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Celina Llan-Llán, protagonista de Alas de Mar.

Alas de Mar

Navegando por las turbulentas aguas del canal Fitz Roy en la región de Magallanes, el capitán del barco en que viajaban Celina Llan-Llán y Hans Mülchi con su equipo de filmación, decidió, al segundo día de viaje, que lo mejor era regresar. Cuando estaba a punto de devolverse, Rosa, madre de Celina y experta navegante, lo espetó en público: “¡Usted tiene miedo, ja, ja, ja!”. El capitán no tuvo otra opción que continuar, para desconcierto de los varios tripulantes que estaban descompuestos por el mareo y el susto.

Rosa y Celina son de las últimas personas con vida que alcanzaron a vivir la cultura kawésqar en las chozas y canoas indígenas, experiencia que en esta película pudieron revivir o, al menos, recordar. “Volver a ver todos esos paisajes y naturaleza fue volver al pasado. Son los mismos recuerdos que uno ha conservado desde niña, fue muy lindo”, cuenta Celina, quien luego de ser desplazada de su tierra por los estancieros, fue separada de su familia y llevada a un internado de monjas.

Es parte de la trama del documental “Alas de Mar”, del periodista e historiador Hans Mülchi, y que constituye la segunda parte de su trabajo anterior “Calafate: zoológicos humanos”, donde reconstruyó la historia de los nativos patagónicos que fueron raptados y exhibidos en zoológicos humanos en Europa a fines del siglo XIX, y cuyos restos fueron encontrados recientemente en la Universidad de Zúrich.

La acción parte con el traslado de las osamentas de los kawésqar de regreso al sur de Chile, en un viaje de diez días en barco al lugar de donde habían expulsado a Celina cuando pequeña. “La película consiste en concretar ese sueño de Celina y su madre de volver a su hogar y volver a navegar por islas muy ignotas, y por los canales infinitos del extremo sur de Chile”, cuenta el director.

Los pueblos originarios han sido una constante en el trabajo de Mülchi, que ahora piensa continuar con su serie “Indígenas Notables”, que sería emitida por TVN en 2017. “Me di cuenta, estudiando Historia en la universidad, que en la historia que nos habían contado las culturas indígenas sólo existían hasta la llegada de los españoles, y los chilenos bajamos como de un platillo volador y de ahí se armó esta sociedad que es Chile. Pero las culturas indígenas, a pesar de todo, lograron sobrevivir en muchos aspectos. Y los chilenos no sólo ignoramos la riqueza de esas culturas, sino el hecho de que nosotros mismos somos en gran parte herederos y descendientes directos de ellas”, sostiene Mülchi.

El Príncipe Inca

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Felipe Cusicanqui, en El Príncipe Inca.

Cuando Felipe Cusicanqui contaba en el colegio que tenía sangre noble pocos le creían. Al menos esa era la historia que le había contado su abuelo, de origen boliviano, y que al morir, le dejó unos documentos firmados por el rey de España que lo acreditaban: la familia Cusicanqui descendía de Túpac Yupanqui, emperador que llevó al imperio Inca a su máxima expansión territorial.

Esta historia cautivó a la periodista Ana María Hurtado, y la motivó a grabar el documental “El Príncipe Inca”, donde Felipe, hoy artista plástico, viaja a Bolivia a buscar el origen de esa leyenda familiar. “Más allá de la historia del príncipe y de los títulos nobiliarios, que son cosas más fantásticas, lo realmente importante son las cosas escondidas, que se redescubren a través de tu propia historia. Y este viaje me permitió reencontrarme con la historia de mi abuelo y con mi origen, que fue algo epifánico. “Allí la historia del príncipe quedó chica”, cuenta Cusicanqui.

“Era una historia que estaba enterrada en la familia, algo que nadie había ido a buscar. Y por eso le dije a Felipe, ‘quiero que hagamos este viaje, yo te lo financio, a cambio de que me dejes grabar este proceso’, cuenta Hurtado. Durante cuatro años, grabó a Felipe recorriendo el paisaje altiplánico, explorando las ruinas del imperio, siguiendo la ruta del inca, e incluso compartiendo con otros descendientes de la familia Cusicanqui en una fiesta anual de un pueblo llamado Calacoto.

“Esta película se trata de ir por la vida reconociendo los fragmentos de uno, que están en todos lados, y poder componer algo que es lo que tú eres, de donde tú eres, tu origen. Eso puede sonar muy metafísico, y lo es, pero también tiene un correlato muy real en la obra de Felipe. Él hace eso en la película. Anda recogiendo plumas, piedras, quemando madera. Con eso construyó una obra bella, una totalidad”, cuenta Hurtado.

Una de las razones que hacía dudar a los compañeros de curso de Felipe sobre su pasado incásico es su apariencia. Alto, de tez blanca y ojos claros. “Históricamente el chileno ha despreciado sus raíces indígenas. Aquí el cuento es al revés: es un europeo que quiere ser indígena. Tiene que ver con eso, revalorizar las raíces, sean las que sean”, explica la directora.

La Ciudad Perdida

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Francisco Hervé y Rolf Schilling grabando La Ciudad Perdida.

La narración en off de Jaime Vadell guía este documental que relata el paso de un hombre, Rolf Schilling, por la región de Aysén en busca de la mítica Ciudad de los Césares. “Es un mito que ha sido súper importante para la historia y la cultura de nuestro país, pero también me di cuenta que es un mito súper olvidado. Mucha de la gente de Aysén mismo no había ni oído hablar de la Ciudad de los Césares”, cuenta Francisco Hervé, director del filme.

En la ficción, el mito de la ciudad perdida ha sido tratado por distintos autores, pasando por Manuel Rojas (“La Ciudad de los Césares”), Hugo Silva (“Pacha Pulai”) e incluso Francisco Ortega en su “Trilogía de los Césares”. Todos recogen versiones distintas del mito. La que más se repite es que un grupo de conquistadores perdidos construyó una ciudad entera de oro en algún punto indeterminado de la Patagonia hace quinientos años. Ciudad que los españoles buscaron durante siglos. “La ubicación también varía –explica Hervé–. Originalmente era ‘de Buenos Aires hacia el sur’. En algunas versiones del mito, la ciudad se mueve. Es una ciudad errante. En otras, sólo es visible para aquellos que tienen una capacidad especial para verla. Entonces, tiene un montón de ideas asociadas súper interesantes para pensarlas metafóricamente con respecto a lo que significa salir en la búsqueda de algo y perderse en el camino”.

Hervé cuenta que leyó a Rojas y Silva, pero que el texto que más le interesó fue uno de no ficción de Alfredo Jocelyn-Holt, “Los Césares perdidos”, donde el autor interpreta la identidad de Chile a partir de dicha historia. “Casi como que Chile no existiría si no fuera por este mito. De alguna manera, permitió mantener el esfuerzo de construir el país a pesar del fracaso y naufragio constante de los conquistadores españoles. La propia Corona fortaleció el mito de la Ciudad de los Césares, porque le servía para incentivar a los conquistadores a seguir explorando hacia el sur de Chile”.

Este documental, donde el protagonista explora un paisaje “místico” dominado por la nieve, la crudeza del frío y la dura geografía, también aprovecha el mito de una ciudad que no existe para para ir a descubrir una identidad real. Finalmente, la película propone que la ciudad perdida es la región de Aysén en sí. “Es un lugar muy especial. Hay un paisaje muy dominante en cómo funciona la vida y la gente está aislada. Incluso los celulares empezaron a aparecer cuando yo llegué a grabar allá, hace como tres años”, relata el director. Sólo que ya no son los conquistadores quienes la buscan, sino las grandes empresas. Y el tesoro que buscan no es el oro, sino el agua. “Creo que hay cuentos que terminan transformando nuestra realidad, y a lo mejor este mito termina transformándose en una Ciudad de los Césares, pero de otro tipo”, concluye un metafórico Hervé.

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