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Soñé que era candidato a alcalde. Debe ser porque estoy participando de un proceso ciudadano que pretende llegar al municipio de Valpo y eso me penetra al subconsciente y luego brota como imagen onírica, por decir algo. Odio profundamente la política, pero es irremediable dedicarse al asunto si uno es un vecino responsable. Tenemos que contener su criminalización para evitar males mayores, como la narcopolítica o los servidores públicos que terminan sirviendo a grandes empresas. El viernes, mi amigo Claudio Reyes, el arquitecto, presentó su candidatura a concejal por Valpo en el Sindicato de Tipógrafos, y forma parte de un equipo que viene hace rato procurando el momento ciudadano, libre de la representación partidista, que debe ser un paso superior de nuestra democracia, queridísimo lector.

A propósito de candidaturas, evoco el proceso, siempre impresentable, achilenado y rasca de elegir premio nacional de literatura; los pobres poetas se postulan a través de un raro sistema indirecto. Debieran dejar de dar esa cagada de premio hasta nuevo aviso, o por lo menos hasta sustituirlo por otro procedimiento más presentable que esa ordinariez academicoide y ministerial, y tan chupalolis. Recuerdo cuando el premio municipal de arte de San Antonio dejó de darse, hace unos años, porque existía la posibilidad de que yo lo obtuviera (eso creo imaginar). En Valpo también se interrumpió el premio municipal de literatura, la última vez que se otorgó fue un acto de corrupción vergonzoso. Una comisión contratada para tal efecto ungió al gran Eduardo Correa como ganador, poeta que escribió El incendio de Valparaíso (mucho antes de la gran catástrofe), pero el concejo se pasó por la raja la decisión y se lo dio a un poetiso menor.

No puedo dejar de acordarme del poetiso Caldera, quien volvió a sus andanzas allá, en el cercano Llolleo, y que junto a su cómplice, el Pedro Aceituno, agredieron verbalmente al gran vate local Roberto Bescós en una comida del departamento de cultura de la Ilustre Municipalidad de San Antonio. La envidia habla a través del copete, los poetas etílicos nunca han superado la dependencia oral, por eso arman escándalo los muy jugosos; ya le vamos a hacer una cena de desagravio, compañero Roberto. He echado de menos mi ciudad puerto, el primer puerto de verdad. Yo vivo en Valpo porque no me queda otra, pero por mí viviría en San Antonio o sus alrededores. Necesito ver más seguido a mi contador que, lamentablemente, se cambió de casa, se fue a un barrio más pituco, dicen los cabros. Necesito los relatos de José Luis Brito, el gran promotor del patrimonio de fauna y flora del borde costero y de la cordillera de la costa, rescatador de gatos que provocan apagones en los barrios, inolvidable. Necesito al poetiso Caldera y al Pickle Quiroga, echo de menos a ese par de picantes.

Me invitaron otra vez a San Antonio, porque hay una nueva generación que está organizando un referente político. Ya era hora. Superado el terrible momento histórico que nos han hecho padecer la Concertación y la derecha, viene el tiempo del vecino honesto. Y tenemos que partir por los pequeños pueblos, porque Stgo está funado. Yo pensé que habíamos fracasado con los temas autonomistas que planteábamos en los 90, pero no; hoy es el momento en que adquiere relevancia este nuevo tópico emancipador, que nos libere de los líderes histéricos y abusadores de antaño.

Porque el lúcumo, amigos míos, ese gran árbol de origen andino, deja caer su fruto en el momento preciso. Hay una inteligencia remota que posibilita esa maravilla del instante decisivo, y no otro. Porque no es como la manzana o la palta que se puede sacar antes y madura después. Esa hermosa especie arbórea la descubrí en el barrio Recreo, limítrofe con Valpo, en el jardín de una clienta. Que no parezca que estoy predicando como jardinero místico, pero la observación atenta de esa oferta de la naturaleza nos puede dar claves para la lucha. Cuando el fruto cae sobre el pasto o sobre la hiedra, y sólo en ese momento, después de unos días de reposo, está listo para su consumo ritual; he ahí la enseñanza. El momento de la lúcuma, léase autonomía, ya llegó.