Las imágenes del año 2014

Una amiga me mostró en internet un reportaje sobre los llamados After en algunas ciudades, incluidas Valparaíso y Santiago, que había emitido el programa “En La Mira”. La investigación periodística produjo mucho impacto en la ciudad, varias personas cercanas me la comentaron, por eso quise verla. Y me di cuenta, entre otras cosas, de que ese género televisivo tiene una apuesta narrativa con “el aquí y ahora”. La factura era como la de un reality, en el sentido de producir efectos dramáticos en vivo. Yo no sé si la producción y dirección del programa están conscientes de que la obra audiovisual les quedó muy buena, que la investigación reveló un verosímil narrativo potentísimo.

En el caso del capítulo de Valparaíso, que me toca más directamente, había una trama muy bien urdida al seleccionar un local que era como el epítome del post carrete. Siempre que yo bajo por la escalera que da al ascensor Espíritu Santo, el que da a la calle Huito, me topo con ese local. Lo que me hizo ver mi amiga era una historia fascinante con ingredientes muy actuales, como una serie de Netflix; es decir, había corrupción, drogas y política. Había el típico especulador criminal bien conectado con la superestructura local (municipio, policía y parlamentarios), el proveedor de iniquidades, un tal Jeria, experto en los siete pecados capitales y postulante al concejo municipal.

Ojo, es necesario mencionar que muchos artistas jóvenes creen torpemente que un modo de conectarse con un posible imaginario de obra es relacionarse con la noche abyecta, como fue el caso del post romanticismo decadente que dio origen a la voluntad de vanguardia a principios del siglo XX. Es decir, mucho pendejo no puede dejar de tributarle a eso que ya es retaguardia artística, perversamente influenciada por la desviación infantilista pequeño burguesa del anarquismo. Esta es una triste realidad de la cultura local cuyo desarrollo se ve frustrado por esta patología generacional.

Volviendo al reportaje, me quedaron muy grabadas aquellas escenas en que aparece la víctima de ese maldito Jeria, una tal Martita, gran personaje. Una comadre de la vida con aspecto de travesti vieja, como la describe un sapo que hace de relator en vivo. Dentro del bajo mundo que habita, ella es tierna y casi encantadora. Es recuperada por unas vecinas que más de alguna vez la asistieron luego de ser golpeada por el Jeria, que es el dueño del negocio y al parecer fue su pareja (al menos comparten una hija, dice el relato). Martita, al parecer, capta que los investigadores están al acecho y los estimula a ingresar al local, como pidiendo ayuda; esa parte le aporta un contenido dramático muy especial, porque Martita, creo, logra emocionarnos con su comparecencia decadente y degradada; luego los periodistas son violentamente echados del local por su hija descompensada que entra en ataque de histeria.

El Jeria y la Martita habitan en muchas localidades de este largor territorial; el motivo recurrente del abusador cabrón y la abusada sumisa no es menor en la cultura nacional. Dentro de la fauna que comparece en el programa es posible reconocer a un exfuncionario de la Gobernación local metido en el negocio de la noche abyecta y consumidora de iniquidades. La relación entre política y este tipo de criminalidad es demasiado directa. El programa deja en evidencia la relación de los pacos con la Martita y con el Jeria, por ejemplo. Y, dato clave, la relación del Jeria con el power local, es decir, políticos y uniformados. Nos imaginamos que alguna autoridad judicial o administrativa, por decir algo, se estará haciendo cargo del asunto.

Conclusión: el programa produjo tal impacto en el barrio que nadie dejó de comentarlo. Ergo, ese es el género que debe explotar el negocio de la ficción, el de una ciudadanía amenazada por la colusión entre criminalidad y política a nivel local, no solo Penta y SQM que son la expresión ABC1 del asunto.