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Víctor Hugo Ortega avanza raudo por Almirante Latorre en dirección al sur. Mientras bordea el que fuera su antiguo colegio, enumera los hitos de su adolescencia como estudiante provinciano en Santiago, cuando tenía que hacer hora después de clases para que su madre lo recogiera en un Chevrolet antiguo. Como La Boheme, extinto local donde los secundarios tomaban bebidas con un pianista en vivo de fondo o, algunas cuadras en dirección a Club Hípico, los diversos moteles -con trato especial para los escolares- a los que Ortega jura no haber ido.

Su caminata hiperkinética tiene mucho del libro “Las canciones que mi madre me enseñó”, una serie de relatos y micro cuentos (48 para ser preciso) que pasea por las temáticas usuales en la narrativa de Ortega: el cine, Malloco y el fútbol. Relatos que, puestos en perspectiva, funcionan como un diálogo entre un hijo y su progenitora. O como un gran collage de la madre latina.

Con obras como “Mejor compremos chocolates”, “El secreto del cambio de club” y “1998” (una síntesis en prosa sobre uno de los años más icónicos del Siglo XX chileno), Ortega logra construir un relato personal y familiar en diferentes voces. Imágenes precisas que retratan la intimidad y cotidianeidad del autor con su madre recientemente fallecida.

Sentado en un café de la Plaza Grajales, justo enfrente del mítico motel Sol y Luna, Víctor Hugo Ortega se dispone a explicar las motivaciones detrás de su libro más personal.

¿Cuándo se empezó a gestar este libro?
La idea nació en la época en que mi mamá estaba enferma. Luego, cuando ella murió, me empezó a pasar una cuestión muy cuática, conversando con una amiga. Ella me dijo que lo primero que uno se olvida de los muertos, de alguien muy querido, es la voz. Y es verdad po. Uno no se olvida de la cara, ni de ciertos gestos, pero sí se olvida de la voz.

En los cuentos traté de jugar con el uso de múltiples voces, pero al final, pienso que es la misma. Si bien se adapta a épocas –a veces es un hombre de 32 años y otras veces es de un cabro de 20- es la voz de un hijo. La voz de un hijo que se mezcla con la voz de una madre.

¿Y el nombre del libro?
Por años tuve un programa radial sobre cine, junto a Andrés Daly, llamado “El mundo sin Brando”. Y cuando me vi enfrentado a ponerle un nombre a este libro de cuentos sobre mi mamá, sinceramente no encontré uno mejor que este. Es el título en español de un libro de memorias que Marlon Brando escribió y que vimos con mi mamá en Uruguay. Pero lo llamativo es que no es una idea original de él: hay un álbum de un soprano australiano que se llama así, e incluso es el nombre de una composición en piano que un checo, Antonín Dvorak, hizo en 1880.

Te han dicho que tu libro representa a la madre latinoamericana.
Sí. Varios colegas de países latinoamericanos, que han leído algunos textos, me lo han señalado. Y eso es interesante porque te habla de que el libro tiene una raíz latinoamericana que es fuerte. Porque eso de que la madre tenga tanto protagonismo en la vida de un hijo es un fenómeno latinoamericano. Ni los gringos, ni los franceses tienen esa noción.

La madre latinoamericana es súper mamona, súper metida en todo lo que le pasa al hijo. Quizás lo que más la diferencia con las de otros lados es que para las madres de acá, el hijo es hijo para siempre. Por eso en el cuento de Raúl Ruiz, “El gran mentiroso”, se habla de que el cineasta vivía con su mamá, incluso cuando tenía 60 años. Las madres latinas están encima. Yo viví con mi mamá hasta los 27 años, y no me siento mal al respecto. Es algo muy común en Perú, o en Uruguay o en Argentina. Sobre todo en Chile, donde se suele vivir de forma aclanada. Ahora hay muchos pailones que se “independizan”, pero lo hacen construyéndose una casa en el patio de la de sus mamás. Algo muy de pueblo chileno.

Literatura y periodismo

Actualmente, Ortega, divide sus días en realizar clases de periodismo y cine en distintas universidades y en un emprendimiento personal: Talleres Barravento, el cual lo ha llevado a realizar cursos sobre guión y escritura en países como Uruguay y México.

“Pienso que la literatura se nutre mucho del periodismo. Antonio Di Benedetto habla de eso: la literatura no debe subestimar al periodismo, sino que debe invitarlo a ser parte de un proceso creativo. Todos los escritores son reporteros en cierta medida”, afirma Ortega, quien agrega: “No soy muy amigo de la inspiración para escribir. Pienso que es real, pero también es un argumento de la no-escritura. A mis alumnos de Barravento siempre les enseño eso, hay que forzarse a escribir: sistematizar la escritura. Por ponerlo de manera muy gráfica: es como el Señor Lápiz de Cachureos, un hueón que tenía que dibujar a partir de cualquier raya que le hacían. Yo creo que esa condición puede ser llevada a la escritura, por eso me gustan los pies forzados”.

En el libro hay un cuento que funciona como una declaración: “Contar” ¿Qué implica esa palabra para ti?

Es un goce, creo. Un goce y un desgarro a la vez. Y este libro, más que un desahogo, es una forma de mantener latente todas las historias que nos unieron con mi vieja. Es el collage de cosas que se te vienen a la cabeza cuando alguien está ausente: la recuperación en el contexto de la ausencia. Es que salir a la calle después de que se te muera tu mamá es heavy. Al principio esa hueá era pal pico, andaba viendo en todas partes a mi vieja. Acá me interesó poder llevar situaciones del pasado hasta el límite. Editar este libro fue volver a caminar sobre suelo quebradizo; muchas veces terminé llorando.

¿Qué significa ser un escritor de provincia?
Es difícil buscar inspiración en un pueblo que no es comuna. Uno constituye su vida en base a vivir lejos de la ciudad, que no es fácil. Uno tenía que vivir con el MP3 cargado, porque es fome andar en micros interurbanas. Cuando era chico tenía reparos con vivir en Malloco, pero ahora encuentro que tiene toda la tranquilidad que a veces uno necesita. Está lleno de recuerdos, de la gente que uno conoce y a pesar de que cuesta tomar la micro; es el lugar donde me siento protegido. Yo me planteo como un escritor de pueblo, pero asumo que el mío no sale ni en las cómicas. En ese sentido, sería gracioso que en 150 años más, algún investigador diera con Malloco por las referencias de mis cuentos.

Autoedición

Alguna vez, Ortega se propuso publicar un libro por año y, hasta ahora, casi lo consigue. En 2012 publicó “Al Pacino estuvo en Malloco”, en 2013 “Elogio del Maracanazo” -se saltó el 2014- y a comienzos de 2015 lanzó “Relatos Huachos. Todos publicados de manera independiente y auto editados. Algo que según él, tiene un valor especial.

“A mí me gustan mucho los libros físicos. El libro físico es poético, es un objeto y puede pasar de mano en mano. En mi casa, por ejemplo, había muchos libros, desde Papelucho hasta Los Miserables. Yo creo que a veces uno no llegaba a leerlos todos, pero estaban ahí. Todos sabían que eran cosas importantes, en muchos niveles. A nadie se le ocurriría botar los libros de la casa. Yo creo que en todas las casas de Chile hay libros. Hasta la familia más pobre tiene libros, sean ediciones Larousse o Zigzag, pero los tiene”, dice Ortega.

¿Por qué insistir nuevamente en la autoedición?

La autoedición me asegura recibir dinero por mi trabajo. A estas alturas estoy más cerca de formar mi propia editorial que entrar a publicar por una. El mercado editorial es la raja para los lectores, pero no para los escritores.

Para ti, ¿qué significa “hacerla”?
Para mí, golazo es llegar a hacer la gran Pancho Mouat. Tener una librería -no tan lejos quizás-, y formar un proyecto en determinada dirección. Hace unos días leí una entrevista sobre él, del Diego Zúñiga, de cómo llegó a formar Lolita y los talleres que hoy día hace.

Una vez me dijeron que es muy clase media baja lo que escribo. No son relatos cuicos, tampoco son relatos flaites. Son personajes que escarban en los mundos que recorren, que se las arreglan para poder ser felices con lo que hay, con darse una vuelta por la plaza especulando o con agregar a un actor famoso a Facebook, cosas así.

Hay una frase que me gusta mucho de Luis Buñuel, el cineasta mexicano. Él decía que lo bonito de la imaginación era que con ella podías hacer cualquier cosa, agarrar a chuchadas o hasta charchazos a un compadre. Muy probablemente no lo vas a hacer en la vida real, pero es bonito que el ser humano tenga la posibilidad de imaginarlo. Cuando mis alumnos en la ‘U’ me preguntan por un cineasta, al tiro les digo ‘Buñuel’. Tu veís a ese compadre y estás listo para ser feliz con poco en la vida.

Portada Presentación

«Las canciones que mi madre me enseñó»
Autor: Víctor Hugo Ortega C.
Independiente
Páginas: 140
Precio: $10.000
A la venta a través de: lascancionesquemimadre@gmail.com