Bertolt Brecht y Walter Benjamin jugando al ajedrez (verano de 1934, Svendborg, Dinamarca).

Me gustaría que mi bendición te blindara en el viaje.

Es muy difícil dar consejos, pero me he mandado tantas cagadas, que te podrías saltar algunas, o pasar por esas experiencias de manera de no dañarte ni dañar a nadie. Por ejemplo, el asunto de la bebida. Es mejor alejarse de ella, pero si bebes, recuerda que es un acto casi tan íntimo como rezar o hacer deporte, por lo que hay que hacerlo con gente que uno estima de verdad. Los demás comentan, siempre comentan aunque se hagan los reventados o tolerantes o abiertos de mente. Lo mismo con las cosas de alcoba.

Piensa antes de hablar. Antes de una reunión, medita o anda a la iglesia o a zazen o a yoga o al dojo o a cualquiera de esas cosas, todas sirven; haz una serie de puntos o un torpedo mental, camina antes. Habla poco y preciso, como si el que está contigo fuera la persona que más amas, pero con la cautela que hay que tener con un periodista malintencionado: habla lento y que todo se entienda. Siempre es mejor ser agradable, sonreír, pero si te tratan agresivamente como en gran parte de las tiendas, restaurantes y comercios chilenos, sé neutro: no respetes a quien no te respeta. Sin rencor, pasa y avanza.

La comunicación para algunos narradores y para alguna gente es como un ajedrez resbaladizo en donde sobreponen su opinión en general con una anécdota, un chiste y hablando rápido y fuerte. Trata de conquistar el derecho a hablar lento y con calidez. La poesía, que fue mi oficio, es algo muy difícil de explicar. La gente quiere clasificar, ver contenido donde hay forma y juego. Por lo general, es poca la gente que lee y comprende intencionalidades. Quizás sólo hay que tener un discurso superficial pero firme para salir del paso. Los matices entrampan y poca gente los valora.

Te digo que mi oficio fue la poesía y un pequeño negocio para sobrevivir, espero que el tuyo sea cualquier otro, aunque veo que ya te involucraste. Nadie quiere ver a un ser querido sufriendo. El filisteísmo, las envidias, la devaluación del lenguaje son cosas que duelen. Por algún motivo hay una disputa simbólica por ocupar el lugar del poeta, eso no sirve de nada y no es interesante.

Todos los que dicen alejarse de los ambientes literarios, son los primeros que ves con narradoras jóvenes –muy guapas, hay que decirlo–, rodeados de gente joven en las fundaciones, cerveza en mano en los bares de gente que escribe. Es mejor estar solo y tener amigos de verdad. Todo bien con ver gente cada tanto, pero recuerda lo de la bebida: no sólo en países pequeños, en todos los lugares todo el mundo comenta cuando alguien bebió, por lo que es recomendable hacerlo sólo con amigos y en confianza.

La cordillera enseña. Caminar en equipo, esperar al que va lento, compartir y ofrecer todo lo que se come, calcular el agua. Descansar en los lugares adecuados, saludar a los que bajan o a los que suben, no dejar huella. La montaña es sagrada, no se discute en ella, ni se come solo. Una vez conocí a un tipo que no quería tomar agua de la cordillera, que es una dádiva, como las flores de montaña. No se rechazan cosas como esas. No se trata de una maratón para ver quién llega primero. En la ciudad, incluso, caminar es la gran escuela. Por eso hay que cuidarse desde muy niño las rodillas.

Cuida tu cuerpo y aprende a descansar.