máquina de escribir

Mi editor se divorcia de mi editora. Ambos formaban una pareja editorial padrísima y ahora se separan. Todo esto me complica por el tema de la edición, que es el centro de la vida de cualquiera de nosotros. Yo le había advertido que las chilenas eran entidades difíciles, él no es de acá. El asunto afecta mi escritura, la hace más dependiente de la edición, que es una de las críticas que yo le hago a la literatura actual: es muy sobre editada, más aún, cualquier nueva propuesta pasa por una estrategia editorial como concepto arquetípico. Quizás sea una ingenuidad decirlo o repetirlo. Eso mismo ocurre con ese movimiento de las editoriales independientes y con la profusión de libros de historicidad freak, son políticas de edición que surgen de una trama mercachiflera o de ideologemas literalitosos.

En realidad casi todo es “política editorial”, que parece haber reemplazado a lo “políticamente correcto”; todos los rechazos que uno sufre en la cosa cultural, política o de trabajo tienen que ver con la pauta editorial de la institución respectiva que te desprecia, ya sea un medio, una universidad, una escuela, un puterío, un restorán, etc. Sí, es cierto, los restoranes ahora tienen línea editorial, no ven que los cocineros (o chef) le son artistas.
El otro detalle no menor con la separación de mis editores es que a mí me gustaban como familia y me acogían como tal cuando me tocaba ir a la capital, incluso me tenían una pieza llena de gatos en la que me alojaban (me daba una alergia terrible); nos referimos a ese cuarto que todo hogar chileno debe tener y que con mi sobrino bautizamos la pieza de los Echaurren, donde pasan la noche (incluso pueden quedarse algunos días) los amigotes “echados cagando” por sus cónyuges.

Entonces, como iba diciendo, uno queda en situación de orfandad editorial, sin pauta. Uno como que siente cercanía con las parejas de amigos y no quiere que se separen. El editor, hay que decirlo, es equivalente al contador o al confesor que uno tiene, está en la misma línea del acontecer por la que uno transita, por eso uno toma sus avatares y vicisitudes como algo personal. Y sí, este ha sido uno de los acontecimientos más traumáticos de la escena editorial. He querido llamar a la Pepi Viera-Gallo para que me informe al respecto, pero no he tenido la voluntad de cahuín suficiente. Ella a mí me encanta. Todo provinciano como yo quisiera que una escritora como ella te hiciera una pauta editorial.

El tema es cómo terminar el texto que uno empieza, o para ponerlo en paradigma ejemplar, cómo chucha nos editamos o nos pauteamos a nosotros mismos; autopauteo y reedición de lo personal, esa es la clave. Con mi editor hemos llegado a la conclusión de que somos víctimas de una “confabulación de la normalidad”, estrategia que suelen protagonizar los que irremediablemente quiebran la linealidad del discurso con sus salidas de madre y que, a medio camino de la cagada que dejan, tratan de enmendar el rumbo. Por eso le he dicho que venga a verme acá al puerto, que le tengo ese cuartito de alojados correspondiente, que allá no haremos lo obvio que es el carrete desmadrado. No, aquí la cosa es recuperar el sabor agridulce de lo local; cocinar un pescadito al almuerzo y conspirar contra ese orden editorial que nos impusieron, y reordenar los textos que ahora se ven tan fragmentados. ¿Cómo mierda recomponemos ese magma de las conjeturas dispersas y volvemos a una certeza editorial de donde agarrarnos? Todo esto para no volver a la ordinariez de la autoedición, digo yo.

Nota: Una cosita poca: No hay que nombrar a Lagos (ni escribirlo), no hay que hablar de eso, que no sea tema, por favor chilenos.