?
–Lo de los Kirchner es muy gracioso. Hace unos días puse un tuit que decía: “Se quejan en Argentina, ingratos, si en ese país tiras una semilla y crece un árbol, y abrís una caja y sale un palo verde”. Ahora cualquier cosa que abres, sale un millón de dólares escondidos. Es muy impresionante. Fue muy entretenido esto de las últimas semanas, que empezó con lo del secretario de Estado metiendo unos bolsos en un convento en la madrugada.

¿Es fácil centrar la crítica solo en si robaban o no?
–Se sabía todo el tiempo que robaban. Yo discutí muchas veces con los que centraban la crítica en eso. Acuñé una palabra que algunas veces me reprochan: el honestismo, que es esa idea de que todos los males de la sociedad son producto de la corrupción de las clases políticas y empresariales. Yo sé que es grave que sean corruptos y corrompan, pero creo que eso no deja de ser una parte, de algún modo secundaria, del asunto. Y siempre critiqué de los Kirchner su tendencia a quedarse con los dineros públicos, pero nunca me pareció lo más decisivo. Lo único que hicieron es que durante doce años de gobierno, en una época de prosperidad incomparable, no mejoraron nada. No solucionaron el reparto de la riqueza.

Habrán cambiado algo, supongo…
–Ellos mantuvieron el statu quo. Cuando uno ve las cifras duras, la sociedad argentina del año 2015 es en última instancia parecida a la de 1997, antes de la crisis. Digo esto en términos de proporción de pobreza, repartición de los bienes, concentración de las empresas, etc. Pasamos por doce años de prosperidad irrepetible en el corto plazo, por el precio de las materias primas que exportamos, y vemos que no ha cambiado nada en las estructuras básicas de la sociedad. Es un gran engaño de los Kirchner.

¿Qué tipo de gobierno crees que necesita Argentina?
–Me parece que Argentina es un país que hace cincuenta años viene sin rumbo. Lo que necesita es repensarse en serio, ver qué queremos. Hasta ahora el gran cambio fue la destrucción de la opción industrialista y la vuelta a la producción de materias primas. Por supuesto que eso no se votó nunca. Lo importante que pasó, nunca fue votado, ni discutido. Lo hicieron los militares y lo confirmó Menem. Lo que tiene que haber es una instancia para discutir qué queremos cómo país. Cómo se gobierna, quién gobierna, es secundario al establecimiento de ese consenso.

Y ahora que está Macri, ¿menos te dan ganas de volver a Argentina?
-No, ni menos ni más. Macri empezó bastante mal. Está aplicando una serie de medidas económicas con cero sensibilidad social, como una hojita de Excel, sin ningún cuidado de cómo aumentan los precios de los servicios públicos, la inflación, el gas, etc. Estos aumentos para una familia que tiene dinero son una molestia, pero para otras son un ataque directo a su capacidad de supervivencia.

HISTORIAS DE FÚTBOL

Tras la final de la Copa América Centenario, Caparrós fue agredido por varios chilenos en su cuenta de twitter, tras escribir lo siguiente: “Hermanos chilenos agrandados: qué bueno que hayan vuelto a empatarnos. ¡Felicitaciones por el partidito!”. “Lo hice sólo por joder”, señala ahora riendo.

¿Qué pasó? ¿Estabas picado porque Argentina perdió con Chile?
–No, no. El problema con los chilenos fue antes del partido. Puse algo como “¿no es enternecedor el esfuerzo de los hermanos chilenos por convertir nuestro partidito con ellos en una especie de clásico continental?”, y esto lo sigo sosteniendo: que hayan ganado dos finales a penales no equivale a ponerse a la altura de los cinco equipos grandes del mundo, entre los cuales está Argentina. El resto de los equipos es otra liga. Es una tontería, pero es así. Me parece muy bien que Chile le gane a esta Argentina hiperdegradada, en que la AFA no tiene un presidente y la selección no tiene técnico. Me parece bien que nos hayan empatado dos partidos a esta Argentina degradada, macrista. Pero eso no los pone en la liga de los grandes equipos en el mundo. Yo dije eso para joder, porque a mí qué coño me importa todo esto.

Pero parecía en serio…
–Me pareció que muchos hermanos chilenos se lo tomaron muy en serio y me insultaron mucho, por eso les puse: “Hermanos chilenos agrandados, paren de insultarme. ¿No se dan cuenta que todo es un juego? ¿O será que creen en las patrias?”. Cómo yo me voy a tomar en serio una patria de la que me fui cada vez que pude. Mi práctica demuestra que mi patriotismo es cero.

Ya, pero igual se te siente molesto. ¿No fue mejor callarte y dejar que en Chile celebren tranquilos?
–Callarme no, me parece entretenido hacer este circo para Internet. Para eso sirve simular durante dos horas que te importa algo que en realidad te importa un carajo. Y después volver a las cosas serias y olvidarse de esas tonterías como la patria, los himnos, los partidos de fútbol y todo lo que está alrededor.

¿Crees que no hay vuelta atrás con la decisión de Messi de renunciar a la selección?
–Seguro que hay vuelta atrás. Es argentino, no va cumplir con su palabra.

¿Es importante que esté?
–Es más importante para Adidas, para la FIFA. A mí me gusta verlo jugar, pero si no está, no pasa nada. Mi relación con el fútbol es así. Durante las dos horas que estoy viendo ese partido, nada me importa más en el mundo. El resto del tiempo me importa menos.

Tengo una duda, ¿Dios es argentino?
–Dios es argentino si es el dios cristiano. Es el único dios al que uno podría imaginar como argentino: ese muchacho medio pobre y abandonado que se cree que es Dios y anda por ahí diciendo que lo es, hasta que lo agarran y le dicen “vaya a la cruz y cállese la boca”. En ese sentido, claramente es argentino. Alguien que va diciendo que es dios, es que va demostrando su argentinidad, ¡ja, ja, ja!