Mapuche 11 A1

Fue en enero de 2008, pocos días después del crimen policial de Matías Catrileo, que supe de Fabián Tralcal, el joven encapuchado muerto la semana pasada en Vilcún. Tenía 12 años y su familia, los Tralcal Quidel, habían sido violentamente allanados en esos días de plomo y muerte. Fabián estaba en casa de sus abuelos, en el sector Tres Cerros de la comuna de Padre Las Casas. Hasta allí llegaron efectivos del Gope, en furgones, tanquetas y helicópteros, buscando armas, guerrilleros, infiltrados extranjeros, vaya uno a saber, las fantasías de siempre.

Su actuar, relataron las familias, fue brutal. Tratos abusivos y degradantes, destrozos en sus casas y sembrados, así como sustracción de bienes y herramientas de labranza. Azadones, podones, horquetas y hachas, las armas de destrucción masiva del singular “terrorismo” sureño.

A todos los hogares ingresaron con la habitual delicadeza que los caracteriza al sur del Biobío; derribando puertas, quebrando vidrios, volteando muebles, destruyendo lo que se interpusiera a su paso. Los abuelos de Fabián, ambos adultos mayores, fueron amenazados con metralletas, empujados y violentados con insultos racistas. Fabián, entonces un niño, no se libró de la escena; un efectivo lo abofeteó por intentar defender a sus tatas.

Aquello que ocurrió hace ocho años lo documentamos para un especial de Azkintuwe, el diario mapuche que por entonces dirigía en Temuco. Sería uno de tantos episodios de violencia en su corta vida. Sobrino de dos imputados por el crimen de los Luchsinger-Mackay, poco y nada supo Fabián de “nuevos tratos”, “pactos por la multiculturalidad” y cuanta cosa han inventado los gobiernos para la foto. Solo supo de racismo, persecución y marginalidad.

“Ojala ahora encuentres la paz que no pudiste encontrar en este mundo lleno de injusticias y persecución hacia ti y tú familia”, le escribió, a modo de despedida, uno de sus primos en el muro de Facebook. “Weichafe”, guerrero, prefirieron llamarle otros en un texto reivindicativo del ataque enviado a los medios y en lo personal imposible de digerir.

Osvaldo Antilef, el hijo de la familia atacada y quien todo indica fue ejecutado cobardemente aquella noche, es probable que jamás se hubiera cruzado en vida con Fabián. Ambos eran jóvenes mapuche, de comunas apenas distanciadas por un puñado de kilómetros, pero de mundos muy diferentes. Casi opuestos, a decir verdad.

Profesionales, emprendedores, una típica familia de clase media urbana los Antilef. Wilfredo, tío de Osvaldo, un destacado empresario y recurrente expositor en seminarios y charlas. Emilio, poeta, gestor cultural y ex niño prodigio de la televisión de los 80’, otro miembro del extenso clan. ¿Qué los puso en el camino de Fabián y su grupo? ¿Una mala jugada del destino? En absoluto.

“Han matado a Osvaldo… responsabilizo a esta democracia de intereses, incapaz de dialogar y buscar acuerdos en una zona militarizada, llena de represión y muerte. Responsabilizo a los partidos que han destruido el alma de una nación, donde jóvenes matan a jóvenes”, escribió Fredy Antilef, primo de Osvaldo, también en su cuenta de Facebook. Su claridad, en medio del dolor, sorprende.

La contención policial del conflicto, estrategia que encabeza hoy el subsecretario Mahmud Aleuy, no solo ha fracasado; ha sido el perfecto combustible que ha terminado por incendiar algunas zonas por completo. Es lo que acontece en Lleu Lleu y Contulmo, sur de la provincia de Arauco. También en Ercilla y Vilcún. Es la llamada “Macro Zona Policial Biobío-Araucanía”, territorio de sacrificio forestal y de una pobreza social insultante.

En este verdadero coto de caza policial, la violencia es cotidiana. O mejor dicho, las violencias. La policial, la mapuche y también la privada de algunos nostálgicos del Ku Klux Klan, que ya asoma peligrosamente. En el caso mapuche, esta violencia un día puede ser política y reivindicativa, y al otro, claramente delincuencial. Ataque a faenas forestales, asaltos a casas; quema de iglesias, robo de animales. La línea que separa ambas es cada día más difusa. Lo ha venido alertando la propia CAM.

La apuesta por la represión, de este gobierno y los anteriores, solo ha logrado dinamitar la convivencia en un Wallmapu fracturado por el propio Estado hace más de un siglo. Lejos de aplacar la violencia, la ha multiplicado. Lejos de pacificar los espíritus o apuntar hacia un necesario diálogo interétnico, ha sembrado vientos. Ya lo advertía Huenchumilla en aquella propuesta de diálogo político que La Moneda, irresponsablemente, desechó.

Que tome nota el gobierno y también los habitantes de nuestro bello pero maltratado sur. Hoy dos nuevas familias de la Araucanía están de luto y lloran a sus hijos. No se trata ya de “mapuche versus chilenos”, de “mapuche versus colonos” o de “mapuche versus el capitalismo mundial”. La violencia, cuando se desata irracional, absurda, criminal, no sabe de consideraciones étnicas o políticas. Solo sabe de dolor. Y de morir matando. Es a ese precipicio donde nos encaminamos.