LA-TETA

“Comerse la placenta tras el parto es lo que se viene”. Esa fue la recomendación otoño-invierno que hizo una “líder de opinión” en un blog sobre moda. Y claro, si hoy casi todo puede convertirse en un fetiche o en un objeto de mercado, la maternidad y la crianza también pueden buscar su vitrina: la madre Milf, para que aún con panza pueda tener un sitial en el porno; la mami fitness, para demostrar que con un poco más de sacrificio –siempre tan bien ponderado en la figura de la madre– se pueden tener calugas sobre el abdomen abultado; y las madres “naturales”, esas que surgieron de la estética y el sueño naif del New Age pero que en el camino cooptaron las nociones de la “verdad” y del “bien”, tornando su discurso más peligroso, al punto haberse convertido hoy en un asunto con consecuencias políticas.

Desde siempre el cuerpo de la mujer ha sido un territorio de batallas ideológicas. Hoy la batalla se libra en el campo de las tetas, a través de la moral de la lactancia. Y es así como por estos días, a propósito de un proyecto del ministerio de Salud, han salido a la luz las luchas subterráneas que tironean la moral de las mujeres “buenas” y “malas”.

La situación es la siguiente. El Minsal, a través de su Programa Nacional de Alimentación Complementaria, se encuentra implementando un proyecto piloto que comenzó a sustituir la leche “Purita” para los lactantes por leches maternizadas que sí cumplen los estándares necesarios para alimentar a un bebé que no recibe lactancia materna exclusiva. Básicamente, se trata de democratizar la alimentación de los niños, permitiendo que los pobres accedan a los alimentos de los ricos. Sin embargo, el proyecto se ha llenado de espinas y subrayados en color amarillo. Literalmente: los protocolos de puesta en marcha que circulan tienen destacados en amarillo que, según nos confirman funcionarios del Minsal, corresponden a los ítems respecto de los cuales aún no hay claridad, y que se pueden resumir en uno: los bebés de las mujeres que no quieren amamantar, ¿podrán recibir este beneficio? ¿O solamente las madres que por fuerza mayor no puedan hacerlo? ¿Puede una mujer pobre decidir no dar pecho, o el Estado debe castigar su decisión a través de sus políticas sociales?

Si bien el Minsal ha insistido en que el espíritu de su proyecto es promover la lactancia materna –y en que estas leches son un apoyo complementario–, algunas voces han puesto el grito en el cielo, dudando de tal propósito. Por ejemplo, Cíper publicó un interesante artículo de opinión titulado “¿Cuida el Ministerio de Salud de Chile la lactancia materna?”, de Cecilia Castillo y Leslie Power. Al leerlo, uno podría confundirse. Insinúa un error con olor a corrupción en la compra de estas leches de alto costo, ya que el cálculo de las raciones necesarias estaría inflado. Sobrarían tarros. Pero ese mismo cálculo envuelve una posición ideológica en la que insiste el artículo: se cuestiona que el protocolo contemple resquicios que permitirían acceder a estas leches a mujeres que no quieren dar pecho.

No se trata de poner en duda las recomendaciones de la OMS sobre los beneficios de la lactancia materna, pero otra cosa muy distinta es que, con el objeto de “proteger” ese “bien”, se sugiera obstaculizar el acceso al beneficio alternativo por parte de madres que por razones subjetivas, personales, no quieran amamantar. El problema principal no parece ser el cálculo errado de la cantidad de tarros, sino el cálculo que permita a una mujer darse a sí misma un valor demasiado caro, un valor distinto a la “hembra”.

Simone de Beauvoir ya lo decía hace casi setenta años: sabemos que hay hembras, pero ignoramos la condición femenina. Y reducir a la mujer a la hembra implica naturalizar, obligar a ciertas formas de estar en el mundo. Es lo que se repite en la discusión acerca del aborto. ¿De quién es el cuerpo de una mujer? ¿De los cachorros? ¿Del Estado? El citado artículo comienza afirmando: “Quedan pocas cosas gratis en la vida, el aire, el amor y la lactancia materna”. Y claro, el cuerpo de una mujer es gratis cuando se la resume a hembra u objeto, a un ser sin contradicciones ni singularidad y, sobre todo, a un ser al que se le puede obligar a ir en contra de sí mismo. Reproduciendo, de paso, la desigualdad de clases que reserva el derecho a tener una subjetividad –poder decidir qué hacer con el cuerpo– a las mujeres más pudientes. Así como éstas pueden acceder a un aborto seguro, también pueden tener su tarro de leche de $ 20.000 por si el pecho se les pone porfiado o derechamente deciden pasar a la mamadera.

Este alarido del artículo publicado en Cíper, lejos de ser un reclamo aislado, representa la posición moral que hoy tiene en amarillo los referidos aspectos del proyecto del gobierno. Pues parece que el Minsal se ha dejado atrapar en la siguiente disyuntiva: no pueden obligar a una mujer a dar pecho, pero se cuestionan si el hijo de la mujer en rebeldía tiene derecho al alimento sustituto. ¿No es esa una forma de obligar vía castigo? Es, al menos, seguir insistiendo en que el cuerpo de la mujer es un bien público, y que como tal es susceptible de ser garantizado al hijo condicionando el apoyo social a la madre.

En las últimas décadas, la lactancia se ve envuelta por tres discursos que juntos son fatales. Primero, la silvestre ensoñación New Age que supone que la mujer es efectivamente la hembra, de tal manera que hacer lo que hacen los mamíferos nos acercaría a un bien natural supremo (sin detenerse a considerar que en la naturaleza impera la ley de la selva, es decir, la del más fuerte). En segundo lugar, las neurociencias –el brazo académico de la ideología de la hembra– que definen lo humano no por la ley de la selva, sino desde otra dictadura: la de las células. En este caso la buena maternidad queda definida por los beneficios en el cerebro de la cría. Y aunque pueda haber alguna verdad en eso, sabemos que las verdades científicas admiten múltiples usos. Conocemos de sobra los crímenes inspirados en el saber de la genética, pero las versiones soft de la reducción humana a las células se nos suelen pasar por alto. Por ejemplo, cuando nos preguntan qué parto, qué lactancia y qué puntaje en el test de Apgar tuvieron nuestros hijos, para saber si son niños de primera o segunda categoría. Y el tercer elemento en esta sopa: la moral. Esta maternidad “natural” define hoy qué es el amor de madre, qué es una buena o mala madre.

No estamos ante una cuestión de modas, ni de opciones privadas. Cada vez más, la asociación premeditada entre “amor de madre” y un tipo de maternidad llena a las mujeres de culpa. Se trata de un discurso de poder moral: “Es una trampa este proyecto, porque las mujeres pobres van a salir a vender esta leche, las de Vitacura no, porque ellas no dan pecho para no arruinárselos”, nos dice una funcionaria de un Cesfam, sin evidencia de lo que dice, pero al mismo tiempo sancionando a las mujeres en buenas y malas (en este caso, todas malas).
¿Por qué pintar de colores valorativos la teta o la mamadera? Hoy el riesgo de ello es vulnerar los derechos de los niños a recibir una alimentación de calidad, cargando toda la responsabilidad en un pecho de mujer.

*Constanza Michelson: Psicoanalista.
** María Isabel Peña: Doctora en filosofía, académica del Instituto de Humanidades UDP.