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Aunque se viste siempre igual y se lo encuentra siempre en el mismo lugar, Sergio Parra se permite cierto eclecticismo que dificulte la tarea de encasillarlo. Lo llama lo marginal, la aspereza de los bordes, pero siempre que haya glamour de por medio. “A mí me gustaba ser poeta del whisky, no del vino”, comenta en pasado porque hace cuatro años que no toma una gota y hace muchos más que no publica un poema, aunque mientras siga leyendo poesía, advierte, seguirá siendo poeta. Asimismo, le gusta la literatura urbana que se mete con la vida real y desprecia a la de cuño intelectual que divaga sobre escritores, pero al recordar los desatados años 80, lo primero que echa de menos son las cabezas que daban un respaldo crítico a los demás, como Diamela Eltit o Nelly Richard.

Y ahora acaba de lanzar una antología que destaca a un buen puñado de escritores jóvenes –o que emergieron como tales–, pero cree que un escritor joven es una contradicción en los términos. “Un escritor que tiene concepto, que tiene claro desde qué lugar viene y hacia dónde va, deja ser joven apenas toma la decisión de ser escritor, inmediatamente. El escritor que quiera ser joven, va a ser eso no más, un escritor joven, y va a tender a fracasar constantemente”.

Jóvenes o no, ellos llegan a su librería sabiendo que Parra está atento, ávido de descubrir nuevas voces, y nada le gusta más a él que hablarle a uno de lo que está haciendo el otro, producir cruces, agitar el circuito. Por eso cuando el editor peruano Álvaro Lasso consultó entre escritores nacionales quién podía armar la “Selección chilena 2000-2016” (análoga a la que Estruendomudo ya publicó en Perú y prepara en Argentina), casi todos le dijeron que buscara al librero de la Metales Pesados.

Parra asumió la tarea junto a Aldo Perán, quien trabajó con él en la librería durante tres años, y armaron una selección con el siguiente plantel: Alejandro Zambra, Alejandra Costamagna, Rafael Gumucio, Germán Carrasco, Álvaro Bisama, Nona Fernández, Lina Meruane, Matías Celedón, Diego Zúñiga, Iván Monalisa Ojeda, Juan Pablo Roncone, Simón Soto y Pablo Toro.

¿Cómo pensaron esta antología y qué crees que muestra como panorama literario desde el 2000 hasta ahora?
–Con Aldo compartíamos mucho leyendo y comentando textos, entonces era una buena dupla para generar una especie de una autobiografía como lectores. Todo lector genera su propia biografía de lecturas. Y que en este caso, como son escritores que están mirando a la sociedad chilena de los últimos 10 años, es a la vez una biografía de esa sociedad. Para mí es fundamental que el relato que el escritor quiere instalar me arme un espacio en el cual yo pueda moverme, con el que pueda empatizar. Si el relato no logra armar un nexo con lo que yo tengo alrededor, para mí es fallido. Y creo que gran parte de los textos que seleccionamos con Aldo, dan con eso. Alguien de 18 años se puede llevar este libro a un viaje y se va entretener. En eso pensé cuando lo hicimos.

¿Y de qué sociedad chilena dan cuenta estos escritores?
–Creo que su mirada es la de una sociedad económica, más que política. Yo me formé como lector entre una dictadura y una post-dictadura, digamos. Pero estos escritores, algunos mucho más jóvenes, tuvieron que enfrentar al modelo neoliberal, entonces me interesaba entender cómo miraban y cómo resolvían intelectualmente ese neoliberalismo. Nosotros entendimos la dictadura de una forma política radical, y la combatimos radicalmente. Pero ahora, ¿cómo un escritor, con su escritura, logra saltar u obviar el neoliberalismo, y sobre todo el mercado? Porque los escritores son una parabólica que te puede sugerir hacia dónde camina una sociedad, qué sujetos la van a habitar. Eso me atrae de la literatura: un escritor tiene que adelantarse a su tiempo. Y hay bastantes escritores chilenos que lo hacen, y que revisan el pasado sin ser autoflagelantes o victimizarse.

El ambiente cultural que tú conociste en los 80 soportaba una dictadura pero no se dejaba cooptar por la frustración, buscaba una energía que se llevara eso por delante. Esta generación, enfrentada al neoliberalismo, ¿tiene una fuerza de ese tipo o predomina una especie de perplejidad que no deja ir más allá?
–Como planteas, hay diferencias. La escritura bajo la dictadura era una que, de alguna forma, estaba condenada al fracaso. Entonces para el escritor, el asunto era cómo saltar todas estas barreras, sobre todo la censura, y tratar de armar un lector. Más que acompañarlo, había que armarlo, y poderlo dotar de una cierta actividad intelectual y crítica. Entonces, había textos críticos: Diamela Eltit, Nelly Richard, la poesía de Juan Luis Martínez, textos que te activan intelectualmente. Pero en el caso de una escritura neoliberal, el fracaso es más brutal, porque está el mercado, y eso significa que el medio cultural es mucho más sanguinario.

¿Cómo así?
–Porque lo que instala el neoliberalismo es la competencia y la división absoluta. Hasta los críticos han usado la crítica como una pulseada encubierta. Quieren ser más que los escritores, entonces a veces se comenta más lo que el crítico opina de los bordes del libro que del libro mismo, ¿no? Eso es lo que echo de menos de los años de la dictadura: había una masa crítica, un conjunto de intelectuales que estaban ahí apoyando, incluso siendo una sociedad binominal. Ahora cada quien puede opinar lo que le dé su santa gana sin caer en la derecha ni la izquierda, pero aun así se ha adelgazado el espesor crítico. Entonces la condena al fracaso no tiene que ver con la escritura, tiene que ver con el medio. Y ahí es muy, muy difícil para muchos jóvenes, sacar un primer libro y caer en esta situación de que el libro sea pullado por la crítica, y no poder levantarse, porque está solo. Muchos escritores a los que uno conoce, no leen a sus pares ni son capaces de comentarlos, ni de levantar una opinión coherente sobre lo que están leyendo. Eso uno lo ve.

Y eso de no leerse entre ellos, ¿es por desidia o por competencia?
–¡Es absolutamente competitivo! Todo en la sociedad está teñido por la competencia y la literatura no se excluye de eso. De la acumulación de capitales individuales, más que colectivos.

Pero en la literatura siempre hubo egos. ¿Dirías que ahora también hay más egoísmo?
–Creo que hay mucho ego y hay mucho egoísmo, y esa mezcla junta es fatal. Ahora, yo creo que hay egoísmo, ¡pero no sé cuál es el botín! Hasta el día de hoy me pregunto cuál es el botín detrás del cual todo el mundo quiere correr. Pero digamos que también hay escritores que, de alguna forma, arman una cierta solidaridad. Escritores que quizás vienen de otros sectores, más periféricos. Y entre los que integran esta selección, que en general los conozco a todos, yo sé que algunos son grandes lectores y son solidarios con otros escritores. Ahora, otro problema es que cuando se juntan escritores a conversar, se produce lo que en todas las actividades del país, son guetos: guetos de escritores, guetos de artistas visuales, guetos de médicos… No hay una mesa transversal donde haya un antropólogo, un arquitecto, etc. Muchos escritores tienen desconocimiento absoluto de lo que pasa en la arquitectura en Chile, de lo que pasa en las artes visuales. Tú no ves escritores o poetas en inauguraciones de artes visuales. No los ves.

Y viceversa. Están los lenguajes muy encerrados.
–Muy encerrados. Yo les pido mucho a los artistas visuales jóvenes que lean literatura chilena. Me gustaría que empezaran a aparecer esos cruces entre literatura y artes visuales, como hubo en los 80. Algunos están entendiendo eso y están leyendo bastante. Pero si no tienes gente que esté guiando en ese sentido, que te diga “lee esto, te puede ayudar con lo que tú estás trabajando”, es muy difícil que esa persona llegue a eso. Faltan esos conectores: gente en las universidades, en los centros culturales, que conecte lo que se está produciendo.

Para algunos escritores de la escuela de ficción más clásica, más donosiana quizás, en la literatura del espectro que cubre esta antología prima demasiado el “nosotros” testimonial, por sobre la construcción de verdaderos personajes literarios.
–Yo creo que sí. Y no solamente pasa en Chile, pasa en toda la lengua hispana. Aparece un sujeto blando del “sí mismo”. Pero en el caso de este libro, tampoco son “relatos selfies”, que son detestables. Y lo que dices tiene que ver, según creo, con que el viejo mundo del trabajo ya no está en la cabeza de los más jóvenes. Ten en cuenta que antes, algunos entraban a la universidad y otros al mundo laboral, y nadie se deprimía por eso. Hoy, quien no entra a la universidad cae a una clínica y hay que llenarlo de pastillas. Y creo que para ser escritor, también hace falta que uno ingrese a ese mundo: el barrio, el trabajador, la economía, todo eso te da un aire fresco, y ahí uno empieza a ver una sociedad. Y en “Selección chilena” buscamos que el lector se pueda encontrar con eso. Que no se encuentre con un “yo” permanente, sino que pueda identificarse y ver un cuadro emocional de una época. Creo que eso es lo interesante de estos textos: instalan temas que pueden abrir conversaciones.

Para el escritor que empieza, hoy es más difícil que el medio lo pesque, pero es más fácil publicar. ¿Se ha perdido un poco el rigor del escritor que antes de publicar tiene que formarse?
–Sí. Cuando llegan chicos a la librería a mostrarme sus manuscritos y que quieren publicar un libro –porque imprenta en Chile hay, y editoriales que en realidad son imprentas hay varias–, yo siempre les digo que no se metan la mano al bolsillo para imprimir sus libros, sino que viajen. Viajen, conozcan, salgan, compren música, compren libros, vivan… Y después, cuanto tengan algo que decir, siéntense y escriban algo. Antes de eso, no hay ninguna posibilidad. Si uno no junta rencor, odio, tristezas, desidia, mientras uno no pase por todos esos infiernos, es muy difícil que aparezca algo bueno en un relato.

Hace un par de años te tocaba ser jurado de algún concurso y me comentaste que estabas espantado de que muchos escritores jóvenes estaban escribiendo sobre escritores.
–¡Y sigo espantado!

¿Por qué crees que se produjo ese contagio?
–Bueno, en su momento había una literatura de los escritores, de Vila Matas, esa metaliteratura de cruces que ha estado siempre, pero menos visible. Y creo que ahora, además, se da por el traspaso de cosas a través de los nuevos medios. Creo que la gente confunde su Facebook con un cuento. En Facebook uno puede comentar lo que está leyendo, el escritor que le gusta, la comida que le gusta… Pero llevar ese traspaso al texto por creer que tiene un valor como tal, es absolutamente fallido. Así como tampoco un texto es “urbano” por nombrar dos calles, como se pareció creer en algún momento, sino porque hay un sujeto que se para en la sociedad. Lo otro no es urbano, es urbanismo.

LOS CONGRIOS DE LA POLÍTICA

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Más allá del modelo económico, ¿crees que la literatura podría entrar a dialogar con el actual momento político?
–Bueno, ahí también está la diferencia entre un escritor joven y un escritor. Yo creo que un escritor que se levanta todas las mañanas a leer el diario antes de responder los emails, se da cuenta de que hay mucho tema. En Chile han aparecido personajes sorprendentes para narrarlos. La figura de Cheyre, por ejemplo, debería ingresar rápidamente a la literatura. Primero, por cómo es manejado políticamente para cerrar la Transición con ese “nunca más”, un guion entregado por civiles de la democracia para poder cerrar y dar vuelta la página de los derechos humanos. Y luego, la defensa que hace de sí mismo es una narración increíble con respecto a “ser joven”. Él se justifica por ser un teniente joven. ¡Está condenado al fracaso por ser joven! Con eso a un narrador joven debería pasarle algo, si está en la misma.

¿Qué te produce hoy la política chilena?
–Yo creo que la política, para toda una generación que fuimos contrarios a la dictadura, ha sido el desencanto más profundo que hemos tenido como sociedad. Ha sido un poco vergonzoso asumir que durante muchos años estuvimos secuestrados en el discurso de los derechos humanos que nos instaló la Concertación, y darse cuenta, con el pasar de los años, de que para ellos no era un tema. Tratábamos de lidiar con una memoria, y no pues, ellos estaban mirando otras cosas, la concentración de poder. Espero que los jóvenes, los líderes que van a aparecer, puedan hacerse los espacios.

¿Lo dices pensando en Jackson y Boric, por ejemplo?
–Yo confío en que ellos entienden que no son individualidades, que representan a un colectivo. Ahora tienen que tratar de evadir a todos estos personajes que se les van a acercar como progresistas pero en realidad quieren jubilar en el Estado. ¿Cómo sacarlos de ahí? ¿Cómo hacerlos entender que la sociedad necesita que nuevas generaciones y nuevas ideas aparezcan? Yo no creo que la sociedad quiera cambiar el modelo, porque ya está instaurado y es muy difícil cambiarlo. Pero sí, por lo menos, tener a alguien que los represente dignamente y que no vele por sus propios intereses. El problema con la política es que hay tanto congrio dando vuelta, que al hablar de política uno termina más enrabiado que entusiasmado.

¿Tenías expectativas de este gobierno?
–Por supuesto, voté por Bachelet. Y no por una cosa testimonial. Voté por el proyecto que se planteó en los debates, en las reuniones. Y voté también por el proyecto cultural que estaba plasmado ahí. Pero ya a los 15 o 20 días de gobierno, sentí que esto iba mal, porque en la parte de cultura, donde había que hacer cambios radicales, siguieron las mismas personas ahí instaladas. Era cuoteo político y cuoteo de amistad. Y cuando ese cuoteo político se sienta en tu mesa, ya hay que alejarse. Porque una cosa es verlo de lejos, pero cuando está a un metro tuyo, eso empieza a tocar tu espacio y ahí ya hay que arrancar, no participar.

¿Tú arrancaste?
–Yo arranqué.

LA PEGA DEL LIBRERO

¿Llegan escolares a tu librería o ya no habitan ese mundo?
–Sí, llegan. Y muchos han llegado de uniforme escolar y terminan siendo buenos escritores, como Diego Zúñiga. Es una de las motivaciones para abrir todos los días. Y tratar de irlos formando, ir acompañando sus lecturas. Y eso es decirles “no te puedes demorar diez años en llegar a este libro: toma, léelo ahora”. Eso es lo que me gusta de mi profesión, ¡que la gente no se demore tanto en llegar a un libro! También acompaño a mucha gente que empieza a hacer su tesis. Van a armar su bibliografía a la librería y conversamos, les pregunto cuál es el tema que están trabajando, los ayudo a ver los libros. Soy muy de acompañar a los lectores, y he envejecido con muchos de ellos. Lectores que ahora llegan con sus hijos, lectores que han muerto. Hay señores que venían a comprar libros, después almorzaba con ellos y después viene su hijo a decirme que falleció. Eso me produce un cierto dolor. Pero me gusta esa sensación de acompañarlos y de que ellos te creen, confían en que no los vas a defraudar con un libro. Eso es grato: sentir que hay gente que lee y lo pasa bien.

Todos saben que eres un librero con influencia sobre sus clientes. ¿Te hacen mucho la pata los autores y editores?
–No. No tengo buen genio para que me hagan la pata, y ellos saben que no pueden hacerme la pata. Y muchos editores se enojan conmigo porque a veces no pongo sus libros en vitrina, o porque si lo leo y no me gusta, no lo voy a recomendar. Yo sé cuáles son mis lectores y no quiero que uno vuelva al otro día y me diga “¿sabes?, lo que me recomendaste no era bueno”. Eso me daría mucha vergüenza. Pero yo siempre apoyo cuando sale un buen libro, de la editorial que sea. Eso es indudable. Hay mucha responsabilidad de los libreros en que ciertos libros no lleguen a las manos que correspondan y pasen al olvido.

¿Y te cuesta promover a un escritor que te caiga mal, si saca un libro que te parece bien?
–No. Y realmente, un escritor que me caiga mal no creo que escriba bien tampoco, ¡ja, ja, ja!

Hay algunos pesados…
–Hay algunos pesados. Pero un escritor que te caiga mal a uno, normalmente es porque no escribe bien. Y un escritor que te cae bien es porque escribe bien, y te gusta leerlo con placer.

Además del librero, ¿influye mucho la red de amistades que tenga un escritor y la cabida que esa red le dé en los medios?
–Sí, eso influye. Y creo que para un escritor, cuando está metido en un círculo de amigos que escriben en los medios, debería ser un problema que sus propios amigos o pares critiquen sus libros. Porque nunca se va a dar cuenta de si realmente su libro es lo que están diciendo. No tienes una crítica, digamos, que sea externa a tus medios. Y eso genera una suerte de narrativa muy local, porque no hay autocrítica por ningún lado. A los narradores chilenos, que viven en un mundo muy pequeño, les tendría que resultar muy difícil que sus propios pares, con los cuales comen, bailan, comparten muchas historias, el día sábado saquen un artículo a favor suyo. Creo que eso es… a ningún escritor le podría agradar. Yo nunca dejé, ni dejaré, que un amigo escriba algo sobre mí.

BERTONI Y LEMEBEL

¿Qué te parece que haya 17 poetas candidatos al Premio Nacional?
–Bueno, todo el mundo en Chile está preocupado de poder jubilar con plata, ¿no? Hay escritores que se lo merecen, pero también es un poco ridícula la situación. De partida, un escritor no debería escribir jamás pensando en ganar el Premio Nacional. Toda escritura es algo tan personal, ¿por qué la sociedad debería premiarlo? Hay mucha gente que debería ser premiada por su aporte a la sociedad y está en su casa comiéndose un sándwich, leyendo un diario, y nadie los va a premiar.

El 2014 apoyaste firme a Lemebel. Ahora estás con Bertoni. ¿Por qué?
–Estoy con Bertoni porque él entusiasma a leer. Ha formado lectores, tiene un humor, una cierta picardía que a veces se echa de menos en la poesía. Yo he visto gente parada en la librería leyendo un libro de Bertoni y riéndose, eso es muy agradable. Y son textos erotizados poéticamente, aparece un erotizado joven, un des-erotizado viejo. Aparece el cuerpo, tanto un cuerpo erótico como un cuerpo enfermo. Creo que es lejos el mejor poeta que vendría de esa corriente, digamos, antipoética. Y está en los bordes. Sigue escribiendo su propio mundo, tocando la misma tecla, no ha cambiado su registro poético y eso es interesante, porque no tiene por qué andar experimentando. Pero sobre todo, diría que apoyo a Bertoni porque es un poeta. Es un poeta que va a morir como poeta, y eso es lo que más me gusta a mí: con premio o sin premio, Bertoni va a morir como poeta, no me cabe la menor duda de eso. Es como Maquieira, que va a morir como poeta aunque tenga dos libros. Siempre me gustó Maquieira también para el Premio Nacional, y estoy seguro de que nunca se lo van a dar. Pero esos son: Teillier, Lihn, todos los que han muerto sin el Nacional, murieron como poetas. Y el resto, si quieren morir como Premio Nacional, ¡que mueran como Premio Nacional!

¿Sigue yendo la gente a comprarte libros de Lemebel?
–Sí, sus lectores siguen aumentando y eso no va a parar. Pedro fue de los pocos escritores que yo caminé con él por la calle y experimenté la fama. Estar con un escritor realmente que sintió en vida la fama.

Fuiste el amigo del futbolista.
–Sí, yo era como su guardaespaldas, me alejaba para que lo abrazaran y le sacaran fotos. Y lo siguen leyendo ahora, por instalar una escritura impresionante y por abrir un mundo a una parte de la sociedad que no tenía un escritor.

Su velorio fue increíble porque no sólo llegaron todas las minorías, sino mucha gente común que se identificó con él por sentirse, de algún modo, parte de la gran minoría.
–Sí, eso fue muy impactante. Pero él lo sabía. Él sabía que iba a ocurrir eso. A veces hacíamos bromas. Estas son figuras populares que la sociedad elige, no el Estado. A Pedro Lemebel lo eligieron porque les pertenecía, porque él venía de ese estrato bajo de la sociedad y entendía perfectamente lo que era ser homosexual en un colegio, ser homosexual caminando por una feria, ser homosexual dentro de un mall. Eso es lo que creaba esa complicidad con esas minorías que estaban ahí ese día.

¿Hay proyectos andando con su obra?
–Estamos trabajando en eso. Su familia ha sido súper atenta al respecto. Ahora estamos preparando una antología para Estados Unidos, que se va a traducir.

En una entrevista radial que le hizo a Bolaño, él decía: “Roberto, ¿por qué siempre me dicen que mis huevás no se pueden traducir?”.
–Pero Pedro siempre tuvo mucha suerte, y conseguimos de la nada una traductora notable. Un día apareció en la librería una chica norteamericana que venía a hacer una residencia de Yale, para traducir. Y le había gustado Lemebel, qué sé yo, así que con Pedro Montes le pasamos unos textos. ¡Y la traducción que hizo fue increíble! Les pasamos el “Manifiesto” y logró calcar y traspasar esa misma emoción, esa misma rabia, ese fulgor y deseo que tiene ese texto. Y estamos trabajando en el último libro que Pedro dejó terminado, “Mi amiga Gladys”, que debería salir este año, espero. Y espero hacerlo bien. Siempre estoy pensando: ¿le gustará que esto sea así, que esta foto vaya en el libro? Siempre me estoy preguntando…

Porque era bien fijado…
–Sí, las cosas tenían que ser como a él le gustaban. Pero como lo conocí bastante bien, espero no fallarle.

Murió hace ya… ¿un año y medio?
–Un año y siete meses.

¿Cómo has vivido la continuidad de su presencia sin él?
–Claro, siempre está ahí presente… Es muy difícil que desaparezca, porque todos los días está conmigo. Todos los días vendo un libro suyo que se llama “Adiós mariquita linda”, entonces todos los días estoy diciendo “Adiós mariquita”, “Adiós mariquita”, “Adiós mariquita”… Y llego todas las mañanas y está ahí, hay una foto ahí, y se sentaba todos los días ahí, entonces siempre está. Yo creo que eso me ha ayudado mucho a llevar esa pérdida, que ha sido una de las cosas más dolorosas que he tenido en la biografía.

ZURITA Y LOS NUEVOS POETAS

Antes de la entrevista, me hablabas sobre el reconocimiento que está teniendo Zurita, sobre todo afuera.
–Yo creo que aquí se lo aprecia, pero la dimensión que tiene Raúl Zurita en Hispanoamérica es inmensa, ¡es inmensa! Y escucharlo y leerlo afuera es otra cosa. Hace poco tuve que viajar y en una librería encontré un libro de Zurita, lo leí ahí, de pie, y realmente me emocionó. Cuando uno lee las cosas aquí, como que no les toma el peso. En los años 90, me tocó viajar a Estados Unidos y me pasó lo mismo con Neruda. Tomé un libro suyo en una librería de California, donde todo el mundo hablaba en inglés, y ponerme de pie y escuchar la voz de Neruda fue una cosa que se me paraban los pelos. Pero la importancia de Zurita afuera… ¡es un poetazo! Instaló un proyecto de escritura que… uff, hay que tener un estado físico, mental, para llevarlo adelante. Se lo envidio infinitamente, porque yo, fuera bueno o malo, no tuve estado físico ni mental para eso. Instalar ese proyecto, ponerlo en la mesa, es otra cosa.

El costo es alto.
–El costo es muy alto, y él lo logró.

Algunos poetas jóvenes a los que él apoyó en su momento, varios de los poetas treintañeros más destacados hoy, salieron primero de un taller literario que tú hiciste en Balmaceda. ¿Cómo fue ese taller, por qué crees que resultó?
–Sí, fue el único taller que hice, creo que el año 99. Se hizo una convocatoria a jóvenes que escribieran poesía, postularon cuarenta y yo dejé a doce, que dejaron sus textos, todos muy malos, pero muy malos…

Ellos tenían 18 o 20 años, ¿no?
–Sí, algunos estaban en el colegio y otros en primer año de universidad. Y lo primero que les dije fue que se guardaran sus poemas, porque me parecían horribles y ni siquiera iba a comentárselos. Pero que sí veía ahí unas ganas de escribir, y que durante los primeros seis meses solamente íbamos a leer a poetas vivos, latinoamericanos y de su edad, o un poco mayores. Armarles un aparato de lectura y de conversación, y que se relacionaran con su momento.

No sólo con los grandes poetas muertos.
–Claro, los muertos están en todas partes, pero en llegar a los vivos se iban a demorar muchos años. Y ahí, después de seis meses de soltarlos y de que pudieran entender la poesía contemporánea, empezaron a aparecer con sus poemas.

Mejores que los anteriores…
–¡Mejores! Si los que habían traído eran puro “pecho caliente”, como diría Huidobro, llenos de imágenes de cabro chico. Aquí ya habían empezado a madurar y se armó un grupo de poetas importantes: Paula Ilabaca, Gladys González, Héctor Hernández, Víctor López… Y siguen apareciendo autores. Hoy acaba de llegar un libro de Milagros Abalo, que la sigo desde su primer libro y me alegró infinitamente, porque es un libro notable de poesía. Lo que ella construye son poemas como tales, que no se quedan con esa sensación de victimización de una poesía que ya se hizo a fines de los 80. Yo quiero ver textos que cualquiera pueda leer y decir “esto es poesía”. No quiero que me tengan que decir cómo leer poesía. Y eso es lo que me alegra de tener una librería, porque sé que mañana van a entrar algunos clientes y les voy a decir “mira este libro, por favor no te pierdas”. Y me van a hacer caso.

Sergio-Parra-portada-libro
Selección chilena 2000-2016
Varios autores (Selección y prólogo de Sergio Parra y Aldo Perán)
Estruendomudo, 2016, 280 páginas