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Víctor Escobar llevaba siete días sin ir al trabajo cuando decidió regresar. La mañana del 4 de octubre de 2014 se presentó ante sus jefes con una extraña explicación. Les dijo que había faltado porque llevaba una semana sin dormir, que sus hijas habían enfermado, y que el pastor Raúl Palomino, de la Iglesia Ministerio Unidos en Jesucristo, les había advertido que el demonio las estaba atacando. No solo a ellas, sino que a toda la familia.

Escobar creía que si volvía a ocupar la mente en otra cosa, podría sacar aquellos oscuros pensamientos que lo habían mantenido atemorizado durante una semana, pero aquella mañana cometió errores tan burdos que se convenció de que su cuerpo estaba poseído, cuando tal vez era simplemente el sueño acumulado. Llamó a su esposa Silvia Andrade para contarle lo que le pasaba, pero nadie le contestó. Tuvo un mal presentimiento y al medio día regresó a su casa. En el baño se encontró de sopetón con una escena de terror.

-Víctor, ponte a orar porque el diablo me la quiere quitar –le gritó con desesperación Silvia apenas lo vio entrar.

Adentro de la tina, su hija Dayana -de siete años- yacía inmóvil, mientras su esposa le tiraba agua en la cara con una ducha y Yeevinett, su otra hija de 21, leía la biblia. Escobar levantó las manos sin cuestionar la orden. Obedeció como si al frente tuviese a un general armado. Recitó algunas alabanzas y luego cayó en cuenta de lo que ocurría. La escena le pareció tan absurda como angustiante, e interrumpió el ritual. Sacó a su hija del agua y la puso sobre la cama de su pieza, pero ya era tarde. Dayana estaba helada. Entre sollozos llamó a Carabineros para denunciar a su esposa, pero ella le dio un guitarrazo que lo dejó tumbado por algunos minutos. Cuando se levantó corrió por ayuda. La policía encontró a ambas mujeres rezando de guata en el piso, frente a un altar.

-El diablo se la llevó –le dijo Silvia a los funcionarios que la detuvieron ese día.

EL PASTOR PALOMINO

Víctor Escobar tiene 46 años y ha olvidado varios detalles de la muerte de su hija. Los médicos le han dicho que es por el shock, una de las dos respuestas científicas que alguien le ha dado en estos casi dos años. La otra fue la de la causa de muerte de Dayana: asfixia por aspiración, once litros de agua por minuto que entraron a sus pulmones.

-Todo comenzó por la religión –dice mientras sopla un café en el terminal de Rancagua.

Víctor viste un jeans, una camisa, una chaqueta deportiva, y un gorro Nike calipso. Tiene los ojos pardos y es de frases cortas. Más aún, cuando se trata de recordar la muerte de su hija. Vive en el mismo terreno donde ocurrió el ritual, en el pasaje Los Peumos 937, un callejón de tierra a un costado de la carretera del Cobre, en la comuna de Machalí. Allá se hizo una casa nueva, a metros de la anterior. Aquella edificación abandonada es el símbolo de su tragedia. La muerte de Dayana –dice- fue también el fin del matrimonio y la familia.

Víctor y Silvia se casaron el 13 de marzo de 1998, en Quilleco, al sureste de Los Ángeles. Ambos son originarios de la Octava Región, pero luego emigraron a la Sexta. Durante varios años, Víctor se dedicó a la confección de esculturas de madera. Era capaz de hacer lo que le pidieran con su motosierra, sólo necesitaba un tronco. Su talento le hizo ganar numerosos reconocimientos de la Corporación chilena de la madera y sus trabajos fueron exhibidos en muestras que recorrieron el país. Por aquellos años, su esposa ya manifestaba fanatismo por la religión.

-Ella hablaba del demonio. Mi esposa como que se creía grande en este cuento, casi como si supiera sacarlos del cuerpo. Ella se transformaba en las ceremonias, comenzaba a tiritar. No sé cómo explicarlo.

Al comienzo, el asunto no pasaba de lo ceremonial. Silvia iba a la iglesia evangélica, oraba, ungía, la ungían, y luego regresaba a la casa. Pero de a poco se fue involucrando más. Primero llevó a su hija Yeevenitt y luego a Dayana. Víctor siempre fue el más reacio. En toda su vida, dice haber ido a no más de diez ceremonias, las últimas tres en la iglesia Ministerio Unidos en Jesucristo, del pastor Raúl Palomino, a quien conocieron a fines de agosto de 2014, cuando un día lo vieron predicar en un cerro que hay cerca de su casa, un mes y medio antes de la muerte de la niña.

La iglesia de Palomino era nueva. Estaba ubicada en el sector de La Gonzalina, cercano a la cárcel de Rancagua, donde además hay otras dos agrupaciones cristianas. Se había conformado el 19 de diciembre de 2013 y en febrero de 2014 apareció publicada en el Diario Oficial la escritura que daba origen a su creación. Un año antes, Raúl, sus dos hijos, y su esposa Marta Iturriaga, la pastora, habían constituido en la Segunda Notaría de Rancagua, una entidad religiosa de derecho público. Es decir, una iglesia. Su trayectoria religiosa, sin embargo, había comenzado algunos años antes. Aníbal Moreno, líder de la iglesia Voz Metodista Pentecostal y presidente de la Unión pastoral de Rancagua, lo recuerda muy bien.

-Raúl llegó el 2013 a mi iglesia y se presentó como pastor, mostró una credencial que no tengo idea dónde obtuvo y comenzó a participar del culto, pero luego se enojó y formó su propia comunidad. Adhirió a la Unión, pero tenía ideales contrarios a los nuestros.

A comienzos de 2014, la asamblea de pastores lo expulsó. Dijeron que había infringido los estatutos reglamentarios. A Moreno, le molestaba que Palomino rechazara tozudamente la idea de que las mujeres tuvieran roles importantes en el púlpito, pero lo que más lo enervaba era la forma en que practicaba las unciones. Una puesta en escena ridícula que incluía lanzarles agua a los fieles descarriados y embetunarles el cuerpo con aceite de oliva, que luego algunos debían beber.

Aquello que según Moreno atentaba contra todas las normas de la Iglesia Evangélica, para Silvia era una atracción. Después de conocerlo, radicalizó su fe. Ya no solo hablaba de ángeles y demonios en las ceremonias, sino que también comenzó a hacerlo en la casa. Veía malas energías en todos lados. El televisor estaba endemoniado, los juguetes de las niñas, los perfumes, los remedios, y hasta su esposo cuando no quería ir a la iglesia. Todos poseídos, menos el pastor, de quien no sólo le gustaban sus rituales, sino que también que la pasara a buscar en su auto para llevarla a la iglesia, servicio por el cual Víctor dice que le cobraba como si fuera un taxi.

-Era una cosa muy desagradable, en esa iglesia se volvían todos locos. El pastor nos pescaba la cabeza y la movía, pero era puro cuento. Yo creo que estaba interesado en la plata. Siempre pedía: que el diezmo, que la colaboración para arreglar la iglesia, que la donación para los hermanos pobres, que la cooperación para las empanadas. Y yo, para no estar mal con mi señora, tenía que pasar no más. Se me iba casi toda la plata en la iglesia –apunta él.

Pero Palomino no solo les pedía un compromiso monetario a sus fieles. También se preocupaba de la espiritualidad. En una de las reuniones, convencido de que la verdad se le había develado, predijo que durante lo que quedaba del 2014, muchos niños iban a morir de enfermedades incurables. Entonces le propuso a la comunidad que el último sábado de septiembre se juntaran en la casa de Silvia para realizar una vigilia de rezos en honor a ellos. Los nuevos feligreses aceptaron felices recibirlos en su hogar.

La vigilia fue una ceremonia especial. Víctor se consiguió una carpa y levantó un altar para la realización del culto. Llegaron cerca de 20 personas. Los vecinos recuerdan que aquella noche hubo mucho ruido, algunos gritos inentendibles y también cánticos religiosos. Fue una velada de extrañas visiones. Yeevenitt, por ejemplo, comentó a la comunidad que Dios le había mostrado un dragón negro que se venía consumiendo todo el mundo. Un apocalíptico relato que terminó en una unción. Así se la llevaron hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Al retirarse, con el sol iluminando la tierra, Palomino y su esposa quedaron sorprendidos con lo grande que era la propiedad.

-¿Cómo se vería el pastor Palomino con una iglesia acá y tres casas más para los que no tengan casa? –le preguntó a Silvia y a su esposo cuando se despedía de ellos.

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Silvia Andrade durante la formalización por parricidio.

ENDEMONIADOS

Las cosas se pusieron extrañas al lunes siguiente después de la ceremonia. Yeevinett fue la primera en manifestar los síntomas de algo que para Silvia no era una simple enfermedad de este mundo, sino que una hechicería.

-Se mueve como una serpiente en la cama, siente bichos en la espalda, y no deja de repetir que es Lucifer –le dijo Silvia al pastor cuando lo llamó para contarle lo que sucedía.

Al medio día, Palomino llegó con su esposa y la diagnosticó apenas la vio. “Desde pequeña que ella tiene hechicería”, le dijo. Luego, le dio de beber un brebaje preparado a base de aceite de oliva y se puso a orar, pero Yeevinett vomitó en la alfombra. Entonces dio una orden que Silvia no cuestionó: había que quemar todo lo que estuviera contaminado.

-Ella le prendió fuego a todo: las frazadas, los colchones, la ropa nueva. A mí me quemó mis pantalones, las poleras, y los slips. Quemó jarrones de greda y electrodomésticos. Todo –recuerda Víctor.

Aquella tarde, el pastor les advirtió que tenían que cuidarse, porque el lugar estaba plagado de brujos. Silvia asumió las palabras de Palomino como una inquebrantable ley. Tampoco discriminaba. Cualquier manifestación extraña se volvía sospechosamente diabólica. Al día siguiente de la quema, por ejemplo, un simple dolor de cabeza de Dayana adquirió ribetes paranormales, cuando la niña dijo haber soñado con Jesús y los romanos que lo mataron. Para Silvia no había dudas de que los demonios habían vuelto a atacar y fue ella misma quien la ungió y le preparó una dosis de aceite.

El miércoles, cuando el pastor nuevamente regresó a la casa, le reprochó su atrevimiento. Le dijo que el aceite sólo podía darlo él, pero ella se excusó argumentando que estaba desesperada, que llevaban varios días sin comer, ni dormir. Esa tarde bebieron aceite, se lo esparcieron por el cuerpo, y oraron. Antes de irse –cuenta Víctor- Palomino les dio nuevas instrucciones. Esta vez, sobre una casa en el sur que estaban vendiendo. Tenía una extraña fijación inmobiliaria.

-Tienen que venderla en 18 millones, pero de esa plata ustedes no van a tocar nada. Acá vamos a hacer un templo y casas para los hermanos que no tienen. Tienen que irse de acá, porque están viviendo en una cueva de brujos –recuerda Víctor que le habría dicho.

Los vómitos continuaron atacando a Yeevinett durante el jueves y el viernes. Su madre había llegado al extremo de hurgar en cada uno de ellos para ver qué salía del cuerpo de su hija. Al pastor le contó que había visto gusanos y un sapo pequeño, y que los había quemado. Desde aquel primer vómito en la alfombra, Silvia le había prendido fuego prácticamente a la casa entera. En el patio, en el lugar donde encendía los artículos supuestamente embrujados, había una costra de plástico fundido. Varios meses después, la joven le explicaría a los siquiatras que la atendieron todo lo que supuestamente vio en esa situación.

-Me caí a un hoyo húmedo y los demonios se burlaban, me sacaban la lengua, mientras yo vomitaba. El diablo me llevó al infierno, sentí calor y vi un demonio como de tres metros. Pero esa tarde le ganamos –les dijo.

Los delirios que padecían no fueron impedimento para que el viernes 3 de octubre, el día anterior al fallecimiento de Dayana, la familia entera asistiera a la iglesia. Allá contaron el extrañísimo problema que los aquejaba. Silvia relató además que durante la tarde de ese día, mientras ella y sus hijas jugaban a ver figuras en las nubes, Yeevinett comenzó a decir que estaba embarazada, que Dios la había iluminado. Hasta le pusieron nombre al hijo: se llamaría Jacob. Pero el pastor les dijo que estaban endemoniados y les dio la santa cena, vino, y les lavó los pies. A la una de la mañana los fue a dejar. Esa noche no durmieron y al día siguiente Víctor decidió salir a trabajar.

Según el relato que Silvia le dio a los siquiatras que la interrogaron, aquella mañana, mientras se preparaban para asistir a una vigilia, Dayana comenzó a decir que sentía calor en el cuerpo y ella decidió mojarla con la ducha, mientras Yeevinett, que ya no estaba enferma, le tomaba la mano y oraba. Estuvo así varios minutos, hasta que Víctor las encontró en el baño.

-Me decía que le quemaba. Me decía mamita échame agua. Me decía que con el frío se le iba, pero nunca imaginé que se iba a ir ella –dijo en aquella ocasión.

Minutos antes de aquel mortal ritual, Silvia le había escrito al pastor un mensaje de texto: “Venga con su ejército”, le puso. Para cuando Raúl Palomino lo leyó, el llamado de auxilio ya era demasiado tarde.

EL JUICIO

Al funeral de Dayana, no fue ninguno de sus padres, ni tampoco su hermana. Luego de la formalización, los tres quedaron detenidos. En aquella audiencia, Víctor rechazó guardar silencio y declaró todo lo que había ocurrido. Dijo que su esposa la había matado y también habló del pastor. Raúl, que sabía que la familia lo estaba involucrando, se acercó a la Unión Pastoral a pedir ayuda. Le dijo a sus colegas que necesitaba que salieran a respaldarlo, pero la asamblea rechazó su solicitud. Cuando lo llamaron a declarar negó haber tenido cualquier participación en el homicidio.

-En una ocasión, ella me llamó para que fuera a su casa, porque estaban sucediendo cosas y se escuchaban ruidos. Fui y le dije que eran los árboles, que se quedara tranquila –relató a los investigadores.

Moreno recuerda que en los días posteriores al homicidio, la Unión Pastoral se reunió con la agrupación de Machalí para discutir el asunto. Coincidieron en que nadie lo conocía muy bien y que lo único que se sabía de él era que hacía las unciones aplicando una especie de castigo.

-Les metía la cabeza al agua y esa no es una manera humana de ungir. La biblia no dice eso. Un correcto ungimiento es simplemente una imposición de manos y llorar por lo que le está pasando al creyente. Con las cosas que él hacía, me quedaron dudas de que él fuera pastor –explica Moreno.

Palomino niega estas acusaciones.

-No me interesa que me hayan expulsado, porque la verdad la tiene Jesucristo. Si los pastores dicen eso, allá ellos –se defiende.

Raúl, que aún realiza culto en el sector de La Gonzalina, asegura que no tuvo nada que ver en la muerte de la niña, que nunca le dio aceite de oliva, y que tampoco estuvo interesado en el terreno.

-Fue la mujer la que mató a su hija. Su maldad, el pecado, la inmundicia que tiene en su corazón… ¿Qué culpa tengo yo del pensamiento de ella? Esta señora tuerce la palabra de Dios. Ella nunca fue cristiana, porque si lo hubiese sido no la habría matado –agrega.

Para Víctor, sin embargo, el pastor es tan culpable como su esposa. Después del crimen, él se pasó dos días encerrado en la cárcel y luego salió libre por falta de pruebas. Estuvo tres meses viviendo en casas ajenas, antes de decidir volver a la suya. En parte del terreno Víctor formó una fábrica de pastelones a la que llamó “Dayana”. En eso se concentra en las tardes para olvidar la tragedia. Cuando no está en eso, se cuestiona a cada momento el no haber pedido ayuda antes de que pasaran las cosas. De Silvia y de Yeevenitt no ha vuelto a saber nada. Desde que a mediados de 2015 el tribunal les concedió la libertad, por su mal estado de salud mental al momento de cometer el homicidio, ambas regresaron al sur. Siguen un tratamiento ambulatorio, a la espera que se determine en un juicio oral si deben internarse o seguir tal como están.

Los medicamentos y las sesiones de siquiatría, las han hecho de a poco comprender la realidad. Los peritajes sicológicos de la madre y la hija son los únicos registros que contienen las explicaciones que ambas han dado a los hechos en los que participaron.

-No entiendo lo que pasó, lo único que sé es que estábamos engañados. Esa iglesia no tiene nada de Pentecostal, es como una secta satánica. Yo pienso que nos manipularon la mente para quitarnos el terreno –le dijo Silvia a la doctora que la entrevistó hace algunos meses.

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Familiares de Dayana durante su funeral.