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Entre los viejos tercios de la Concertación que llaman a moderar el impulso reformista, y los jóvenes a la izquierda de la Nueva Mayoría (NM) que piden radicalizarlo, la izquierda al interior del PS se quedó sin discurso aparente.
–Yo partiría reparando en lo que significa que hablemos de “izquierda al interior del PS”. Eso confirma que ya no hay ninguna pretensión de que el Partido Socialista sea entendido como un partido de izquierda. Más bien, está ocupando un lugar clave en el esquema del establishment político, y eso algo tiene que ver con lo marginal que puede parecer nuestra posición –la de Izquierda Socialista u otras fuerzas con preocupaciones similares– dentro del PS. Y que la cuestión se haya “presidencializado” en torno a dos o tres nombres, sin mucho interés en discutir proyectos, confirma un escenario en el que no estamos muy cómodos.

Pero el nombre de Lagos sí representa una orientación frente a la cual, te insisto, ustedes parecen sin respuesta, porque el proyecto reformista que apoyaron está de capa caída.
–Claro. Pero yo diría que, termine o no Lagos siendo candidato, hasta aquí lo importante de su precandidatura, con su aparatosa instalación en los medios, con el concierto de agentes que de modo aparentemente espontáneo deciden alinearse en su dirección, es su intención performativa: Lagos estaría mostrando, a través de su irrupción, que la situación política de Chile sigue siendo congruente con lo que representa una candidatura como la suya. Yo creo que la disputa actual es esa. Y ciertamente nosotros, o yo, entendida mi vinculación con este sector de Izquierda Socialista, no vamos a estar tan tranquilos ni cómodos con esa apuesta. Porque según como entendemos la situación política, esa candidatura no es adecuada, no es congruente.

Para los partidarios de Lagos del bando “gradualista”, lo incongruente con el Chile actual fue el proyecto de Bachelet...
–Exacto, que el diagnóstico fue incorrecto…

Sí. ¿Ese proyecto reformista fracasó?
–Lo claro es que no logró adquirir eso que hoy está de moda llamar hegemonía. Y podemos discutir lo que fue su implementación, pero ha habido mucha energía puesta en que ese proyecto sea visto como errado en su mérito, en su sustancia, por un mal diagnóstico de la situación del país. Y uno se puede preguntar: ¿cuánto de la eventualidad de que eso termine siendo correcto depende no del mérito del proyecto, sino de cómo fue tratado? Es interesante ver cuán drástico fue el desplazamiento de algunos respecto de su aparente adhesión al proyecto. Al cabo de dos años y fracción, hay quienes se refieren al programa como un panfleto. Y uno se pregunta si eso lo explica un cambio de opinión o un esfuerzo por asegurar que ese proyecto de reformas “estructurales” se muestre fracasando. Y pongo las comillas porque hay que discutir cuán radicales eran esas reformas, cuán impugnadoras de un statu quo, como para ser consideradas una expresión de voluntarismo, como ha dicho alguien, de deuda moral de la presidenta con un pueblo que ya no existe…

La tesis de Carlos Peña.
–Claro. El colega Carlos Peña ha dicho que la presidenta Bachelet asumió esta tarea debiéndose a un pueblo que no existe al cabo de un exitoso proceso de modernización capitalista. Y yo creo que es muy interesante aceptar esa fraseología para invertirla: a veces pareciera que quienes se sienten cómodos con el lenguaje y la visión que escenifica Lagos, están hablando de un país que existe en el imaginario de Andrónico Luksic. Eso muestra que estamos en una situación muy interpretativa, y lo que a mí me parece voluntarista es suponer que podamos diagnosticarla “neutralmente” como si eso no dependiera de hacia dónde queremos avanzar. Porque la respuesta a esa segunda pregunta es la que finalmente va a determinar si este fue un intento valioso pero fallido, por razones de las que hay que tomar nota, o si se trató de una apuesta sin correlación con el proyecto de sociedad adecuado para el Chile actual.

Y si el punto débil estuvo en la lucha de poder, como sugieres, ¿la lección a sacar es que no se prepararon bien las posiciones para ese enfrentamiento?
–Yo creo que, si había genuina voluntad de llevar a cabo lo que se comprometió con la ciudadanía, tendríamos que haber visto iniciativas –que de hecho no vimos– para generar condiciones hegemónicamente favorables a esas reformas. Y ese acompañamiento suponía hacer lo que algunos han llamado “pedagogía política”, expresión que aterra a quienes asumen que “lo que la gente quiere” es un dato objetivo y unívoco, que es precisamente lo que un proceso político desmiente a cada rato. Pero el gobierno y la coalición no hicieron esfuerzo alguno para redefinir los términos en que se daban ciertos debates, y el desenlace aparente de la reforma educacional es un resultado muy elocuente de ello.

¿Cómo así?
–Sin conocer las intrigas de palacio, yo me atrevería a sospechar que el énfasis puesto en la gratuidad fue funcional a que se desbaratara la conexión entre las tres demandas que explicó el éxito del movimiento estudiantil: educación pública, gratuita y de calidad. Hacer esa disociación nos llevó a una discusión sobre nada más que gratuidad, que así terminó siendo sobre nada más que financiamiento y nuevamente a la demanda, sin ecos del vínculo entre la comprensión de la educación como “gratuita” y como “pública”.
Crees que no había muchas ganas de prestarle ropa a esas reformas…
–Es claro que no toda la coalición tenía el mismo nivel de adhesión al programa que la convocaba y la explicaba.

¿Tampoco en el PS?
–O sea, no hay que desempolvar demasiados archivos para encontrar que sectores muy importantes del PS, cuando el gobierno llevaba recién unos meses, se mostraban muy preocupados de que la simultaneidad de los procesos fuera a comprometer el capital político. Y ese análisis podía ser atendible, pero uno se cuestiona si la preocupación era cuidar el capital político o contribuir a que en retrospectiva apareciera mal gastado. Y claro, esa es una cuestión sobre la cual ahora sabemos más que entonces.

¿Cunde una sensación de desengaño, por parte de quienes creían en este proyecto, respecto de sus socios de coalición y de partido?
–Yo me atrevería a decir que la convivencia al interior de este nuevo bloque ha sido una historia de sucesivos episodios de frustración y desengaño. Tanto que, quienes al comienzo proclamaban esta era una simple alianza electoral, parecen estar convenciendo a otros que rechazaban esa etiqueta. Porque una alianza propiamente política, y programática, entre esos actores, hoy se hace poco atractiva. Uno aprende qué es posible lograr cuando tiene socios cuyo affectio societatis, como dicen los abogados, se mostraba débil desde el comienzo.

Entonces, ¿dónde está la suma de piezas políticas para un proyecto de este tipo? No está más a la derecha, y no sé si ustedes las vayan a ir a buscar tanto más a la izquierda…
–Bueno, es que ese “ustedes” es muy impreciso al día de hoy. Pero si uno cree en las proyecciones de que la participación electoral de 2017 podría quedarse por debajo del 40%, yo supondría que las voluntades para revertir esa tendencia están hacia la izquierda de la NM. Entonces la pregunta sería, y vuelvo al punto original, si la situación política que representa una candidatura de Lagos haría posible romper o debilitar esa frontera, que no es sólo ideológica sino también generacional y de otros tipos. O si, en realidad, quienes respaldan esa candidatura están cómodos con esa tasa de participación, porque eso es quedarse, incluso en términos demográficos, con el padrón del plebiscito de 1988. Por eso no me sorprende que Joaquín Lavín haya anunciado que el país puede estar tranquilo si la elección se da entre Piñera y Lagos. Lo importante para ellos es asegurar una situación política, no tanto quién termine ganando.

Si esa es la segunda vuelta, ¿votarías por Lagos?

–Me atrevería a anticipar que no. Creo que no votaría por Ricardo Lagos.

¿Con la idea de que es preferible que gane Piñera para juntar fuerzas del otro lado?
–Uff, ahí hay una cuestión crucial. Yo voté en 1999 por Ricardo Lagos convencido, ante todo, de lo necesario que era impedir que un candidato de la UDI, adscrito al Opus Dei, de una derecha inequívocamente pinochetista, llegara a La Moneda. Y si hoy me preguntaran si acaso votaría de la misma manera, diría que sí: así había que votar entonces. Pero en la situación actual, ¿tiene valor ese argumento del mal menor?

A menos que exista un bien mayor…

–Bueno, es que ahí se abre la cuestión. Yo creo que la imaginación política de los chilenos al año 2016 es claramente distinta de la que teníamos, quizás todavía muy traumatizados, al año 1999.

¿Y para dar curso a esa imaginación podría ser mejor que gane Piñera antes que Lagos?
–Los dos escenarios son muy complicados, y todavía falta saber qué le van a proponer al país si son candidatos. Lo que sí me atrevo a pensar es que si Lagos es elegido presidente, sería esperable un desplazamiento de placas en la izquierda chilena que quizás quedaría neutralizado por una elección de Piñera. Con Piñera se harían más tolerables ciertas diferencias, digamos. Por razones simbólicas pero también políticas, porque tampoco quiero decir que Piñera y Lagos sean políticamente lo mismo, sería una caricatura. Ahora, dicho eso, creo que lo que tienen en común es, al día de hoy, demasiado significativo. Insisto: por la apuesta de evitar que los márgenes de lo posible sean ampliados. En ese preciso sentido, yo creo que sí da lo mismo. Porque este despertar, y este ejercicio de autoconciencia que ha experimentado la sociedad chilena desde el año 2011 hasta hoy, se vería truncado.

Es curioso que un militante diga que ni siquiera en segunda vuelta votaría por el más probable candidato de su partido.
–Sí, pero eso que algunos han llamado el divorcio entre élite y sociedad, creo que también se refleja al interior de los partidos. Yo no soy un militante de trayectoria, milito desde 2010. Pero cuando uno entra en diálogo, ve que los círculos se amplían, y esta conformación de Izquierda Socialista ha tendido a eso. Hay quien habló de nosotros como una reunión entre abuelos y nietos, y eso es muy patente si tú te fijas con quiénes estamos trabajando. Y es muy notable que no haya padres, ¿no? Hay un vacío ahí para analizar.

Destacados analistas se han preguntado dónde quedó esa generación intermedia.

–Y esa ausencia es físicamente visible en un ampliado nuestro, por ejemplo. Y sí, parece llamativo que alguien vea muy improbable apoyar a un candidato que pudiera recibir el apoyo formal de su partido, pero según lo que veo en buena parte de la militancia socialista, no se trata de algo marginal.

¿Con Isabel Allende la cosa es distinta?
–Creo que al menos para una cierta base de la militancia, es otro escenario. Por razones históricas y personales, pero también porque Isabel Allende no es una expresidenta concertacionista cuya candidatura vaya a tratarse de saldar deudas acumuladas. Y creo que ella sí tiene una apertura para dialogar con sectores de izquierda –del PS y de fuera del PS– que estarían mucho más lejos de Lagos o de Insulza.

Y si no prospera esa candidatura, ¿es cierto que están pensando en llevar a Fernando Atria a las primarias, al menos para instalar un discurso?

–Bueno, hablando muy de cerca, porque Fernando Atria también participa de Izquierda Socialista y es un amigo personal, creo que ya es interesante que se me haga la pregunta. Y el mismo Atria ya muestra una diferencia cuando se lo preguntan en entrevistas y dice “si es necesario, ¿por qué no?”. En esa falta del recurso al eufemismo, a preparar una cuña que después se reinterpreta y todo eso, hay un cierto candor que me parece muy virtuoso. Reconozco además que Atria, por los temas que ayudó a instalar en el debate público –Asamblea Constituyente, derechos sociales, educación, financiamiento público–, tiene sólidos vínculos con organizaciones y sectores que están también fuera de la NM. Pensando en eso, no me parece artificioso que se plantee como posibilidad. Y no me preocuparía si alguien me dice “oye, no hay ninguna posibilidad según tal encuesta”. Lo que me interesa es que el escenario político, de nuevo en términos performativos, se redefine completamente si algo así llega a parecer posible. Porque si eso ocurre, sería porque Atria es sinónimo de ciertas ideas, y eso es lo que cuesta ver en las precandidaturas que ofrece hoy el establishment.

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IGUALDAD Y MERITOCRACIA

Para los críticos de la NM, Atria simboliza esa supuesta mala lectura del 2011. Dicen que la gente quiere más inclusión y menos abusos, pero sin perder los espacios de autonomía y de diferenciación que conquistó a través del mercado. Un argumento plausible, por ejemplo, cuando en un par de encuestas la mayoría de la gente apoya que la cotización previsional suba un 5% a cargo del empleador, pero se opone a que esa plata vaya al fondo solidario.
–Sí, uno ya está familiarizado con ese tipo de diagnóstico, de muy insuficiente diferenciación. Porque se presenta la pregunta así: ¿los chilenos quieren más Estado o más acceso para participar y beneficiarse del mercado? ¿Quieren más igualdad o más meritocracia? Y es muy entendible que haya una demanda meritocrática en ciertos ámbitos. Por poner un ejemplo muy burdo, no veo preocupaciones igualitaristas ante la posición de privilegio de Arturo Vidal o de Alexis Sánchez. Pero otra cosa es argumentar, como tanto se hace, que si toleramos eso es porque reconocemos que esa lógica de distribución por mérito debiera ser omnipresente. Efectivamente el proyecto de una sociedad radicalmente neoliberal, que fue el de la dictadura, supone la conmensurabilidad de todas las esferas de nuestra existencia: que ir a buscar educación es lo mismo que ir a buscar un par de zapatos, digamos. Pero si uno está mínimamente vinculado con lo que demanda la ciudadanía, no hay tal incapacidad de distinguir esos planos. Por eso la etiqueta del “abuso” ha podido aglutinar demandas muy heterogéneas, porque uno puede reconocer abusos allí donde debería haber meritocracia, pero también donde debería haber igualdad de posiciones, como en la satisfacción de derechos sociales que tenemos mercantilizados. Y si hay una derrota cultural en la implementación del programa de la presidenta Bachelet, creo que es no haber sabido dar forma política a esa distinción de que no necesitamos ser meritocráticos o igualitaristas en todos los asuntos, frente a todo este esfuerzo por instalar la discusión en esos términos.

¿Crees que en educación, o en pensiones, la gente o “la clase media” sí está dispuesta a sacrificar meritocracia por igualdad?
–Lo que yo me pregunto es si el mismo sistema de AFPs puede sustentarse sólo en una lógica meritocrática. Porque si la idea es que cada cual produce para sí mismo, eso no es del todo compatible con argumentos que se esgrimen para demonizar un sistema de reparto: por ejemplo, que afectaría el empleo. Eso ya apela a un valor que trasciende la suerte individual de cada sujeto que sólo produjo para asegurar su futuro. Y en educación, por ejemplo, es obvio que las notas de los estudiantes no se distribuyen por igualdad de posiciones, pero eso nada tiene que ver con la pregunta por el acceso.

¿Tú crees que la mayoría de los padres cuyos hijos van a colegios subvencionados comparte ese “nada tiene que ver”?

–Es que eso no lo sé…

¿O hay que hacerlo valer aun si no lo comparten?
–Hay que ofrecer razones que hagan reconocible que la calidad de la educación no puede depender del bolsillo de cada familia. Pero la cuestión de dónde está la foto al día de hoy, no sé… Se ha discutido mucho lo que arrojó tal encuesta sobre el 5% adicional de cotización, pero si años atrás uno hubiera dicho “mira, menos del 50% de la población apoya despenalizar el aborto terapéutico, hay que olvidarse del asunto”, entonces hoy no estaría ad portas de convertirse en ley un proyecto que es muy insuficiente desde mi punto de vista, pero cuyo aparente éxito muestra que no había razón para inmovilizarse, porque las posiciones al interior de una sociedad no son estáticas.

Pero esa ley llegó cuando las encuestas ya habían cambiado, y no al revés.
–Puede ser, pero mucho más curioso sería negarle a la propia elección presidencial el valor de una encuesta. Además, insisto, “lo que queremos los chilenos” no es un dato tan puro y transparente, libre de contradicciones propias de la forma de vida que llevamos, de la situación laboral de cada persona, tal que conformar una voluntad colectiva sea simplemente visionar preferencias individuales. La voluntad colectiva también se transforma desde el punto de vista de cada cual. Si no, no tiene mucho sentido, por ejemplo, el proceso de discusión constituyente en el que nos embarcamos sin tener estrictamente claro adónde queremos llegar, porque en parte estamos participando para ir descubriendo adónde queremos llegar.

¿Qué tan generacional es la brecha que separa a la sociedad de la clase dirigente? ¿O se les achaca a los viejos una crisis de la democracia representativa que es global y que tampoco los jóvenes sabrían resolver?
–Yo creo que las dos cuestiones están vinculadas, al menos en cierto punto. Porque hay mecanismos de la democracia representativa que hacen muy difícil que emerjan liderazgos desde sectores que no han intervenido en la generación de los representantes ya existentes. Y esa inmovilidad incuba la idea de que la representación política es a tal punto formal, que no importa mucho quién sea el representante, lo cual ayuda a entender que haya una revalidación tan fuerte de mecanismos participativos. Y la trampa que uno no puede validar es la disyuntiva binaria entre la democracia representativa y la participativa, donde si estás por la segunda, en el fondo, no estás por el Estado de Derecho. Esa idea de que elegir representantes es incompatible con someter ciertas decisiones a plebiscito es una construcción puramente ideológica.

Pensando en quienes sienten nostalgia de los grandes acuerdos de los 90, ¿a qué grandes acuerdos crees que se podría convocar a la sociedad chilena actual?
–Dado el clima político y las leyes electorales bajo los cuales se suscribieron esos acuerdos, yo creo que esa es una nostalgia por una ciudadanía despolitizada, y por lo mismo un mal modelo para imaginar acuerdos al día de hoy. Los acuerdos necesarios, creo yo, serían aquellos que hagan posible el desacuerdo productivo, el juego político virtuoso, y lo que hace posible el juego político es una Constitución. Es decir, ahí acordamos cómo será el proceso a través del cual mayorías modificables en el tiempo imponen… eso va a sonar mal, no se puede usar esa palabra… promueven e implementan decisiones que no necesitan ser unánimes para tener legitimidad. Esa es la perversión de una vida política despolitizada: crea un marco que hace irrelevante el desacuerdo, porque neutraliza la posibilidad de modificar lo que se ha recibido.

Y más allá de la Constitución, cuando se dice que los artífices de la transición no entienden lo que pasa en la sociedad, ¿qué es para ti lo que no entienden? ¿Que hay que cambiar el modelo?
–No. Creo que partir por ese diagnóstico es seguir validando el campo en el que el adversario está cómodo. El problema no es que no se advierta una demanda por cambiar del modelo: el problema es que ni siquiera sea imaginable una forma de sociedad distinta a la que es congruente con este modelo. Creo que ese fue el problema discursivo de la Concertación: una radical indefinición respecto de si acaso era imaginable algo diferente de lo que la dictadura legó. Y hay sectores de la NM que aún no están disponibles para discutir eso en serio. Por eso les debe provocar tanta perplejidad que, una vez que parecía desinflarse la demanda educacional, aparezca una tan fuerte por la supresión de las AFP, mucho más amenazante para las estabilidades de este modelo. Entonces, esa conversación debe tener lugar. No porque esté muy claro cuál va a ser el resultado, sino porque los límites de lo posible que fueron el marco de la transición son límites de un cuadro al que ya nadie está mirando.

DELITOS DE CUELLO BLANCO

Desde tu especialidad, ¿cómo has visto las formalizaciones a empresarios y políticos, y las críticas a los fiscales por buscar supuestas medidas cautelares para la galería?
–Lo que estamos viendo es que la ritualidad de la audiencia de formalización está reemplazando a un juicio oral al que sabemos que no vamos a llegar, y eso es perverso desde todo punto de vista. Y tal vez genera una presión por mostrar una medida cautelar que satisfaga demandas punitivas, pero a la larga, que no lleguemos a juicio oral termina favoreciendo esta sensación de impunidad.

¿Por qué no se llega a juicio oral?

–Porque hay reglas que permiten rebajar las penas fijadas en la ley –e imponer penas sustitutivas– hasta el punto que, si no está en juego una pena de cárcel muy alta, sabemos que no habrá cárcel efectiva. Y esto sólo va a llevar a que se sigan inflando las penas en el ámbito en que políticamente es fácil hacerlo: el delito contra la propiedad. Eso explica que haya entrado en vigor una ley de Agenda Corta que es un despropósito desde todo punto de vista, y que sólo intensifica la distancia entre los estándares que se aplican a la criminalidad callejera y a la así llamada de cuello blanco. A mí me tocó intervenir en una comisión que redactó, por iniciativa del Ministerio de Justicia, un anteproyecto de un nuevo Código Penal.

Lo entregaron el año pasado, ¿no?
–Claro, y no sé en qué está.

¿Iremos a ver alguna luz de ese proyecto?
–Lo veo muy improbable. Lo fundamental era crear un sistema en que la pena prevista por la ley anticipe de modo claro la pena impuesta. Pero eso es complicado de asumir para congresistas que defienden su reelección ante ciudadanos que reclaman, según el cuadro que nos pintan, “más mano dura, más mano dura”.

Porque nominalmente, las penas bajarían.
–Pero porque van a ser, con una probabilidad muy alta, efectivamente impuestas. Pero cuando un político compara los dos códigos, dice “oye, se volvieron locos, mira la pena que están previendo para el robo con violencia e intimidación”. Entonces bueno, explicarle esto…

Complicado.
–Y puede que lo entienda, pero está convencido de que el ciudadano no lo va a entender, lo que de nuevo supone renunciar a la política y a entenderse con la ciudadanía. Y por supuesto, el rol de los medios es crucial. Si la portada de un diario dice “Gobierno propone bajar las penas en tal porcentaje”, bueno… Todo esto muestra las restricciones que enfrenta una agenda de reformas cuando no tiene los medios para imponer discursivamente su racionalidad.

ANIMALISMO NO SENTIMENTAL

Entiendo que estás dictando el primer curso sobre derechos de los animales en la Escuela de Derecho.
–Es un taller de investigación. Y eso ha dado pie a un proyecto, junto con otros profesores, de crear un curso electivo permanente sobre derecho animal, para interés de Rafael Gumucio.

¿Qué argumento define, para ti, que los animales sí tienen derechos?

–Hay una caricatura que oscurece este debate y creo que hay que desactivarla: que dado el énfasis que pone en la cualidad de “seres sintientes”, el animalismo es una forma de sentimentalismo. Al menos como yo lo entiendo, los animales no humanos son titulares de derechos porque su capacidad de sentir dolor es un dato interpelador desde el punto de vista moral, no sentimental. Yo no soy alguien que ve un perro en la calle y se enternece. Tampoco cuando veo un ser humano. Pero alguien que puede sentir dolor es alguien que va a tener interés en no sentirlo, y ése es el punto: hay un interés que tiene existencia subjetiva. Por eso la analogía con las plantas es completamente errada. Y tampoco es una preocupación por la biodiversidad de especies, sino por individuos.

¿Estás a favor de prohibir el rodeo?
–Sí.

¿Y dónde se pone el umbral? Si un animal no puede sufrir, hay que prohibir mil cosas.
–Es un buen punto, porque existe la idea de que el animalista es un hedonista encubierto que se horroriza frente al dolor. No se trata de eso. De hecho, entre humanos está claro que aceptamos ciertos parámetros de sufrimiento, de sacrificio. La pregunta es por qué esos parámetros no serían extensibles a otras especies, como si hubiera una línea demarcando lo que cuenta y lo que no. Eso para mí es pensamiento mágico. O sea, lo que a mí me importa, en el fondo, es que la causa animalista es una causa por la secularización de nuestra conciencia. Y justamente lo que a veces genera tanta incomodidad –yo no ando haciendo proselitismo, pero me preguntan por qué no como carne, explico el cuento y noto que incomoda–, es que ampliar la imaginación moral para dimensionar lo que significaría relacionarnos con los animales de otra manera, para la industria farmacéutica, la alimenticia, etc., tiene proporciones –y esto también irrita a los adversarios, pero es inevitable decirlo– que quizás son mayores de lo que supuso la abolición de la esclavitud.

Nadie aceptaría que yo te use como animal de carga para ir a la montaña. Bajo tu lógica, entonces, habría que prohibir el uso de caballos para esas actividades.

–No necesariamente. Hay una perspectiva que se conoce como la “ética de las capacidades”, que entiende como plausible que haya ciertas actividades de cooperación…

Nunca voy a saber si el caballo quiere cooperar con mi paseo…
–No, pero esa es la trampa del antropocentrismo por exceso: que yo tengo que relacionarme con el caballo como si fuera un humano. Eso sería insostenible. Hay algo en la fisonomía evolutiva de un caballo que lo hace apto para que humanos, bajo determinadas condiciones, lo cabalguen de modo no insensible al sufrimiento de ese animal.

Dices que la gente se irrita con el animalismo, pero a mí me ha sorprendido mucho más la agresividad de los animalistas que discuten en las redes, por lo menos de algunos de ellos. Incluso son muy proclives a desearle el mal al humano con el cual discrepan.
–Yo no conozco mucho el mundo virtual, no uso Twitter ni Facebook, pero no me sorprende lo que estás diciendo. Hay formas muy agresivas de animalismo, de feminismo, de ecologismo, de izquierdismo, y eso sólo confirma que la nobleza de una causa no prejuzga en absoluto la santidad de quienes la promueven. Pero sí quiero decir algo. Yo le pediría a mi interlocutor que por un segundo se imagine “qué pasaría si el animalista tuviera razón”. Porque si el animalista tiene razón al ver en la explotación animal lo que él cree ver, entonces la violencia sistemáticamente desplegada sobre animales es aterradora. Y eso puede explicar ciertos niveles de indignación, de desesperación incluso. Y por otra parte creo que la izquierda tradicional, cuando ve a los animalistas como gente acomodada con muchos recursos para instalar su causa, pierde de vista algo que debería importarle: la manera en que ese reclamo está engarzado con un sistema de producción y reproducción de la vida material.