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¿Qué recuerda de las clases de Balmes en la Escuela de Bellas Artes de la U. de Chile?
-Todo el mundo recuerda sus correcciones, su manera de dirigir el curso, muy innovadora respecto al contexto general de la escuela. Además, era un gran conversador. Discutía en clases muy efusivamente, y tal vez por eso tuvo muy buenos estudiantes como Virginia Errázuriz, Eugenio Dittborn, Nancy Gewölb, Tatiana Álamo, Juan Carlos Castillo, Patricio De La O…

A mediados de los años 60, usted decretó la muerte de la pintura. ¿Cómo se lo tomó él?
-No fue un momento fácil. Fuimos muy agredidos con Virginia. Y con Balmes discutíamos, pero con él fue menos difícil. Me acuerdo que una vez me dijo: “Mira, lo que pasa es que tú tomas un tarro, lo metes en una tela y para ti eso está listo”. “Efectivamente –le dije–, eso es”.

¿Y él qué le respondió?
-Se quedó en silencio. Pudo ser de aprobación, de reflexión, o de constatación de que yo estaba mal, no sé… Pero en ese tiempo no era el único. Se me criticaba las camisas que yo pegaba en las telas, se me criticaba todo. Pero el arte es así. Aprendí mucho gracias a esas discusiones.

¿En qué otras cosas discrepaban?
-Teníamos diferencias respecto a la pintura. Yo admiraba mucho a Cézanne y a los Dadá, de los que Balmes tenía cierta distancia. También tuvimos una discrepancia con el problema de la representación, y luego con la figuración. Para nosotros la palabra “representación” tenía una base arbitraria: el autoconstituirse en representante. Y comenzamos a ponerle “presentación”. O sea, esas pegadas de tarros, de ropa y de letreros recogidos en la calle eran presentaciones. Nosotros nos fuimos alejando, de alguna manera, de la manualidad, trabajando directamente con cosas, con objetos.

¿En algún momento superaron esas diferencias artísticas?
-No. Esa diferencia se mantiene. Pero eso no me impide reconocer la gran obra que entregó él. Ahora, si él reconoció mi obra o no, eso es otro cuento. Tampoco se lo pregunté. Pero la relación con Balmes siempre fue importante: fue un gran profesor. En su taller, junto con Virginia, empezamos a desarrollar cosas que derivaron en otros proyectos. Y él, junto al Grupo Signo, con toda esta introducción de lo matérico, de lo más profundamente táctil, hicieron una variante de la pintura que comprometía al cuerpo en el gesto, en la materialidad de los tactos, que es algo muy importante y se agradece.