Carlos-Peña

El columnista de El Mercurio, Carlos Peña, hizo una dura crítica al ministro de Relaciones Exteriores, Heraldo Muñoz, luego de que se reuniera con Mohammad Javad Zarif, el caciller de Irán.

El también rector de la Universidad Diego Portales, aseguró que la idea de la diplomacia con la que Muñoz justificó la visita no es más que una falacia cuando ese país “castiga con la pena de muerte la homosexualidad, subordina y somete a las mujeres, flagela, apedrea o mutila a quienes infringen la ley, trata con grave intolerancia a las creencias minoritarias, acepta la existencia de tribunales religiosos que castigan la herejía e impide que los ciudadanos accedan a la información y a la crítica”.

“En Irán -según informes de Amnistía Internacional-, las mujeres carecen de acceso a métodos anticonceptivos, existe el matrimonio forzado y temprano, no se castiga la violación conyugal y se lapida a las adúlteras; gays y lesbianas son ahorcados en la plaza pública; los ladrones son amputados; algunas minorías religiosas son castigadas por el delito de “propagar la corrupción en la tierra”; las autoridades bloquean Facebook, Twitter y otras redes; las minorías étnicas -las comunidades árabe ahwazí, turca azerbaiyana, baluchi, kurda y turcomana- son gravemente discriminadas, y el gobierno se ha negado a suscribir -era que no- la convención contra la tortura y la convención para eliminar todas las formas de discriminación contra la mujer”, partió Peña.

“El señor de aspecto pacífico, barba cuidada, educación norteamericana y modales suaves a quien el canciller Muñoz saludaba con amable circunspección, es un representante de esas ideas que acorralan a las mujeres, persiguen a las minorías étnicas, ahorcan a los gays, mutilan a los ladrones y reprimen a los disidentes políticos”, agregó.

El académico se preguntó “¿Qué puede explicar que Chile haya aceptado el raro honor de recibir a semejante visitante?”

“La explicación la dio el canciller Muñoz: “Hay áreas -explicó- donde tenemos diferencias, como en materia de DD.HH. y minorías sexuales, pero justamente la diplomacia es diálogo, es aceptar diferencias y las posibilidades de entenderse. Aparentemente, la respuesta del canciller es correcta. Recibir al canciller de un país que en materia de sexualidad, género, tortura y pena de muerte tiene costumbres tan distintas a las de Chile puede ser entendido como un acto de tolerancia, una conducta de apertura a una cultura distinta, una forma de aceptar cuán heterogéneo y diverso es el mundo, una contribución, en suma, al entendimiento entre culturas y costumbres distintas, una muestra de elevada civilización, casi una forma de elegante cosmopolitismo”, escribió.

En esa línea, Peña aseguró que “todo eso que el canciller insinuó con sus palabras suena bien, pero es una simple falacia”.

“Porque ocurre que para una democracia liberal los derechos humanos, el respeto a la igualdad de género, a las minorías sexuales y étnicas, la proscripción de la pena de muerte a niños y la condena de la tortura, no son resultado de una costumbre o una peculiaridad cultural de Occidente, sino que son el resultado de una convicción moral a cuya luz se juzga qué culturas son aceptables y cuáles no lo son, qué sociedades merecen interactuar con plenitud de derechos en la escena internacional y cuáles, en cambio, no, cuáles son civilizadas y cuáles bárbaras. Así, entonces, cuando un gobierno como el de Irán castiga con la pena de muerte la homosexualidad, subordina y somete a las mujeres, flagela, apedrea o mutila a quienes infringen la ley, trata con grave intolerancia a las creencias minoritarias, acepta la existencia de tribunales religiosos que castigan la herejía e impide que los ciudadanos accedan a la información y a la crítica, no es posible sostener, como lo acaba de insinuar el canciller Muñoz, que se trata de una diferencia cultural que merece ser respetada, una diferencia que, luego del diálogo, pueda ser aceptada. Y es que los derechos humanos -y es de esperar que el canciller Muñoz no lo haya olvidado luego de tantos años de diplomacia, apariencia y recepción- constituyen un coto vedado que ningún Estado debiera traspasar por más que, como el de Irán, esgrima diferencias religiosas, textos sagrados o, lo que es peor, abundante petróleo para hacerlo”, agregó.

Para el columnnista “uno de los lugares comunes de las relaciones internacionales (que el canciller Muñoz debe repetir una y otra vez) consiste en sostener que entre los Estados no hay principios, sino solo intereses. Pero ni el realismo de los intereses puede tolerar que se invada el coto vedado de los derechos humanos: aceptar que se abuse de las mujeres, se ahorque a los homosexuales, se castigue a las minorías étnicas o se castigue la disensión religiosa o política”.

“¿Qué habría ocurrido con Chile si -cuando la dictadura arrasaba- el mundo hubiera adoptado el realismo que hoy día el canciller Muñoz exhibe?”, finalizó.