Conmemoración-del-11-de-Septiembre-en-el-barrio-alto

Iglesia La Trinidad

Fue un domingo movido para el mundo evangélico. Mientras en la mañana se celebró el Te Deum en la catedral de Estación Central -como es tradición el domingo anterior al 18 de septiembre-, en una iglesia de Las Condes se llevó a cabo una ceremonia distinta al tradicional culto.

La iglesia anglicana La Trinidad, ubicada cerca del Parque Araucano, parece a primera vista una escuela. Pequeña y de ladrillos rojos, en su interior no hay imágenes religiosas, apenas una cruz de madera en la pared del fondo, una tarima con un podio y un pequeño altar con flores y un pan. De algunas vigas cuelgan guirnaldas y banderas dieciocheras.

A eso de las cinco de la tarde, hay unas ochenta personas en el culto, tras las usuales plegarias y canciones, tomó la palabra el obispo Alfred Cooper. Un hombre sonriente y de acento anglosajón, quien leyó un mensaje que trajo de una de sus últimas visitas al penal Punta Peuco. El mensaje era del ex CNI Carlos Herrera, quien asesinó al sindicalista Tucapel Jiménez en 1982, e iba dirigido a su hijo del mismo nombre, sentado en primera fila. Le pedía perdón al hoy diputado, le mandaba un abrazo y afirmaba que en su reclusión se había encontrado con Cristo.

Poco después, un tanto compungido, subió al podio Tucapel Jiménez. “Yo no puedo abrazar al asesino de mi padre, me cuesta mucho…”, comenzó su testimonio, pero concluyó llamando al reencuentro y a la reconciliación. “No conozco otra manera de que un país sane sus heridas sino a través de la verdad y la justicia. No puedo perdonar, pero tampoco tengo odio en mi corazón. Me voy satisfecho de haber venido. Debo reconocer que dudé al recibir la invitación”, contó el diputado PPD.

Cooper, capellán evangélico en La Moneda en el gobierno de Piñera, junto a los sacerdotes Fernando Montes y Mariano Puga, miembros de la Agrupación de Iglesias Cristianas, organizaron este “Servicio por la Paz” para conmemorar el 11 de septiembre. “Traté de hacerlo en La Moneda. Pero de repente alguien se acobardó y lo rechazaron, así que lo hicimos aquí”, afirma entre risas Cooper.

A 43 años del golpe, la reconciliación era la idea que inspiró esta ceremonia. Invitaron a gente de los dos bandos. Víctimas y victimarios. Estos últimos representados por la “Agrupación Hijos y Nietos de Prisioneros del Pasado”, que reúne a familiares de militares presos en Punta Peuco por violaciones a los derechos humanos durante la dictadura, y fundada tras el cierre del Penal Cordillera. “Quisimos llamarnos así porque muchos de nosotros no habíamos nacido cuando se dio el pronunciamiento o el golpe. No es para hacer farándula, sino para difundir la realidad. Adentro hay muchos casos de personas que están en una situación súper precaria”, relata Fernanda Borges, hija de un teniente encarcelado por secuestro calificado el 73.

Según Borges, muchos de los prisioneros sólo cumplían órdenes en la época de la dictadura, e insiste en que hay diferentes tipos de reclusos. Algunos arrepentidos, y otros no. Su padre, según exámenes sicológicos y técnicos, demuestra un bajo nivel de peligrosidad, además de consciencia de sus delitos y del mal causado. “Muchos creen que es una cárcel donde todos comparten entre sí. Pero no es así, Punta Peuco está dividida en seis módulos incomunicados entre sí. A los prisioneros emblemáticos, como Krassnoff, ni los conozco. La posibilidad de que ellos puedan salir es muy difícil, y lo saben. Las personas que reivindican lo que pasó cuarenta años atrás no son los que estamos aquí”, dice Borges, cuyo objetivo final es que se le otorgue la libertad condicional a su padre.

Esta tarde, también hay familiares de casos emblemáticos. Como el de Roxana Astete, quien llegó a la iglesia acompañando a su suegra, Carmen, esposa del brigadier Pedro Espinoza, segundo al mando de la DINA. Astete cuenta que su familia ha sido víctima de discriminación y que sus hijos han tenido problemas para encontrar colegio, en especial el mayor, que tiene el mismo nombre que su abuelo. No obstante, evita juzgar a su suegro o la actuación de los militares. “Yo no lo juzgo, porque es un tema familiar. Era un momento histórico muy especial. Quiero intentar que esto sea una unión de ambas partes para llegar a un buen fin”, cuenta Astete.

Además de los parientes de Espinoza, también está Carolina, la nieta del General Prats, asesinado por la DINA, y el senador RN Francisco Chahuán. Luego de escuchar distintos testimonios, y compartir el pan en señal de unidad, el coro compuesto por hijos de prisioneros de Punta Peuco e hijos de comunistas detenidos por los militares, interpretaron “Color esperanza”, coreada por todos los asistentes.

Una de las últimas mujeres en hablar fue Lorena Fuentes, anglicana y esposa de Carlos Cofré, torturado durante los años 80. Tras dar su testimonio, emocionada y con los ojos llorosos, le dio un abrazo a su amigo Fernando Escudero, exmilitar y quien se encuentra trabajando en una obra de teatro con los presos de Punta Peuco. “Necesitamos esto, reconciliación. Yo no hablo de olvido. Mi marido aún tiene secuelas físicas, y mis hijas conocen la historia de su papá, nunca se las he ocultado y no pienso ocultársela a mis nietos. Pero eso no significa que les traspase el resentimiento que en algún momento tuvimos, y que muchos siguen viviendo”, contó Fuentes.

Su marido trabaja fuera de Santiago y no pudo volver a tiempo para la ceremonia. Irónicamente debido a unas barricadas puestas en Américo Vespucio, la noche anterior al once de septiembre.

Iglesia San Juan Apóstol

Cerca de ahí, una hora más tarde, en la comuna de Vitacura, se encuentra la iglesia católica San Juan Apóstol. Mucho más grande que la iglesia La Trinidad, su interior es de ladrillos rojos, y el techo de madera. La mayoría de los asistentes son ancianos o exuniformados. Muchos tienen puestas chapitas alusivas al general Pinochet o insignias de alguna rama de las Fuerzas Armadas. También se ven familias completas con niños pequeños. Al comienzo de la ceremonia, Isidora Sandoval, una joven alta, de blusa blanca y jeans celestes agujereados, se dirige al púlpito y comienza su intervención dándole las gracias al “honorable presidente Pinochet” y los miembros de la Junta Militar, “cuya valentía, patriotismo, y visión de futuro, hicieron posible el 11 de septiembre de 1973. Legando a las nuevas generaciones un país libre, soberano, y próspero. Por esto, roguemos al señor”. Exclama, a lo que la tribuna contesta “escúchanos señor, te rogamos”. Esa es sólo la primera intervención, a la que le seguirán más jóvenes becados por la Fundación Pinochet, que organiza la misa.

“Vengo de familia de militares, y mis primas también están becadas. Aunque hoy no sea muy popular, uno igual lee la historia, y se da cuenta que Pinochet hizo grandes cosas por este país”, cuenta Antonia Horta (21), estudiante de medicina en la Finis Terrae.

La misa es oficiada por el sacerdote Jaime Herrera, del clero secular de Valparaíso. Durante el sermón, habla de los principios cristianos que inspiran la Constitución de 1980. Luego, como si la Guerra Fría no hubiese terminado, cita a los Papas León XIII, quien afirmó que el “comunismo marxista es como una mortal enfermedad”, y a Pío XI, quien dijo que el comunismo “es intrínsecamente perverso. Y no se puede admitir que los creyentes colaboren o adhieran a él”.

Poco después, recuerda una efeméride: el 11 de septiembre, pero de 1683, cuando se puso fin al sitio de Viena. Lo que la iglesia interpretó como obra de la Virgen María, cuya imagen había sido colocada en todos los estandartes de Viena. “Por lo cual se estableció, al día siguiente, la fiesta litúrgica del Dulce Nombre de María. Que celebraremos mañana”. La fecha también la menciona para hacer una analogía: así como los europeos lograron defenderse de la invasión turca, el ejército de Chile “logró vencer a la intervención marxista”. El sacerdote cierra el sermón llamando a los asistentes a superar la “desfachatada consigna marxista de no perdonar y no olvidar. El amor es más fuerte”.

En el segundo piso, el coro y el órgano, con una acústica privilegiada, le confiere un aire marcadamente solemne y marcial a la ceremonia. El repertorio incluye la revolucionaria “One day more”, del musical de Los Miserables y el himno nacional, con la tercera estrofa incluida.

“Se cree que todos los becados de la fundación son de familiares de militares. Pero no es mi caso, yo llegué por un anuncio en el diario. El último militar de mi familia fue mi tío bisabuelo Carlos Ibáñez del Campo” cuenta Alexander Donieta (23), estudiante de periodismo en la Universidad del Desarrollo. Donieta cuenta que la fundación lo becó gracias a sus buenas notas y a su habilidad con el ajedrez. No obstante, otro requisito que ponía la fundación era tener afinidad a la figura de Pinochet, cosa que él dice tenía de antes de ser becado. “Mis padres sufrieron cuando estaba el gobierno de la Unidad Popular, y se sintieron mejor bajo el gobierno del Presidente Pinochet”, afirma Donieta, quien pone énfasis en el contexto en que se dio el golpe de Estado. “Si tú ves con la mirada de un joven del siglo XXI, uno dice, “chuta, ¡que eran fríos!”, pero tienes que pensar lo que se estaba viviendo en esa época, con los grupos paramilitares. Era un Estado fallido. Obviamente no se debe desconocer que hubo errores en el tema de la fuerza, por ambos lados”, afirma el veinteañero. “Bien que los jóvenes sepan la verdad”, lo interrumpe Humberto Limonde, coronel de Carabineros retirado, de boina y chapita verde en la solapa. “No porque seamos viejos somos los únicos con la verdad. Los jóvenes, que nos van a reemplazar, también van a saber la verdad, y puede que la sepan mejor”, afirma.

Hacia el final de la misa, el padre Herrera llama a los fieles a orar mirando a la estatua de la Virgen del Carmen, “generala de las Fuerzas Armadas y de Orden”, ubicada a la derecha del altar. Luego la comunión.

“La oración siempre es hacia nuestros seres queridos. Nos da lo mismo que Pinochet sea popular o impopular. Le vamos a rezar hasta morir”, afirmó el padre, quien lleva más de treinta años participando en esta misa de aniversario.

Apenas se abren las puertas de la iglesia, un grupo de cinco mujeres mayores de edad sale ondeando pequeñas banderas chilenas en sus manos y corean: “Chi-chi-chi, Le-le-le ¡Viva Chile Pinochet!”.