ferias libres

A María Trinidad, mi hijita

Hoy cumplo 59 años. Nací en el año 1957 un lejano 18 de agosto: mi madre una dueña de casa, sus estudios hasta sexta primaria, de muy admirable caligrafía; mi padre un obrero en una famosa fábrica de cuero y calzado ubicada en Avenida Recoleta, hoy inexistente, la Beltran IL Harreborde, colindante con el Cementerio General. De ese matrimonio feliz soy el hijo mayor de cinco hermanos: un ingeniero, un médico, un antropólogo, un empresario y un abogado.

Mis padres ya están viejos, fueron buenas personas y ahí los veo en sus andanzas del adulto mayor en la comuna de Conchalí. Yo estoy muy agradecido de sus esfuerzos por sacarnos adelante en la vida. No fuimos pobres en el sentido de la extrema pobreza; momentos difíciles, sí. Puedo decir que conozco muy de cerca al proletariado y sus idiosincrasias. Antes de conocer en el cine las escenas de Lumière mostrando a la clase obrera parisiense, las viví en vivo y en directo a la salida de la fábrica que mencioné, observé a esa masa asalariada cercada por las rejas esperando a que sonara una bocina o pito dando la orden de salida, y veo al capataz despejando la partida de esas gentes. Naturalmente eso lo viví los días de paga, la gente salía dichosa, y con mi madre y mis hermanos y mi papá (fumaba Hilton) íbamos a darnos el gusto de comer completos en alguna fuente de soda del barrio.

A mi padre lo conocí en sus labores de sindicalista comunista. En un sindicato de trescientos afiliados, él era el presidente y recuerdo sus discursos vibrantes. Yo me sentía tímidamente orgulloso de mi padre, cuando él hablaba se producía un respeto total, al finalizar el aplauso era cerrado y sus mociones, en general, eran aprobadas por esos obreros. Y debo agregar, los patrones de esa fábrica respetaban a mi padre, lo apreciaban al percibirlo ilustrado y de maneras finas. Cuando yo necesitaba zapatos nuevos, mi papá me presentaba en la tienda a alguno de los patrones, “este es mi hijo mayor”, y yo notaba que los empleados de la tienda trataban “al papa mío” con mucha consideración.

En mi casa siempre hubo clima de estudio y en los colegios éramos conocidos como alumnos de excelencia. Mi hermano Alexis Edison actualmente es un pediatra entregado en cuerpo y alma a la muchachada; mi hermano Pedro un estudioso de Rusia, quizá el próximo año lo vea conmemorando la Revolución rusa in situ; mi hermano Alexis Lenin y Don Robertito son buenos chatos y emprendedores en sus cosas.

¿Qué contar de mi madre? Bueno, ella se llama Mireya, es espléndida, con mucha clase y distinción, sensible a no poder, muy dueña de casa. Cómo no recordar sus platos, sus tortas, su trabajo de lavandería, sus empanadas, sus cazuelas, sus carbonadas; ella en el fondo es mi musa inspiradora. Últimamente la acompaño a la feria del barrio a hacer las compras de la semana, y es muy valorada por los caseros. Cuando la recuerdo se me caen las lágrimas. Ella fue la gestora principal de mi primera comunión, sacramento que significó una experiencia única en mi vida sentimental, política y religiosa.

En los tiempos de la Unidad Popular, en mi casa hablábamos mucho de política. Con el papá y mis hermanos analizábamos la coyuntura a la luz de los editoriales de El Mercurio y El Siglo. Con mi padre fuimos el 4 de septiembre de 1970 a celebrar el triunfo de Allende, y para el 4 de septiembre de 1973, como buenos comunistas, fuimos a marchar y a despedir al compañero Presidente.

Ya en esa época yo era un cinéfilo consumado. Vi Ladrón de Bicicletas en un ciclo de cine en el edificio de la Unctad y ahí me enamoré del arte comprometido. El año 73 conocí a mi gran amigo y tutor don Sergio Salinas Roco (Q. E. P. D.), un padre para mí en el aprendizaje del cine y su poesía. Por supuesto fui un lector de las revistas Ramona, Onda y Ritmo, y era muy fiel a Punto Final. En su minuto me impactó muchísimo la muerte de don René Schneider, como asimismo la de Luciano Cruz Aguayo o la de Rodrigo Ambrosio.

Al llegar a estudiar Derecho a la Chile en 1976 se me produjo una conmoción muy grande. Al momento de matricularse, todos los chiquillos y chiquillas parloteaban de lo lindo, y uno en corral ajeno; a la postre entendí que ellos se conocían por familia y colegio, de ahí esa intimidad inmediata. En la escuela de Derecho son incontables las anécdotas. El cantante Hernaldo y yo éramos los únicos con morral chilote. En la asignatura de Introducción al Derecho he tenido la suficiente pachorra de no inscribirme en el curso “anti dictadura” de don Máximo Pacheco, sino en el curso empingorotado de don Antonio Bascuñán, donde estaban por costumbre las chicas más distinguidas. En ese curso estaban don Carlos Franz, don Miguel Soto, la maravillosa Rebeca Puga, mi amada Marcia Undurraga Jensen y otras personalidades que hoy figuran en la primera línea de la escena nacional. No se crea que asistir a ese curso era cosa fácil. Ser el roto aspiracional o siútico del curso tiene sus bemoles.

En esa Escuela conocí a mi primer amor, una estudiante de Medicina, doña Carmen Velasco. Fue un amor a primera vista y virginal; que si la amo hoy, por supuesto que sí. Hoy de repente me encuentro con don Antonio en el Baco y por supuesto saludo a mi profesor con temor reverencial y gratitud, o con su hijo tan dandy para sus cosas echamos la talla. Un día don Antonio se mandó las partes, “ayer fui a ver El Pasajero de Antonioni”, y bueno este pupilo fue el único que lo comprendió.

Son tantas las historias y los episodios de mi vida, pero no quisiera extenderme en memorias. Agradezco permitirme esta digresión a 59 años exactos de tener el privilegio de nacer en cuna de oro.