Adelanto-de-la-reedición
Arde, madre, padre, arden. La chola,
La Legua arden quemándose entre la
multitud que huye aterrada. El gentío
se desfonda por sus mismas caras, no,
es el abismo de una inmensa explosión
marcándose en el cielo, quién, quién

***

Sí, es un rostro. Parece arena, pero son los poros de
una cara perlada de transpiración, abierta, con los ojos
deformados por el miedo, que comienza a estriarse.
Se granula, se erosiona y aparece el inmenso cielo
baldío cubierto de nubes. Tiembla la luz y el paisaje
se desfonda. Es una larga fila de mujeres y niños con
los brazos en alto que pasan frente a soldados que
los apuntan con sus armas. Poco a poco los brazos
empiezan a alargarse fundiéndose con los surcos de
un campo arado visto desde el aire. El hueco entre las
nubes solo deja ver un trecho perdiéndose en la lejanía,
no, son boquetes de balas en un muro, más bien era
un valle labrado, no, no, es el mar espejeándose en
las pupilas de dos ojos desmesuradamente abiertos.
En su interior aún se distinguen las mismas mujeres
y niños alzando como en un sueño sus brazos. Es
la noche. No, son las negras gafas de Pinochet que
estallan en miles de pedazos. Cada pedazo forma la
imagen de una enorme araña que trepa por la pared

/ negro y corte

***

Una gran tempestad de nieve nuevamente lo borra todo
fundiéndose con el helado fondo. Lentamente los inmensos
témpanos se desplazan hasta mimetizarse con la blancura
de un cuerpo entrando en una cámara frigorífica. Sus
ojos fijos apuntan al techo. Se borran otra vez: son dos
negras rocas cortadas en el hielo. Tras ellas, un grupo de
andinistas, cubriéndose con los brazos el rostro, intentan
desesperadamente avanzar entre la nieve. Vacíos, sus
trajes están ahora en el borde de una piscina. Es el mismo
cuerpo desnudo que trata a duras penas de levantarse, sus
costillas comienzan a ennegrecerse, se entrecruzan, se
arman y asoman las altísimas torres. Es el cabo Cañaveral.
Intensamente albo el gigantesco Titán inicia su ascenso. Al
rato solo se distingue la estela de fuego que van dejando
sus turbinas. Su ascenso se hace cada vez más rápido
hasta terminar perdiéndose apenas como un punto rojo
en el cielo. El rojo inunda el campo, ah, sí, son las flores

NO PRINT
NO PRINT

***

Los enormes campos rojos continúan fundiéndose con
la lejanía. Detrás, rebaños de vacas pastan en praderas
también infinitas. El campo rojo se desvanece en un
sinnúmero de pequeñas manchas sobre las rompientes
de las olas. Ya es plena noche, el sol se ha hundido en
la niebla y el mar ha callado. La manada de vacas corre
zigzagueando entre las rocas. La primera tambalea y cae.
Por un instante, el polvo de la caída dibuja el rostro de
Salvador Allende saludando a la multitud que lo aclama.
La multitud se dispersa mezclándose con el mar cada
vez más oscuro. Las pequeñas manchas rojas sobre las
rompientes empiezan a agrandarse, fulguran, se enroscan
y estalla encendiéndose la tormenta. El cielo se estría en
cientos de rayos que iluminan a ráfagas rasantes rostros
mudos que gesticulan, balnearios atestados de gente,
un campamento de refugiados que comienza a elevarse
entre estelas de fuego y que desaparece. Se escucha un
gran estampido y todo cambia. Un hombre pálido, de
débil aspecto que camina lamentándose, no, canta, no,
está llorando; levanta su cara hacia lo alto y pregunta:
«¿Estás muerta?» y pareciera que al preguntar se confortara

/ corte, corte

***

Es la visión del cielo. Silenciosamente una
muchedumbre de seres desgreñados, de
aspecto casi humano, comienza a emerger
desde sus escondrijos para agruparse
en torno a los primeros rayos de sol y
es como si por un momento, apenas, el
terror hubiera desaparecido de sus miradas

EL PARAÍSO ESTÁ VACÍO
Raúl Zurita
Alquimia, 2016, 42 páginas